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DOCTRINA SOCIAL SOBRE LA ECONOMÍA
1. Economía y ética
(1)
1.1. La economía necesita de la ética
Aunque muchos economistas han
opinado que la ciencia económica debería desarrollarse al margen de la
ética, los inconvenientes causados al hombre han evidenciado que la ética
es una condición necesaria para la adecuada comprensión de la economía y
de la contribución de ésta al éxito de la conducta humana. La ética y la
economía están llamadas a desarrollarse en armonía. La economía, junto a
aspectos técnicos como la producción, el intercambio o la riqueza, se
ocupa de conductas humanas, por lo que está necesitada de la tutela ética,
cuyo objetivo es el fin del hombre y los medios para alcanzarlo.
La autonomía de la economía
está limitada por la ley natural y la ley divina, a las
cuales debe subordinarse la actividad económica. En esta dirección se
orienta indubitadamente el Catecismo de la Iglesia Católica, que en
su núm. 2407 somete la actividad económica al respeto de la dignidad
humana y consecutivamente a la exigencia de las virtudes de la templanza,
la justicia y la solidaridad. Igualmente el núm. 2426 in fine
señala con toda claridad que «la actividad económica dirigida según sus
propios métodos, debe moverse no obstante dentro del los límites del orden
moral…» (2).
Por tanto, la ética no es una
imposición externa a la económica, sino que constituye una condición de
equilibrio y estabilidad, no solo de los sistemas económicos, sino de toda
la vida individual y social. El sentido ético proviene de una ética
natural, de la misma sociedad y de la Revelación. En este contexto «la
Doctrina social de la Iglesia nos ofrece un conocimiento privilegiado de
la génesis del orden moral en la actividad económica, de los principios
éticos que deben inspirarla y de las dificultades para ponerlos en
práctica» (3).
1.2. El origen del orden moral en la actividad económica
El Magisterio de la Iglesia en
el campo social fundamenta los principios éticos de la economía en el
mandato de Dios en la Creación y en el misterio de la Encarnación y
Redención de Cristo.
Dios creó al mundo bueno y lo
puso al servicio del hombre. El fin de la actividad económica es orientar
hacia Dios la persona y el universo. Mediante la actividad humana se
completa la obra de la Creación y se actúa en el plan original del
Creador. Por el mandato de “dominad la tierra” Dios ha donado la
naturaleza al hombre y la actividad económica se hace compleja, generosa,
responsable y fecunda; de esa donación brotan el derecho de propiedad y su
función social
(4). Este mandato divino y la perfección del hombre constituyen la
finalidad de la actividad económica. Por ello, la actividad económica
tiene una dimensión social en su origen, en su realización y en sus
resultados; es un servicio a los demás y está orientada a un fin superior:
el desarrollo del hombre.
Sin embargo, la actividad
económica adquiere su perfección definitiva cuando se pone al servicio de
la Redención. El progreso temporal debe ordenar mejor la sociedad humana.
En este sentido, los principios cristianos de justicia social y caridad
adquieren su definitiva dimensión en el mandato del amor dado por Cristo.
No obstante, la plenitud del desarrollo y del progreso humano es
escatológica y culminará en la Parusía. Con todo ello, queda claro que el
cristiano está obligado a perfeccionar este mundo, entre otras, con la
actividad económica. No puede escudarse en que es “ciudadano del cielo”.
NOTAS
1. CUADRÓN, A.
y OTROS. Manual abreviado de Doctrina Social de la Iglesia. B.A.C.
Madrid 1996. Págs. 183-187 (volver)
2.
Catecismo de la Iglesia Católica,
núm. 2426. Ibíd. Vid. núm. 2407
(volver)
3.
CUADRÓN A. y OTROS. Manual abreviado de…op. cit. Pág. 185
(volver)
4.
Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2415
(volver)
Andrés Francisco Peña
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