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DOCTRINA SOCIAL SOBRE LA CULTURA
1. La cultura(1)
1.1. Relaciones entre la fe y la cultura
La cultura afecta esencial y
exclusivamente a la persona humana. Por cultura se entiende el cultivo que
el hombre hace sobre los valores materiales e inmateriales de la vida. El
mensaje cristiano se dirige a todas las culturas y se constituye en factor
dinamizador de las mismas. En efecto, la Iglesia pretenden consolidar un
mundo de valores bíblicos, un estilo de vida basado en la fraternidad, el
amor y la libertad.
Las relaciones entre la fe y la
cultura son dialécticas. La cultura es un camino hacia el Absoluto pero no
alcanza la profundidad de sentido propio de la fe. No obstante, la
relación entre fe y cultura es necesaria y favorable. El Evangelio se
inserta y se relaciona con las distintas culturas y se abre a una
colaboración fructífera con la razón.
1.2. La dimensión cultural de la sociedad en los
documentos del Magisterio
a)
Los predecesores de León XIII:
La cultura se veía hasta León XIII como una realidad religiosa y objetiva.
La naciente cultura (teoría del contrato social, la economía liberal, el
socialismo, el positivismo, el pragmatismo) se presenta como una amenaza.
Con esos temores hacia las realidades surgidas de la Revolución Francesa,
los católicos se dividen en conservadores y liberales.
b)
León XIII y un nuevo concepto de civilización como cultura:
Toda civilización para subsistir debe tener referentes eternos y
contemplar unas leyes inmutables. La Iglesia ha contribuido a superar la
superstición y la barbarie, y es preciso que la sociedad moderna se
reconcilie con la Iglesia. León XIII ofrece a las naciones una Iglesia
portadora de paz y maestra en el uso correcto de los bienes. Quiere que
exista un entendimiento entre el orden temporal y el espiritual,
defendiendo la autonomía propia de cada esfera.
c)
Hacia una civilización del amor (de Benedicto XV a Pío XII):
Benedicto XV insiste en la civilización del amor cuando la Primera Guerra
mundial ha hecho peligrar la cultura europea. La Iglesia reivindica el
derecho a la acción educadora y a su presencia en el mundo de la cultura
(Pío XI), y se reconoce la capacidad para extender a otros territorios la
cultura y la civilización cristiana, haciéndose operante en todos los
sectores sociales.
Pío XI constata los grandes beneficios que la Iglesia ha hecho a la
sociedad y a la cultura, y considera que los cristianos deben influir en
los sistemas políticos y económicos reclamando la reforma de las
instituciones y costumbres. Cristo había inaugurado una nueva civilización
universal, inmensamente superior a las demás.
Pío XII destaca la importancia del concepto de civilización cristiana,
después de la ruina ocasionada por la Segunda Guerra mundial. Pide que
esta civilización -basada en la ley moral, el respeto a la persona, en la
justicia social y en el amor fraterno- sea salvada. Además, añade a los
elementos clásicos del concepto de civilización cristiana los temas
económicos y sociales, la función de los organismo públicos y la
dedicación de los católicos a la promoción de la justicia.
d)
La cultura de la solidaridad universal:
Juan XIII une el concepto de
cultura con el de justicia, e invita a los católicos a colaborar con
respeto religioso y moral con quienes tienen una concepción diferente de
la vida. De este modo, el cristiano debe abrirse a una cultura pluralista
que defienda, no obstante, la dignidad del hombre, suscite responsabilidad
y colaboración y haga nacer a una solidaridad universal.
El
Concilio se libera de la visión de la cultura propia de la modernidad: la
cultura que arrincona a lo religioso al ámbito privado desmiembra la fe de
su relación con la vida diaria y niega el estatuto científico para la
teología o la metafísica. Para el Concilio de la cultura mundial y
dialogante surge un nuevo humanismo que entiende al hombre como un "ser
ético" y responsable, y se sustenta en una relación con la fe. En ese
diálogo fe-cultura se analizan los valores, los conflictos, las
condiciones de vida de los hombres, y se seleccionan para una conveniente
promoción humana. La cultura puede desarrollar el potencial de la fe y
puede purificar, aquilatar y favorecer la transmisión y la vivencia de la
fe.
La
cultura, a la que le hombre se encuentra intrínsecamente unido,
proporciona los elementos más significativos de la vida. Pero la Iglesia
no está vinculada a ninguna cultura, sino que debe contar con todas para
la construcción del Reino de Dios.
1.3. Armonización de los valores en el interior de una
cultura
a) La fe se hace cultura:
La inculturación es el encuentro del mensaje cristiano y las culturas. La
fe se realiza en la cultura. La aculturación (resultado de la
inculturación) es una transformación interior de la propia cultura para su
integración en el cristianismo, enraizando así el Evangelio en las
distintas culturas. La cultura no es sólo saber técnico-positivo, sino que
debe cuidar con esmero las facultades metafísicas, abriéndose a la
reflexión profunda sobre el hombre y el sentido de la vida. La cultura no
está al servicio del poder político o económico, sino que la autoridad
debe servir para el fomento de una cultura liberadora del hombre.
b) Una cultura para la época de
desarrollo: A partir del Vaticano II se utiliza frecuentemente el
análisis cultural. Pablo VI en la Populorum progressio (1967), la
Octogesima adveniens (1971) y la Evangelii nuntiandi (1975)
trata la cultura en su ligazón con el desarrollo. Esa cultura necesita de
referentes explícitos: Dios (soberano Bien y Verdad), la naturaleza (don
de Dios) y una escala de valores inalterables heredados del pasado y
trabajados en el presente.
c) El ser humano centro de la
cultura en un proyecto de sociedad: El hombre es el centro de los
valores, no los productos ni las técnicas. La calidad espiritual y moral
que aporta la cultura garantiza un desarrollo humano y económico. En este
sentido la cultura debe alimentar una concepción plenificadora de la
vocación del hombre. Las convicciones últimas sobre el hombre, la sociedad
y la naturaleza no corresponden al Estado o a los grupos políticos, sino a
los grupos culturales y religiosos. El verdadero progreso consistirá,
pues, en el desarrollo de la conciencia moral que conducirá al hombre a la
fraternidad y a su apertura a Dios.
1.4. La cultura y la orientación de la conducta moral de
las personas y los pueblos
Gracias a la cultura el hombre
puede vivir de manera verdaderamente humana. Las carencias culturales son
un factor de subdesarrollo que privan a la persona de subjetividad y de
soberanía político-social, cultural y ecológica. El desarrollo de los
pueblos implica el respeto a su identidad cultural y la apertura a lo
trascendente, sin que puedan justificarse imposiciones por la fuerza.
Las sociedades deben aspirar a
los valores superiores como el bien común y el pleno desarrollo de todo el
hombre y de todos los hombres(2),
por encima del afán de ganancia o la sed de poder. El desarrollo, si
quiere contribuir a la verdadera liberación humana, debe abarcar la
dimensión cultural, transcendente y religiosa del hombre y de la sociedad(3).
El punto central de toda
cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el Misterio. Así, las
distintas culturas responden a la manera de abordar el sentido de la
existencia. En consecuencia, la cultura y la vida comunitaria de los
pueblos se corrompen si se eliminan estas preguntas
La cultura de una nación
encierra una serie de valores heredados y adquiridos que cada generación
somete a discusión y a prueba, intentando separar los válido de lo
falseado, obsoleto o erróneo(4),
e impidiendo que esa cultura se encierre sobre sí misma y se vuelva
estéril y decadente. De este modo se renueva la cultura de una nación:
- Los derechos humanos, como un nuevo “derecho de
gentes”, conducen a buscar soluciones políticas acordes con la
dignidad de la persona, contribuyendo decididamente a una verdadera
cultura.
- El ateísmo impide que el hombre responda a la
llamada de Dios, mermando la dignidad plena y transcendente del
hombre. El racionalismo iluminista, asentado sobre una concepción
mecanicista, niega la verdadera grandeza del hombre y su necesidad de
salvación(5),
impidiendo consecuentemente que se descubran las raíces religiosas de
la cultura de las naciones.
- La “cultura para el consumo” debe ser guiada por
una imagen totalizadora del hombre; debe respetar todas las
dimensiones de la persona y subordinar las necesidades materiales a
los intereses espirituales. En caso contrario, los hábitos del consumo
pueden originar «estilos de vida objetivamente ilícitos y con
frecuencia incluso perjudiciales para la salud física y espiritual»(6).
NOTAS
1.
CUADRÓN, A. y OTROS. Manual abreviado de Doctrina social de la
Iglesia. B.A.C. Madrid 1996. Págs. 129-142.
(volver)
2.
Vid. Solicitudo rei socialis, núm. 38.
(volver)
3.
Vid. Solicitudo rei socialis, núm. 46.
(volver)
4.
Vid. Centesimus annus, núm. 50. (volver)
5.
Vid. Centesimus annus, núm. 13. (volver)
6.
Centesimus annus,
núm. 36. (volver)
Andrés Francisco Peña
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