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DOCTRINA SOBRE DIVERSAS REALIDADES
SOCIALES
3. La cuestión ecológica (1)
3.1. Las raíces de la cuestión ecológica y el proyecto
de Dios sobre la Creación
Un hombre
cerrado sobre sí mismo y una visión materialista del progreso han situado
al hombre moderno frente a la naturaleza. El hombre tecnológico tiene
poder para devorar la naturaleza. La relación del hombre con la Tierra ha
cambiado por una concepción mercantilista y utilitarista de los bienes y
por el abandono del campo. La sociedad capitalista consideró que la
naturaleza era una fuente inagotable de recursos por lo que no importaba
el despilfarro, la creación de necesidades artificiales y la acumulación
de riquezas.
Consecuentemente, los mayores efectos contaminantes proceden de los
hábitos de los países ricos. Las reglas de juego económico son dictadas
por los países ricos que mantienen sus niveles de bienestar a costa de los
países pobres.
La causa última
de los problemas ecológicos actuales se encuentra en la pérdida del
Fundamento, en la separación de Dios, lo cual desfigura la relación
del hombre con los otros hombres, con los otros seres, con el ambiente.
Este error antropológico de haber dejado de ser colaborador en la obra
creadora de Dios está en la raíz de la cuestión ecológica, como deja claro
la Centesimus annus.
El cristiano
observa el universo y encuentra en él el proyecto de Dios, manifestado en
la Escritura. La Creación en el Antiguo Testamento atestigua un proyecto
de vida abundante. Dios es su autor de la creación e indica su destino.
Pero pone en las manos del hombre el cuidado de toda esa creación como una
buena morada. En efecto, para que el hombre cumpla correctamente con esta
obligación protectora, no puede dejar al margen a Dios, su autor. En el
Nuevo Testamento Cristo encarnado significa el mundo nuevo y el hombre
nuevo y, de esta manera, es el artífice de una nueva creación. Su persona
aparece unida a la tierra y al estilo de vida de su pueblo. La Creación
entera y su destino pasan por el Misterio de Cristo, que nos abre al
horizonte de una tierra y unos cielos nuevos.
3.2. La cuestión ecológica en la Doctrina social
En el de León
XIII a Pío XII ) los papas se refieren al orden de la naturaleza
como a un misterio, en el cual la maravilla de la creación nos da a
conocer la armonía que el Creador quiere para toda la humanidad. Todos los
bienes están al servicio del hombre. Esta actitud contemplativa y
finalista induce al creyente a respetar y cuidar la naturaleza. Pero la
armonía impresa por Dios en las cosas se va rompiendo por los efectos
negativos del proceso científico-técnico, por la industrialización y la
propiedad privada.
La etapa
comprendida entre los papas Juan XXIII a Pablo VI ) es
fecunda en orden a la conciencia ecológica. La Mater et magistra
entiende que el mandato bíblico “dominad la tierra” no encierra ningún
efecto depredador; más bien el hombre debe hacer un correcto uso del
desarrollo que no tiene que desmerecer la dignidad humana. La Populorum
progressio relaciona las posibilidades humanas creadoras de recursos,
los riesgos de un progreso salvaje y la necesidad de que se oriente al
desarrollo de la dignidad humana. En la Octogesima adveniens se
amplían las preocupaciones ecológicas que el Concilio había tratado sobre
la higiene, la circulación y la convivencia. Se abordan en ella temas como
la contaminación, la disminución de reservas de agua, los desechos y el
crecimiento desordenado de la urbanización.
Juan Pablo II
(1978) comienza hablando en la la Redemptor hominis
(1979) de que la Creación que “gime y sufre” dañada por la contaminación y
la explotación para fines industriales y militares. La Solicitudo rei
socialis pone de relieve la dimensión moral del auténtico desarrollo y
el respeto a todos los seres de la naturaleza, especialmente a aquellos
recursos naturales no renovables. Se refiere, además, al problema de la
vivienda y alaba las expresiones por la preocupación ecológica. En la
Centesimus annus el papa alude a los hábitos de consumo y al estilo de
vida materialista, relacionando ambos con la cuestión ecológica e
indicando que en la destrucción del ambiente natural hay un error
antropológico. En la Evangelium vitae (1995) se indica que
corresponde al hombre cuidar el ambiente que Dios puso al servicio de su
dignidad personal y de su vida.
El Catecismo
de la Iglesia Católica estableció, por su parte, en 1992 que «los
animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente
destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura. El uso
de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser
separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el
Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es
absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del
prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto
religioso de la integridad de la creación»
(2).
NOTAS
1.
CUADRÓN, A. y OTROS. Manual abreviado… Op. cit. B.A.C. Madrid 1996.
Págs. 89-100 (volver)
2.
Catecismo de la Iglesia Católica,
núm. 2415 (volver)
Andrés Francisco Peña
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