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DOCTRINA SOBRE DIVERSAS REALIDADES
SOCIALES
2. La revolución científico-técnica y las nuevas tecnologías (1)
2.1. El progreso científico
Del progreso
científico se ha ocupado ampliamente el Magisterio de la Iglesia. Ciencia
y técnica son dos caras de una misma moneda. La ciencia se refiere al
saber, la técnica al hacer. La ciencia es la teoría y la técnica la
práctica.
La Iglesia ha
valorado a la ciencia de manera inequívocamente positiva. Es una riqueza
de las naciones industrializadas. Y, puesto que las verdades del orden
natural no se oponen a las verdades de la fe, la ciencia debe estimularse.
Pero no se deben divinizar sus conquistas, pues éstas deben estar siempre
al servicio del hombre. El progreso científico puede ser un instrumento
para unir a los hombres, sacar de la miseria a los pueblos pobres y
descubrir el orden establecido por Dios, para dominarlo y ponerlo al
servicio del hombre.
Pero existen
múltiples interrogantes sobre el progreso científico: produce el
fenomenismo y el agnosticismo cuando el método de investigación
se convierte en ley suprema de la verdad o provoca el olvido de la propia
dignidad humana; suscita además contradicciones y desequilibrios
en el pensamiento, en la familia y en las instituciones internacionales,
resultando inmoral cuando su sobrevaloración se impone a los países
pobres; por último, es condenable cuando el progreso científico se utiliza
para la guerra o la marginación. El progreso científico es insuficiente
para solucionar la crisis de la humanidad, que principalmente es moral y
religiosa.
En la
Octagesima adveniens se reconoce que las ciencias del hombre tienen
una función positiva, porque pueden ampliar la libertad humana, ayudar a
la moral cristiana y contribuir a la creencia en Dios. Pero, a su vez,
conllevan ciertos peligros: cada ciencia por separado fragmenta el sentido
de la totalidad del hombre y el sentido de la vida. Pero su gran peligro
es reducir “científicamente” al hombre imponiéndole modelos de conducta,
limitándolo a una pieza del sistema o a una definición científica.
2.2. El progreso tecnológico
«La segunda
revolución industrial, caracterizada por la búsqueda del bienestar y los
objetivos de productividad, racionalización de la producción y del trabajo
e incremento y expansión del consumo»(2)
genera una forma de vida donde predominan los intereses industriales. El
cristianismo ve en la técnica un instrumento de liberación del hombre y de
desarrollo completo de la humanidad. Ésta debe servir al hombre como
factor de progreso económico y de bienestar humano, y debe facilitar el
descubrimiento del orden establecido por Dios. Pero la técnica, cuando
sobrepasa sus posibilidades reales o niega la prioridad de la ética sobre
ella, se convierte en un grave peligro.
La técnica
resulta insuficiente para responder a los graves interrogantes humanos o
para solucionar los problemas de convivencia, sobre todo cuando la
tecnología se convierte en ideología del tener o en instrumento de poder.
También es adversaria del hombre cuando le priva de su derecho al trabajo
o cuando, como fuerza de opresión, sirve para impedir el desarrollo
económico y social de pueblos esteros. Para la Iglesia, si la técnica se
desconecta de lo trascendente, convierte al hombre en prisionero de sí
mismo, por lo que ésta debe conjugarse entonces con los valores del
espíritu.
El “espíritu
técnico” aparece en los textos pontificios como una concepción equivoca de
la vida y del mundo, ya que pone en la técnica el fin último del hombre y
de la vida. Es una nueva idolatría.
El progreso
técnico ha adquirido una dimensión impresionante y favorece las relaciones
sociales. Es un don de Dios, pero debe estar subordinado al bien común,
favoreciendo la interdependencia, la solidaridad internacional y el
espíritu de colaboración humana, para que un abuso del desarrollo
tecnológico no se convierta en un arma contra la humanidad.
La
industrialización tiene para el Magisterio sus ventajas cuando promueve la
cultura de masas y es necesaria para el crecimiento económico y el
progreso humano. Pero se exige una cierta cautela ante sus efectos no
deseados o descontrolados que provocan situaciones de extrema pobreza en
innumerables trabajadores, por el paro, la movilidad social, la adaptación
profesional, la competencia desmedida, la creación de necesidades
superfluas, la desorientación de las familias, etc. Corresponde, pues, a
la moral orientar la industrialización para impedir el desorden y los
graves daños sociales.
2.3. Las nuevas tecnologías
Las nuevas
tecnologías suponen grandes transformaciones sociales y, por lo tanto,
interesan a la Doctrina social de la Iglesia. Los textos pontificios
atienden a las nuevas tecnologías desde el proceso de producción económica
de bienes y servicios y por su posterior aplicación al campo de la
comunicación y la cultura. En la Laborem exercens las nuevas
tecnologías gozan, además, de la posibilidad de abrir un nuevo futuro para
el hombre, cuando éste se dedique a funciones culturales más altas, una
vez superadas las dificultades económicas. Pero entonces será necesario
que las nuevas tecnologías sean compartidas por todos los hombres y se
usen adecuadamente.
Con la
automación la técnica actual no solo sustituye la fuerza muscular del
hombre sino también su cerebro. Es una forma avanzada de técnica y de
racionalización que compagina el maquinismo, la división del trabajo, la
electrónica y la cibernética. Como otros procesos, es un fenómeno
ambivalente: contribuye al progreso humano, pero puede subordinar al
hombre a las exigencias de la técnica. Pío XII la trató de manera
primordial señalando que es una actividad elogiosa, aunque no es la
solución definitiva de los problemas del hombre. El progreso de la
automación no puede prevalecer contra la economía o la vida social. No
puede convertir al hombre en un demiurgo, y el orden social requiere más
conocimientos que los puramente técnicos.
Con la
generalización de la informática se ha ocasionado una forma de vida
nueva. Las posibilidades que ofrece la informática provocan un primer
interrogante en torno a su la manipulación y su uso fraudulento. Por eso
es necesario reafirmar que el hombre y el bien común están por encima de
todas las posibilidades informáticas. La Doctrina social ofrece todavía
escasos textos sobre este tema. La Laborem exercens trata el asunto
dentro de la concepción cristiana del trabajo. Las nuevas tecnologías
están incardinadas en el trabajo del hombre; son fruto e interactúan entre
el sujeto y el objeto del trabajo.
NOTAS
1.
CUADRÓN, A. y OTROS. Manual abreviado de Doctrina Social de la Iglesia.
B.A.C. Madrid 1996. Págs. 74-88
(volver)
2.
CUADRÓN, A. y OTROS. Manual abreviado… Op. cit. B.A.C. Madrid 1996.
Pág. 81 (volver)
Andrés Francisco Peña
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