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Introducción
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El título del tratado teológico que exponemos es “El
hombre a la luz de Dios”. No planteamos simplemente la cuestión del
ser del hombre, su valor y su sentido, sino que vemos todo esto “a la luz
de Dios”, buscando iluminar la realidad humana a partir de la revelación
de Dios que tiene su culminación en Jesucristo.
Esta constatación nos lleva a una primera respuesta a
la pregunta sobre qué es el hombre a la luz de Dios: Jesús mismo es, de
forma única e insuperable, el hombre a la luz de Dios. La persona
humana de Jesús es la realización plena de todo aquello que el hombre
puede hacer y esperar a partir de su relación con Dios, puesto que en él
se da la máxima relación humanamente posible con Dios, la unión
hipostática. Jesús no sólo es el autor, sino también el paradigma de la
vida cristiana.
Pero nuestro estudio no es el de la Cristología, no se
trata en nuestro caso de contemplar directamente la persona de Jesucristo
como centro de la historia de la salvación, sino de estudiar al hombre en
tanto que alcanzado por esa salvación. Teniendo en cuenta que sólo a la
luz de Jesucristo es posible iluminar el misterio del hombre
trataremos de ver cómo afecta esa nueva y definitiva humanidad realizada
en él al resto de los hombres.
Intentaremos poner de manifiesto los entresijos de la
experiencia cristiana, ver qué nuevos horizontes y perspectivas introduce
en el ser humano la experiencia del encuentro con Jesucristo en la fe. Lo
que vamos a hacer será una especie de introspección, una mirada al
interior de nuestra propia experiencia de fe para descubrir qué mundo
y qué vida se abren paso en nosotros a través de ella.
Puesto que se trata de experiencia de fe, la pauta nos
la dará un hombre de fe: Pablo de Tarso. Él es uno de los primeros
testigos del cristianismo naciente, el apóstol de los gentiles. Su lugar
particular en la historia tiene una doble ventaja para nosotros: por una
parte pertenece a las primeras generaciones del cristianismo, por lo que
nos lleva a acercarnos a las raíces más primitivas de la experiencia
cristiana, por otra parte no conoció directamente al Jesús de la historia,
sino que su encuentro fue con Jesucristo resucitado, por lo que está
también particularmente cercano a nuestra propia forma de relación con
Jesucristo, a quién tampoco nosotros hemos conocido según la carne.
Además, Pablo es el teólogo que de forma más directa en el Nuevo
Testamento reflexiona sobre la recepción humana de la salvación, por lo
que nos resulta un guía insustituible.
Un testimonio privilegiado de la autocomprensión
cristiana de Pablo lo tenemos en el capítulo 3 de la carta a los
Filipenses, en el que el propio apóstol hace un resumen de lo que ha
significado en su vida la fe en Jesucristo:
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Lo que es yo, ciertamente tendría motivos para
confiar en lo exterior, y si algún otro piensa que puede hacerlo,
yo mucho más: circuncidado a los ocho días de nacer, israelita de
nación, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados,
y, por lo que toca a la ley, fariseo; si se trata de
intransigencia, fui perseguidor de la Iglesia; si de ser justo por
la ley, era irreprochable.
Sin embargo, todo esto que para mí era
ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo
lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de
Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo
basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una
justicia mía -la de la ley-, sino con la que viene de la fe de
Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para
conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con
sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a
la resurrección de entre los muertos.
Filipenses 3, 4-14 |
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El texto que hemos escogido se divide en dos partes, en la primera Pablo
expone cuál era su situación antes del encuentro con Cristo: la
descripción es la de un judío cumplidor que puede sentirse satisfecho
tanto de lo que es, por su nacimiento, como de lo que hace, por su
cumplimiento de la ley. Ha recibido una vida y un camino de justicia de
los que puede sentirse orgulloso. Todos estos logros serán trastocados en
el momento en que Cristo entre en su vida para convertirse en su Señor.
En la segunda parte expone el cambio que se ha
producido en él. Se trata de una transformación radical de los valores,
porque cuando Cristo entra en su vida todo cambia de sentido. El
valor más definitivo ahora será el conocimiento de Cristo. Tengamos en
cuenta que en su origen hebreo el verbo “conocer” no se refiere
simplemente al saber intelectual, sino que es la forma de expresar una
relación totalmente íntima, hasta el punto de ser usado para referirse al
encuentro sexual del hombre y la mujer. Cristo ha entrado en su vida
haciéndose Señor de ella, y una vez que esto ha ocurrido lo que tenía por
ganancia y motivo de orgullo pasa a ser considerado basura.
Pablo encuentra en Cristo una nueva justicia y una
nueva vida. Ahora tiene una justicia distinta de la que practicó como
fariseo: la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. También ha
encontrado una nueva vida que tiene su garantía, no en el nacimiento en el
seno del pueblo judío, sino en la vida resucitada de Cristo que le empuja
a estar unido a él hasta la muerte para participar de su resurrección.
Desde una situación aparentemente satisfactoria se ha producido en la vida
de Pablo un acontecimiento que lo ha cambiado todo, su vida tiene ahora
nuevos valores y nuevos objetivos.
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Podemos ya tener una primera perspectiva de los
temas que deberán ser tratados en nuestra materia. Si nos centramos en
la situación histórica concreta del hombre a partir de su relación con
Dios en Cristo tendremos que plantear qué es lo que ofrece Cristo a la
humanidad, en qué consisten esa vida y esa justicia de las que habla
Pablo, lo cual incluye los temas de la gracia y la justificación, pero
antes de esto habrá que situar al hombre como posible receptor de la
gracia y de la justicia de Cristo en su realidad concreta, esa situación
previa que Pablo considera basura, lo que nos lleva a tratar el pecado.
Aún así, con esto no es todavía suficiente, porque la experiencia
cristiana, como vida nueva que es, pretende dar respuesta al sentido
global del hombre y de la historia. Por eso tenemos que ampliar nuestra
perspectiva y situar tanto el origen como el destino último de la
humanidad a la luz del don de Dios en Cristo.
Intentando organizar las distintas temáticas a partir
de una especie de eje cronológico llegamos a una división de la materia
en cuatro partes:
-
El hombre: La situación original del hombre
como imagen de Dios.
-
Pecado y pecado original: La situación
histórica del hombre como pecador necesitado de salvación.
-
Gracia y justificación: La nueva relación con
Dios en Cristo.
-
Escatología: La plenitud definitiva de la
humanidad en Dios.
En esta organización podemos observar una simetría
entre las partes de que se compone nuestra materia. El núcleo está
formado por los tratados de la gracia y del pecado, que ven al hombre en
su realidad histórica como capacitado para una relación personal auténtica
con Dios, tanto para lo bueno como para lo malo. Rodeando a ese núcleo
tenemos los tratados de creación y escatología que ven al hombre en su
origen y destino como fundado en Dios. Esto sin dejar de lado que el
origen y valor de todas estas reflexiones está en la experiencia de
transformación radical en el encuentro con Cristo de la que Pablo y
nosotros somos testigos, que debe ser siempre lo que oriente y dirija
nuestra reflexión.
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EL ESCOLIASTA
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