El hombre a la luz de Dios. Antropología teológica.
 
Introducción
1. A imagen de Dios
2. Uno en cuerpo y alma
3. Hombre y mujer
4. El pecado
5. El pecado original
6. La concupiscencia
7. La gracia
8. La gracia creada
9. La justificación
10. Escatología
11. Escatología individual
12. Escatología colectiva
Apéndices

 


10. Escatología

Hemos visto hasta ahora el pasado del hombre a la luz del plan de salvación de Dios como imagen de Dios y como pecador, también nos hemos acercado a su presente en la gracia como justificado, ahora entramos en el tema del futuro del hombre como salvado. La relación con Dios que ya experimentamos en la fe es para los cristianos motivo y motor de esperanza, esperamos que sea algún día plena y definitiva. Esta esperanza cristiana que va más allá incluso de las limitaciones de esta vida es el tema de la escatología. No se trata, por tanto, de una especie de geografía del más allá, sino de la profundización de la esperanza en la promesa definitiva de Dios dada en Cristo. El contenido de la escatología cristiana no es una elucubración sobre el futuro, sino el futuro cumplimiento definitivo de la obra presente de la gracia de Dios.

Es bastante general concebir el futuro definitivo como opuesto al presente. Esta ruptura entre ambos es motivo de grandes incomprensiones sobre la escatología, ya que conduce a privilegiar el futuro en detrimento del presente o el presente en detrimento del futuro.

En ocasiones se ve el futuro como el valor definitivo de todo y esto lleva a desvalorizar el presente considerando la vida actual como una especie de prueba previa a la vida real, que vendría después, con lo que se banaliza el presente. Se habla de la “otra vida”, en oposición a “esta vida”, como si la vida presente no tuviera ningún valor en sí misma. Ideas así son las que han hecho posible que la religión sea vista como opio del pueblo, como una esperanza ultraterrena que olvida y abandona la realidad terrenal.

En otros casos lo que se ve como valioso es la vida presente en contraposición al futuro último de todo, lo que lleva a considerar ese futuro como destrucción y aniquilamiento de la vida con lo que se fortalece es el miedo frente a él. Es lo que subyace a tantos grupos de tipo apocalíptico que cohesionan a su miembros ofreciendo una vía de escape ante una catástrofe universal que se supone inminente y aniquiladora para el mundo.

Ninguna de estas dos visiones es la propia del cristiano, porque en ninguna de las dos es posible una verdadera esperanza sustentada en la experiencia de la gracia. Por mucho que la fe cristiana mire al futuro como cumplimiento y juicio, no puede hacerlo en oposición al presente donde ya experimenta el inicio irrevocable de la salvación como cumplimiento y juicio del mundo. No hay fe cristiana sin escatología, porque la escatología es la certeza del cumplimiento de la vida de fe. La cuestión de la escatología es la cuestión de la esperanza cristiana. Frente a la muerte y al mal del mundo el cristiano mira a Cristo salvador presente en su vida por la gracia como único juez definitivo de todo porque conoce ya el poder de su juicio y su salvación en la vida de fe. Cristo es promesa de vida y de eternidad para cada hombre particular y para la historia humana en general porque es ya vida eterna en el cristiano y en la Iglesia.


Hablar de Cristo como juez es algo que puede infundir temor a causa del abuso que se ha hecho de esta imagen a lo largo de la historia. No es que Cristo nos llame ante su tribunal para ajustarnos las cuentas y en función del saldo positivo o negativo decretar el castigo o premio que nos corresponda, por más que este idea esté muy metida en el imaginario popular. Para comprender el juicio de Cristo tenemos que deshacernos de la mentalidad moderna que conoce la división de poderes en el estado, de modo que juez es el que delimita imparcial y objetivamente la culpabilidad o inocencia de una persona. En la Biblia no se conoce esa idea de la división de poderes y, en consecuencia, la palabra juez tiene un sentido bastante más amplio. Lo podemos comprender leyendo el libro de los Jueces. No es un libro que hable de personas que se dedican a los procesos judiciales, aunque esto también pueda formar parte de su función. Los jueces de Israel son aquellos a los que Dios envía para liberar a su pueblo de la opresión de otros pueblos y guiarlo por las sendas de su voluntad. Esa es también la función de Cristo juez: conducir a su destino último ese plan salvador de Dios que recorre la entera historia desde la creación hasta el fin de los tiempos.

En la Biblia juez no es sólo el que juzga, sino el que instaura la justicia. Esperar a Cristo como juez de toda la creación no significa esperar una sentencia final e inapelable para el mundo, sino esperar que Cristo instaure por fin la justicia, que en toda la creación y en nosotros mismos resplandezca definitiva y totalmente aquello que Dios ha querido para el mundo y la humanidad. Esto significa, por supuesto, una labor de discernimiento entre el bien y el mal, pero sobre todo una labor de renovación y perfeccionamiento de todo aquello que de bueno y justo hay en el mundo. Por eso nosotros podemos y debemos contemplar el juicio de Cristo con esperanza, la esperanza del que pone su confianza en que Dios por fin pueda vencer todo lo que de negativo hay en él mismo y en toda realidad. El libro del Apocalipsis, el gran libro de la esperanza, retrata en forma de visión el sentido de esta esperanza en Cristo:
 

Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado, y tenía siete cuernos y siete ojos -son los siete espíritus que Dios ha enviado a toda la tierra-. El Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con la mano derecha.

Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume -son las oraciones del pueblo santo-. Y entonaron un cántico nuevo: “Eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios y reine sobre la tierra”.

Apocalipsis 5, 6-14


Dios está en el trono, rodeado por los signos de su poder creador (los vivientes) y salvador a lo largo de la historia (los ancianos). Ante él aparece el Cordero que representa a Cristo. Los rasgos que definen esta imagen de Cristo son el estar en pie y degollado (signo de que ha resucitado) y los siete ojos y los siete cuernos (signo de que tiene toda la sabiduría y todo el poder). A Cristo, muerto y resucitado, le es entregado el libro que contiene el designio de Dios, porque es el único digno de abrirlo.

Por su muerte y resurrección Jesucristo es capaz de descifrar el sentido oculto de la creación y de la historia según la voluntad del Padre. El designio último de Dios tiene su clave en la muerte y resurrección de Jesús que son los instrumentos a través de los que la humanidad puede estar unida a Dios como dinastía sacerdotal y reinar sobre la tierra. Recordemos lo que al principio decíamos sobre el hombre como imagen de Dios. Ahora, aquel proyecto en ciernes se presenta completado por obra de Cristo: la humanidad, unida a su creador, reina sobre la creación.

Este es el sentido de la escatología cristiana, recibir la palabra de salvación que nos ha llegado en Cristo como irrevocable y destinada inequívocamente a la victoria. En la muerte y resurrección de Cristo está condensada toda la sabiduría cristiana sobre el hombre, la historia y su futuro. Sabemos de nuestro futuro lo que sabemos de nuestra vida en Cristo. La escatología no es sino la exposición confiada del cumplimiento definitivo de la vida de la gracia que ya podemos experimentar en la fe. No es un ejercicio de adivinación sobre el futuro, sino la proyección hacia su consumación de la obra de Dios que ya vemos presente en nosotros. Hablar de escatología es estar convencido de la verdad y firmeza del don de la gracia presente en la vida del cristiano.

Cristo es el futuro absoluto, tanto de cada hombre en particular como de la comunidad de los hombres, la historia y la creación en general. La escatología consiste en comprender desde la fe ese encuentro y cumplimiento final de todo en Cristo.
 

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