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Hemos visto hasta ahora el pasado del hombre a la luz
del plan de salvación de Dios como imagen de Dios y como pecador, también
nos hemos acercado a su presente en la gracia como justificado, ahora
entramos en el tema del futuro del hombre como salvado. La relación
con Dios que ya experimentamos en la fe es para los cristianos motivo y
motor de esperanza, esperamos que sea algún día plena y definitiva. Esta
esperanza cristiana que va más allá incluso de las limitaciones de esta
vida es el tema de la escatología. No se trata, por tanto, de una especie
de geografía del más allá, sino de la profundización de la esperanza en la
promesa definitiva de Dios dada en Cristo. El contenido de la escatología
cristiana no es una elucubración sobre el futuro, sino el futuro
cumplimiento definitivo de la obra presente de la gracia de Dios.
Es bastante general concebir el futuro definitivo
como opuesto al presente. Esta ruptura entre ambos es motivo de
grandes incomprensiones sobre la escatología, ya que conduce a privilegiar
el futuro en detrimento del presente o el presente en detrimento del
futuro.
En ocasiones se ve el futuro como el valor definitivo
de todo y esto lleva a desvalorizar el presente considerando la
vida actual como una especie de prueba previa a la vida real, que vendría
después, con lo que se banaliza el presente. Se habla de la “otra vida”,
en oposición a “esta vida”, como si la vida presente no tuviera ningún
valor en sí misma. Ideas así son las que han hecho posible que la religión
sea vista como opio del pueblo, como una esperanza ultraterrena que olvida
y abandona la realidad terrenal.
En otros casos lo que se ve como valioso es la vida
presente en contraposición al futuro último de todo, lo que lleva a
considerar ese futuro como destrucción y aniquilamiento de la vida
con lo que se fortalece es el miedo frente a él. Es lo que subyace a
tantos grupos de tipo apocalíptico que cohesionan a su miembros ofreciendo
una vía de escape ante una catástrofe universal que se supone inminente y
aniquiladora para el mundo.
Ninguna de estas dos visiones es la propia del
cristiano, porque en ninguna de las dos es posible una verdadera
esperanza sustentada en la experiencia de la gracia. Por mucho que la
fe cristiana mire al futuro como cumplimiento y juicio, no puede hacerlo
en oposición al presente donde ya experimenta el inicio irrevocable de la
salvación como cumplimiento y juicio del mundo. No hay fe cristiana sin
escatología, porque la escatología es la certeza del cumplimiento de la
vida de fe. La cuestión de la escatología es la cuestión de la esperanza
cristiana. Frente a la muerte y al mal del mundo el cristiano mira a
Cristo salvador presente en su vida por la gracia como único juez
definitivo de todo porque conoce ya el poder de su juicio y su
salvación en la vida de fe. Cristo es promesa de vida y de eternidad para
cada hombre particular y para la historia humana en general porque es ya
vida eterna en el cristiano y en la Iglesia.
Hablar de Cristo como juez es algo que puede infundir
temor a causa del abuso que se ha hecho de esta imagen a lo largo de la
historia. No es que Cristo nos llame ante su tribunal para ajustarnos las
cuentas y en función del saldo positivo o negativo decretar el castigo o
premio que nos corresponda, por más que este idea esté muy metida en el
imaginario popular. Para comprender el juicio de Cristo tenemos que
deshacernos de la mentalidad moderna que conoce la división de poderes en
el estado, de modo que juez es el que delimita imparcial y objetivamente
la culpabilidad o inocencia de una persona. En la Biblia no se conoce esa
idea de la división de poderes y, en consecuencia, la palabra juez tiene
un sentido bastante más amplio. Lo podemos comprender leyendo el libro de
los Jueces. No es un libro que hable de personas que se dedican a los
procesos judiciales, aunque esto también pueda formar parte de su función.
Los jueces de Israel son aquellos a los que Dios envía para liberar a su
pueblo de la opresión de otros pueblos y guiarlo por las sendas de su
voluntad. Esa es también la función de Cristo juez: conducir a su
destino último ese plan salvador de Dios que recorre la entera
historia desde la creación hasta el fin de los tiempos.
En la Biblia juez no es sólo el que juzga, sino el que
instaura la justicia. Esperar a Cristo como juez de toda la
creación no significa esperar una sentencia final e inapelable para el
mundo, sino esperar que Cristo instaure por fin la justicia, que en toda
la creación y en nosotros mismos resplandezca definitiva y totalmente
aquello que Dios ha querido para el mundo y la humanidad. Esto significa,
por supuesto, una labor de discernimiento entre el bien y el mal, pero
sobre todo una labor de renovación y perfeccionamiento de todo aquello que
de bueno y justo hay en el mundo. Por eso nosotros podemos y debemos
contemplar el juicio de Cristo con esperanza, la esperanza del que pone su
confianza en que Dios por fin pueda vencer todo lo que de negativo hay en
él mismo y en toda realidad. El libro del Apocalipsis, el gran libro de la
esperanza, retrata en forma de visión el sentido de esta esperanza en
Cristo:
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Entonces vi delante del trono, rodeado por los
seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que
lo habían degollado, y tenía siete cuernos y siete ojos -son los
siete espíritus que Dios ha enviado a toda la tierra-. El Cordero
se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con
la mano derecha.
Cuando tomó el libro, los cuatro seres
vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían
cítaras y copas de oro llenas de perfume -son las oraciones del
pueblo santo-. Y entonaron un cántico nuevo: “Eres digno de tomar
el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu
sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua,
pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que
sirva a Dios y reine sobre la tierra”.
Apocalipsis 5, 6-14 |
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Dios está en el trono, rodeado por los signos de
su poder creador (los vivientes) y salvador a lo largo de la historia (los
ancianos). Ante él aparece el Cordero que representa a Cristo. Los
rasgos que definen esta imagen de Cristo son el estar en pie y degollado
(signo de que ha resucitado) y los siete ojos y los siete cuernos (signo
de que tiene toda la sabiduría y todo el poder). A Cristo, muerto y
resucitado, le es entregado el libro que contiene el designio de Dios,
porque es el único digno de abrirlo.
Por su muerte y resurrección Jesucristo es capaz de
descifrar el sentido oculto de la creación y de la historia según la
voluntad del Padre. El designio último de Dios tiene su clave en la
muerte y resurrección de Jesús que son los instrumentos a través de
los que la humanidad puede estar unida a Dios como dinastía sacerdotal y
reinar sobre la tierra. Recordemos lo que al principio decíamos sobre el
hombre como imagen de Dios. Ahora, aquel proyecto en ciernes se presenta
completado por obra de Cristo: la humanidad, unida a su creador, reina
sobre la creación.
Este es el sentido de la escatología cristiana, recibir
la palabra de salvación que nos ha llegado en Cristo como irrevocable y
destinada inequívocamente a la victoria. En la muerte y resurrección
de Cristo está condensada toda la sabiduría cristiana sobre el hombre, la
historia y su futuro. Sabemos de nuestro futuro lo que sabemos de nuestra
vida en Cristo. La escatología no es sino la exposición confiada del
cumplimiento definitivo de la vida de la gracia que ya podemos
experimentar en la fe. No es un ejercicio de adivinación sobre el futuro,
sino la proyección hacia su consumación de la obra de Dios que ya vemos
presente en nosotros. Hablar de escatología es estar convencido de la
verdad y firmeza del don de la gracia presente en la vida del cristiano.
Cristo es el futuro absoluto, tanto de cada hombre
en particular como de la comunidad de los hombres, la historia y la
creación en general. La escatología consiste en comprender desde la fe
ese encuentro y cumplimiento final de todo en Cristo.
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