El hombre a la luz de Dios. Antropología teológica.
 
Introducción
1. A imagen de Dios
2. Uno en cuerpo y alma
3. Hombre y mujer
4. El pecado
5. El pecado original
6. La concupiscencia
7. La gracia
8. La gracia creada
9. La justificación
10. Escatología
11. Escatología individual
12. Escatología colectiva
Apéndices


9. La justificación

El punto de partida para comprender el proceso de la justificación es la comprensión de la situación del hombre pecador. No es únicamente que haya incurrido ocasionalmente en ciertas faltas morales. El pecado es sobre todo una situación, un desequilibrio interno de la libertad humana que impide la comunión con Dios y con los demás. Por eso el hombre no puede salir por sí mismo de su situación de pecador, es algo en lo que se encontraría definitivamente encerrado sin el auxilio de la gracia. El Concilio de Trento lo describe así:
 

En primer lugar declara el santo Concilio que, para entender recta y sinceramente la doctrina de la justificación es menester que cada uno reconozca y confiese que, habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán [Rom 5, 12; 1 Cor 15, 22], hechos inmundos [Is. 64, 4] y (como dice el Apóstol) hijos de ira por naturaleza [Ef 2, 3], según expuso en el decreto sobre el pecado original, hasta tal punto eran esclavos del pecado [Rom 6, 20] y estaban bajo el poder del diablo y de la muerte, que no sólo las naciones por la fuerza de la naturaleza, mas ni siquiera los judíos por la letra misma de la Ley de Moisés podían librarse o levantarse de ella, aun cuando en ellos de ningún modo estuviera extinguido el libre albedrío, aunque sí atenuado en sus fuerzas y desequilibrado.

DS 1521


Lo primero que menciona el Concilio es la prevaricación de Adán. No se trata sólo de recordar el origen del pecado original, sino también el pecado que modela todos nuestros pecados. Lo que se pretende no es disculpar el pecado personal apelando a un origen extraño a nosotros mismos, sino, al contrario poner a la luz la raíz última de la situación del pecador como necesitado de salvación.

La descripción de esta situación, consecuencia del pecado, es tremenda: “inmundos”, “hijos de la ira”. Las expresiones pueden resultarnos incluso desagradables, pero sólo si mantenemos nuestra comprensión del pecado al nivel de una simple falta legal. Si vamos al sentido profundo del pecado como negación de la auténtica realidad del hombre, como cerrazón de su apertura original a Dios, podemos comprender el abismo de rechazo por nuestra parte, no sólo de Dios, sino incluso de nuestro propio ser, en el que nos sitúa. El pecador es objeto de la ira de Dios porque Dios no puede sino rechazar todo aquello que no es justo y bueno, y si Dios no fuera un absoluto rechazo de todo aquello que es contrario a la justicia y la bondad no sería Dios.

Nuestros inconvenientes surgen cuando nos sentimos tan identificados con nuestro pecado que vemos la ira de Dios como rechazo de nuestro propio ser personal, pero no es eso. Porque Dios ama y desea la autenticidad personal de cada hombre rechaza su ser pecador, no para destruir su persona, sino para recuperarla para la verdad y el bien. Que el hombre esté absolutamente necesitado de la gracia de Dios no significa que se encuentre abandonado a las veleidades de un Dios lejano o indiferente, sino que está necesitado de un amor y de un perdón que Dios da sobreabundantemente en Jesucristo.

La gracia no es sólo una ayuda para hacer algo que el hombre con su propio esfuerzo podría conseguir, sino la posibilidad de salir de una situación sin salida. La llamada de Dios a cada hombre es un gesto absolutamente gratuito y absolutamente necesario. Dios quiere la salvación de cada hombre y a cada uno se la ofrece, es la convicción de la fe cristiana.

Si la gracia de Dios es el origen necesario de la justificación debemos ver su presencia en todo aquello que lleva a la justificación. Por eso decimos que la preparación a la justificación es también obra de la gracia. Justificación es entrar en una nueva relación con Dios como hijos suyos, recibir su presencia en nuestra vida, y sólo Dios puede hacerle sitio a Dios, sólo Dios puede preparar al hombre para que éste sea capaz de recibir el don de la gracia. Esto ha sido motivo de controversias a lo largo de la historia que han llevado a la discusión sobre la predestinación.

El misterio de la predestinación salvífica de Dios es un tema que queda de relieve en la teología de Pablo:
 

Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó: a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó. Teniendo esto en cuenta, ¿qué podemos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

Romanos 8, 28-34


Comienza Pablo describiendo la progresión de la obra de Dios que escoge, llama, predestina, justifica y glorifica. La impresión es la de un inmenso designio que todo lo abarca y del que no escapa nada. Dios se muestra como el Señor de todo lo que ocurre, nada queda fuera de su voluntad salvífica, de modo que todo lo que ocurre en la vida de los que aman a Dios sirve para el bien.

Ante la visión de la magnitud del plan de Dios, de ese abrazo que abarca toda realidad, puede surgir la duda: Si Dios lo tiene todo previsto ¿qué sentido y qué valor tiene nuestra libertad? Si Dios sabe ya si yo voy a alcanzar la salvación ¿qué sentido y qué valor puede tener mi esfuerzo por cumplir su voluntad?


Antes de responder directamente a esas preguntas debemos ir a la segunda parte de nuestro texto, donde Pablo reflexiona sobre el fundamento de su convicción usando incluso una expresión desconcertante: “El que no perdonó a su propio Hijo [...] ¿cómo no nos dará todo con él?”. Ni que decir tiene que ese no perdonar a su propio Hijo es usado en un sentido figurado, ya que Dios Padre no tiene nada que perdonar propiamente a su Hijo. El sentido de la expresión es poner de manifiesto que Dios no se ahorra nada para la salvación del hombre, sino que se da a sí mismo en el Hijo para realizar su plan. De modo que este plan salvador de Dios no sólo abarca a la creación, sino que abre en profundidad la propia vida y relación trinitaria de Dios hacia el mundo. Podríamos decir figuradamente que Dios se rompe para abrazar en su amor a la creación. Si tomamos conciencia de hasta qué punto la salvación involucra a Dios mismo podremos tener cauces para responder a las preguntas que nos hacíamos. Dios no mira la historia de los hombres como un extraño, se involucra en ella abriendo a los hombres su intimidad.

La cuestión de la libertad humana frente a Dios y de la predestinación sólo tiene respuesta si nos damos cuenta de que muchas veces los presupuestos desde los que la planteamos son incorrectos. Si pensamos a Dios como un competidor de la humanidad, como un extraño al mundo, el paso siguiente será ver su obra como una ingerencia arbitraria. Pero no es ese el pensamiento de Pablo ni del cristianismo.

Dios no es un extraño, sino aquel que desde su amor sostiene y posibilita el mundo. Dios es el origen y el fin de nuestra libertad, no es un competidor del hombre, sino el que hace posible al hombre. Esto supone por parte de Dios una extrema cercanía y una extrema diferencia respecto al hombre. Cuando pensamos a Dios con facilidad tendemos a nivelar su realidad con la nuestra, pero Dios y el hombre no son magnitudes homogéneas. La gracia de Dios no anula la libertad del hombre, sino que la hace posible. Por eso en la obra de la salvación todo es obra de Dios en tanto que él sustenta y posibilita la realidad personal y libre del hombre y todo es obra del hombre en tanto que como persona libre así querida por Dios responde a su obra.

Otro tanto ocurre con la idea de la predestinación, que se basa en la transposición a Dios de nuestras categorías temporales: Dios no sabe si nos vamos a salvar “antes” de que nos salvemos, porque para Dios no hay un “antes” y un “después”. Dios abraza la totalidad del tiempo y lo acoge amorosamente en su eternidad, que no es una prolongación ilimitada de lo temporal, sino un eterno presente que nosotros, seres temporales, no podemos comprender desde nuestra realidad. Dios lo conoce todo, pero lo conoce todo en presente, no debemos pensar en Dios como un investigador que curiosea en nuestro pasado y en nuestro futuro, sino como una madre que acoge toda nuestra realidad en su regazo amoroso (Cf. CIC 600).

Desde esta seguridad podemos leer las palabras de Pablo como la expresión de asombro del que descubre hasta qué punto Dios introduce en su propio ser a la humanidad y cómo esa voluntad salvadora de Dios es tan inquebrantable que puede abarcar toda realidad manteniendo esa autonomía propia de lo creado que ha sido querida por Dios mismo.

Si la obra de salvación de Dios no anula, sino que potencia y vivifica la realidad propia del hombre, esto significa que también el hombre tiene un papel en ella, una respuesta que dar a llamada de Dios: la fe. Si la obra de la salvación tiene su origen necesario en la libre voluntad de Dios, tiene también su necesario destino en la libre respuesta del hombre en la fe. Como ya hemos visto la salvación consiste fundamentalmente en una nueva posibilidad de relación con Dios, pero no hay relación si negamos toda posibilidad de acción a una de las partes. El hombre está llamado a poner libremente su fe en Dios porque sólo desde el reconocimiento de su realidad propia es como Dios puede llevarlo a su plena realización:
 

La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que El ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que El dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura.

CIC 150


La fe no es sólo un asentimiento intelectual, un creer lo que no se ve, sino también una adhesión existencial, una entrega confiada de la persona a Dios. Esta entrega sólo puede existir en verdad allí donde Dios se ofrece, por eso la fe es don de Dios. Al mismo tiempo, y como forma de relación interpersonal que es, necesita también de la respuesta libre del hombre, y en ese sentido es decisión suya, no puede haber justificación sin el asentimiento y libre cooperación del hombre a la gracia de Dios. La justificación incluye tanto la realidad de la gracia como llamada y oferta que sólo puede proceder de Dios como la identidad del hombre como persona que la gracia no anula, sino potencia. La fe no es únicamente tener por verdaderas ciertas cosas reveladas por Dios, sino de confiar en Dios y amarlo de forma que esa confianza llegue a conformarse como una nueva forma de vivir, como un nuevo nacimiento que incluye, no sólo el creer ciertas verdades, sino el entregarse en libertad y amor a Dios. Sólo Dios es digno de fe porque sólo él puede ser objeto de una obediencia absoluta y confiada como creador y salvador de la humanidad:
 

Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones.

DV 5


Lo fundamental de la fe es la confianza libre y total en Dios, en segundo lugar y como consecuencia de esa confianza fundamental está el homenaje del entendimiento y de la voluntad. El acto de fe es una entrega personal por la que se llega a creer y obedecer a Dios que se nos ofrece a sí mismo en Cristo como gracia salvadora. Es esta libre y decisiva oferta de Dios la que está en origen de la fe, por eso en toda la vida de la fe se trasluce la obra de Dios que suscita, fortalece y sostiene la posibilidad humana de acoger a Dios como destino último de la propia existencia.

Afirmar que somos justificados por la fe no significa que alcancemos la justificación por nosotros mismos. Fe significa adherirse plenamente a Dios, reconocer que la salvación es obra suya, renunciar a asentarnos en nuestra propia justicia. Justificación por gracia y justificación por la fe son una misma cosa, y en ambos casos conllevan la conversión. La necesidad de vivir según la voluntad de Dios no es lo que nos obtiene la salvación, sino al contrario, la gracia salvadora de Dios por la fe hace posible en nosotros una vida conforme a la vocación a la que hemos sido llamados, una vida que anticipa la completa bienaventuranza en Dios a la que estamos destinados. El esfuerzo cristiano por vivir el evangelio no contradice, sino que reafirma, el poder y la efectividad de la gracia en el hombre. Frente a esa oferta total de Dios no caben medias tintas, es necesaria una decisión radical: en Dios se puede creer o no creer, pero no creer a medias:
 

En la fe se trata de una decisión tomada de una vez por todas. La fe no es una opinión que se pueda sustituir con otra opinión. Quién cree provisionalmente no sabe lo que es creer. Creer supone una relación definitiva. En la fe se trata de Dios, de lo que él ha hecho de una vez para siempre por nosotros. Esto no excluye que haya vacilaciones de la fe. Pero, considerada en relación con su objeto, la fe es una realidad definitiva. Quien cree una vez, cree para siempre. No se asusten; considérenlo más bien como una invitación.

Karl Barth, Esbozo de Dogmática, 28


Si la fe es adhesión a Dios debe suponer la eliminación de todo aquello que separa de Dios, comporta tanto la remisión de los pecados como la renovación interior. Fe significa una nueva relación con Dios que transforma la realidad íntegra del hombre. La fe crea en el hombre una nueva situación a partir de una nueva relación con Dios. Esta unión con Dios es lo que abre la esperanza del cristiano hacia un cumplimiento total que sólo puede darse en Dios mismo, pero con esto entramos ya en el tema de la Escatología.
 

Para reflexionar (Temas 7-9)

  1. Busca y comenta algún texto del Nuevo Testamento donde aparezca la filiación divina de los cristianos.

  2. Elige algún sacramento concreto y explica cómo su gracia sacramental está destinada a la salvación de todos y no sólo a la persona individual que lo recibe.

  3. Comenta la siguiente frase: “Sólo se puede tener fe en Dios, y en Dios sólo se puede tener fe”.

 

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