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En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo
Los cristianos
comenzamos nuestras celebraciones haciendo la señal de la cruz “en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es un gesto que muchas veces
hacemos rutinariamente, casi sin darnos cuenta. De hecho si nos preguntan por el
significado de un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, quizá respondamos
apelando al misterio o a lo incomprensible. Pero la Trinidad no es una
abstracción apartada de nuestra vida real de fe, ni la glorificación de un
absurdo en cifras, sino el resumen más breve y hermoso de la historia del amor
de Dios a la humanidad, que tiene su centro en la Cruz de Cristo como
manifestación definitiva del amor de Dios en el mundo.
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El Evangelio de Juan
relata con magnifica concisión y profundidad la muerte de Jesús: al final de
su agonía dijo “está cumplido, e inclinando la cabeza entregó el Espíritu”
(Jn 19, 30). Es una muerte que resume una vida dirigida por dos motivos
fundamentales: Cumplir la voluntad del Padre y entregar el Espíritu a sus
seguidores. Jesús no centró su mensaje en sí mismo, sino en Dios Padre y su
Reino, tampoco quiso ser protagonista, sino que su esfuerzo fue el de suscitar
en todos la fuerza de la misma fe que lo animaba a él. Esto nos revela que
cualquier conocimiento de Jesús que pretenda contentarse con saber datos sobre
él es radicalmente insuficiente. Es imposible conocer a Jesús sin ir al Padre
que lo envió y al que dirigió toda su vida y sin compartir su fe recibiendo su
Espíritu. Jesús es Dios siendo Hijo, volviéndose continua y plenamente al
Padre de quien recibe todo y a quien da todo y haciéndonos participar de su
vida al entregarnos su Espíritu.
Esto no es una paradoja
casual, en la experiencia cristiana del Espíritu Santo sucede lo mismo. El
Espíritu Santo es el que nos hace capaces de llamar a Dios Padre, porque nos
hace hijos de Dios recordando y reviviendo en nosotros la enseñanza y la vida
del Hijo Único de Dios: Jesucristo. Conocer el Espíritu que anima a la Iglesia
es mucho más que hacer un estudio sociológico sobre la realidad de los
cristianos. Conoce la Iglesia el que descubre en ella ese tremendo poder del
Espíritu que hace de nosotros hijos de Dios y sacramento de Cristo en el mundo.
Porque el Espíritu es Dios siendo Espíritu del Padre y del Hijo, haciéndonos
en verdad hijos de Dios y hermanos en Cristo al darnos la participación en el
amor que une al Padre y el Hijo.
Y con Dios Padre ocurre
lo mismo: la fe cristiana en Dios no es simplemente el resultado de una
especulación sobre el origen y el sentido de la realidad, por positivo que sea
esto. Conocer a Dios Padre es imposible sin reconocerlo como Padre de Jesús en
cuyo Espíritu somos hijos. En Jesús y a través de la vida del Espíritu los
cristianos descubrimos la profundidad y grandeza de la paternidad de Dios, que
no es solamente poder creador, sino desbordamiento amoroso que libremente ha
querido rebosar sobre el mundo. El Padre es Dios siendo origen, no sólo del
mundo, sino primaria y fundamentalmente del Hijo y del Espíritu por medio de
los que creó todo y lleva la historia a plenitud haciéndola participar de su
ser amor.
Creer en la Trinidad,
por tanto, significa creer que Dios se nos ha dado definitiva y realmente como
salvador al mundo en Jesucristo y sigue presente en nosotros por su Espíritu.
En cada una de estas formas de mostrarse de Dios tenemos su ser todo que nos
acoge en el amor. La Trinidad es el resumen en conceptos de la historia de la
unión de Dios y el hombre realizada en Jesucristo. Porque Dios es Dios más
allá de nuestros deseos y nos llama a ir más allá de nosotros mismos le
llamamos Padre. Porque es Dios mismo quien se ha acercado a vivir entre nosotros
haciéndose hombre en Jesús para manifestarnos su amor y darse al mundo como
salvador, le llamamos Hijo. Porque es Dios quien hace posible que nosotros
podamos realizar en nuestra vida, como hijos suyos, la imagen de Jesucristo le
llamamos Espíritu Santo.
Todo esto es el
resultado de una única voluntad, de un sólo amor que nos llama desde la
eternidad, por eso decimos que en sus tres manifestaciones encontramos al Dios
uno y único que ha querido darnos su vida.
Y todo esto que podemos
saber de Dios a través de su manifestación en la historia lo podemos aplicar a
Dios tal y como él es en sí desde la eternidad, porque Dios no nos engaña, se
nos muestra tal y como él es. Porque Dios Padre es para nosotros fuente de la
vida y del designio de salvación decimos que el Padre es la fuente eterna de la
vida de la Trinidad. Porque Dios se ha manifestado en Jesucristo como el enviado
para la salvación de los hombres que nos pone siempre en referencia al Padre
decimos que el Hijo es un eterno proceder del Padre y estar en relación con
él. Porque Dios se manifiesta por su Espíritu como presencia en nosotros y
amor que nos desborda decimos que el Espíritu Santo es la eterna presencia y
amor que existen entre el Padre y el Hijo.
Recapitulando lo dicho
podemos ver que la fe no puede nunca reducirse a un conocimiento teórico de
Dios. En su ser Padre, Hijo y Espíritu, Dios es una continua invitación a ir
más allá, a introducirnos en su misma vida que es amor. Desvirtuamos y
falsificamos el misterio de la Trinidad cuando lo convertimos en una teoría
abstracta y alejada de nuestra vida, porque el misterio de la Trinidad es el
despliegue ante nuestros ojos y en nuestra vida de la realidad de Dios que,
dándose a sí mismo a la humanidad, permanece siempre como aquel que está más
allá de nuestras posibilidades y nos invita a compartir las suyas.
La cruz que hacemos “en
el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” es precisamente el
recordatorio de esa gran verdad: si quieres conocer a Dios tendrás que hacer
tuya la dinámica de su amor manifestada en la Cruz de Cristo, no te detengas.
EL ESCOLIASTA
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