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La Eucaristía en el Concilio Vaticano II
En el concilio Vaticano II se sintetizan diversas
perspectivas de interpretación de la Eucaristía que, en su conjunto, presentan
una visión armónica de la totalidad de sentido del sacramento. Esto lo podemos
ver reflejado en un texto centrar del concilio:
Un anticipo de esta esperanza y una ayuda para este camino la
dejó el Señor a los suyos en aquel sacramento de fe, en el que los elementos
de la naturaleza, cultivados por el hombre, se transforman en su Cuerpo y Sangre
gloriosos, en la cena de comunión fraterna y pregustación del convite
celestial.
Constitución "Gaudium et Spes", 38
Este texto toma un punto de vista ontológico -se fija en la
esencia de las cosas- cuando se habla de la transformación del pan y el vino
en el Cuerpo y Sangre gloriosos de Cristo. Esta presencia real de Cristo
glorioso renueva el misterio pascual de su muerte y resurrección, sacrificio
que establece la nueva Alianza. En la Eucaristía el acto simbólico del
cenáculo en el que Jesús prefiguró su entrega por la salvación del mundo se
hace presente a la Iglesia por la transformación de los elementos naturales en
el Cuerpo y la Sangre del Señor glorioso.
Pero la presencia del Señor en la Eucaristía no es un
simple hecho objetivo que simplemente haya que tener en cuenta. Como hemos visto
antes es presencia salvadora, presencia que da vida a la Iglesia. Por eso la
Eucaristía es también presentada, desde un punto de vista existencial como cena
de comunión fraterna. La comunión ritual con el cuerpo y la sangre del
Señor genera la unión fraterna entre los participantes. No es sólo lugar de
presencia, sino también de acción de Cristo que, en el banquete fraterno, nos
hace hermanos. En la Eucaristía el Espíritu de Cristo presente hace de la
Iglesia una auténtica familia, unida por lazos aún mas fuertes que los de la
carne y la sangre naturales. La Iglesia es comunidad de hermanos porque el
fundamento de su unidad proviene de la Carne y la Sangre entregadas de Cristo.
Esto quiere decir que la comida eucarística tiene también
un efecto en la vida normal del cristiano, es ayuda para su camino. Si la
Eucaristía es banquete de hermanos, representa en el mundo un contrasigno de
las divisiones que experimentamos en la humanidad. La Eucaristía es fuerza para
negar el amor propio y abrirse a la comunión de los hermanos en una práctica
real y eficaz de transformación del mundo. La Eucaristía está dirigida a
ayudar a los cristianos no sólo a dar gracias al Padre por el don que Jesús
hace de sí mismo, y que les es comunicado, sino también a que practiquen
diversas formas de compartir, que reflejen la voluntad de Jesús de transformar
el mundo. El rito es, de este modo, un acto espiritual que provoca un camino de
justicia en el mundo. La Iglesia se hace en la Eucaristía responsable de su
propio destino como comunidad llamada a compartir su realidad y sus bienes con
los demás, presentando un signo de fraternidad frente al egoísmo de los ricos
de este mundo.
Finalmente la Eucaristía es pregustación del convite
celestial. En la Eucaristía tenemos la anticipación real del cumplimiento
de nuestra esperanza, podemos vivir realmente lo que será, al fin de los
tiempos, el banquete de la humanidad reunida en torno a la mesa del Señor. Cada
vez que la Iglesia reunida en la liturgia eucarística rompe el pan y distribuye
el vino de la nueva creación y prolonga este gesto ritual en el mundo mediante
actos de solidaridad y generosidad, ofrece un signo incomparable de la unión
final que se colmará en el futuro y ya se halla inicialmente realizada en la
celebración sacramental.
Conclusión final: La Eucaristía, resumen de la vida
cristiana
En la Eucaristía podemos encontrar un resumen vivo de la
totalidad de lo que es la vida cristiana, es decir, no una realidad que debamos
ni podamos analizar en su totalidad, pero sí una experiencia que podemos vivir
y, a través de la vivencia comprender. En primer lugar podemos descubrir en la
celebración eucarística la auténtica realidad de Dios. A través de la
presencia real de Cristo en las especies eucarísticas el cristiano puede tener
una experiencia de que Dios es el que se entrega para la salvación de la
humanidad, el que no ha querido existir para sí mismo, sino que ha querido
desbordar su amor sobre el mundo. Sólo puede comprender verdaderamente la
realidad de Dios el que experimenta su presencia activa y salvadora en la
Eucaristía y, a través de ella, comprende lo que Dios es y hace en la
totalidad de su vida.
También encontramos la oportunidad de vivir lo que es la
Iglesia, comunidad de hermanos reunida en torno al Señor. El ser más profundo
de la Iglesia como asamblea reunida por la Palabra y la acción del Señor se
realiza de la forma más completa en la celebración en la que la comunidad de
los hermanos se reúne en torno a la mesa del Señor. La Iglesia es una
comunidad que se realiza en la celebración del acontecimiento de salvación por
Cristo. La Eucaristía, siendo al mismo tiempo la realización sacramental más
completa de la salvación y de nuestra participación en ella, es el lugar en el
que la Iglesia se realiza como comunión con Dios y con los hermanos. Podemos
decir que, aunque la Iglesia hace la Eucaristía, es, sobre todo, la Eucaristía
la que hace a la Iglesia al darle su realidad más profunda y plena. No se trata
sólo de que los cristianos signifiquen lo que es su vida en el mundo a través
de la celebración eucarística, sino que también es la celebración
eucarística la que da contenido y significado pleno a la vida y el compromiso
de los cristianos en el mundo.
Pero no sólo se trata de lo que es Dios y lo que es la
Iglesia, la Eucaristía nos da un contraste para contemplar lo que podemos ser y
aún no experimentamos. Es un impulso para hacer un mundo nuevo, un mundo de
hermanos que comparten a imagen del hermano mayor que nos reúne en torno a su
mesa. En la Eucaristía encontramos una llamada a transformar el mundo a imagen
de Cristo. Si la celebración de la salvación no nos saca de nosotros mismos y
nos hace buscar al necesitado estamos negando su plenitud como realidad
salvadora y transformadora de la totalidad de la creación.
Finalmente la Eucaristía nos desvela lo que podemos esperar
de la salvación de Dios presente en el mundo: La construcción definitiva del
reino que ya experimentamos en la celebración sacramental. El contenido de la
esperanza cristiana se hace real y tangible en la celebración de la
Eucaristía. No esperamos algo que desconocemos, sino algo que vivimos cada
vez que nos reunimos en el nombre del Señor a celebrar su banquete. Ante las
dudas sobre el futuro del hombre y de la humanidad el cristiano dirige su mirada
a la celebración eucarística y en ella encuentra la seguridad y la presencia
de lo que Dios promete al mundo, una vida plena y compartida para una humanidad
fraterna.
EL ESCOLIASTA
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