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La Eucaristía en S. Juan
El texto eucarístico más directo del Evangelio de Juan es
el discurso del pan de vida que está en el capítulo 6.
Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá más
hambre: el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero vosotros, como ya os he
dicho, no creéis, a pesar de haber visto. Todos los que me da el Padre vendrán
a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí. Porque yo he bajado del
cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y su
voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que el me ha dado sino que los
resucite en el último día. Mi Padre quiere que todos los que vean al Hijo y
crean en él, tengan la vida eterna, y yo los resucitaré en el último día.
Jn 6,35-40
En esta primera parte del discurso (versículos 26-50) el pan
de vida aparece referido al mensaje de Jesús, a su vida y su palabra. Comer
el pan es una metáfora para significar el creer: come de este pan el
que cree en Jesús. Se requiere una comunión por la fe con Jesús para tener la
vida eterna que viene del Padre.
Este es un pan que sacia definitivamente. La
sabiduría antigua, centrada en la Ley y la fidelidad en su cumplimiento dejaba
una continua insatisfacción. En cambio, en lo que promete Jesús encuentra el
hombre satisfacción plena. Jesús ya no centra nuestra vida en la búsqueda de
la propia perfección (por la fidelidad a la ley), sino en entregarnos a él
(por la fe en su palabra) y así nuestra hambre es saciada en él.
Esta sabiduría nueva proviene del designio del Padre, está
marcada con el sello de lo eterno y no pasará. Por eso el que cree en Jesús
tiene vida eterna y resucitará con él. La expresión "el
último día" hace referencia tanto a la resurrección de Jesús (su
último día) como a la del cristiano (nuestro último día). Creer en Jesús
significa comenzar a participar ya en este mundo de la vida plena de Jesús
resucitado que tendremos definitivamente más allá de nuestra propia muerte.
La carne de Jesús, pan de vida
En la segunda parte del discurso (versículos 51-65) Juan
profundiza aún más en las ideas anteriores dándoles un sentido sacrificial y
eucarístico.
Mi carne es verdadera comida. Mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él. El Padre, que me
ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así también, el que me coma
vivirá por mí. Este es el pan que ha venido del cielo; no como el pan que
comieron vuestros padres. Ellos murieron; el que coma de este pan, vivirá para
siempre.
Jn 6,55-58
De nuevo aparecen los mismos temas que vimos en la primera
parte: la superación del Antiguo Testamento y la vida eterna que se consigue
comiendo el pan de vida. Pero ahora el pan es referido a la carne
de Jesús. No se trata ya simplemente de creer en él sino de comer su carne.
Aparece ya con claridad la referencia a la Eucaristía.
Jesús se da como pan y vino que se come y bebe en el banquete sacrificial. La
Eucaristía se une así a la muerte redentora de Cristo que dará su cuerpo y su
sangre para la vida del mundo. Lo primario no es la Eucaristía, sino la entrega
personal de Jesús hasta la muerte. La carne de Jesús es aquí el compendio de
una doble donación: el Padre entrega al Hijo al enviarlo en carne
y el Hijo entrega esa misma carne como medio de comunicación de la
salvación y la vida que en él se contiene. En la participación eucarística
el cristiano se une a esa vida nueva dada por Jesucristo.
Finalmente podemos observar el paralelismo entre la
estructura de este discurso y la de nuestras celebraciones. En primer lugar
tenemos la presencia de Cristo actuante por su palabra, pan de vida dado por el
Padre; en segundo lugar la presencia de Cristo que se entrega a sí mismo, pan
vivo, a través de su carne y sangre entregada hasta la muerte y compartida en
el Espíritu para participar de su resurrección y su vida nueva. De este modo
vemos como en el discurso queda reflejada ya la celebración litúrgica de la
Iglesia.
El lavatorio de los pies
Hasta aquí Juan ha hecho una magnífica exposición en su
evangelio del misterio eucarístico. Sin embargo es precisamente el Evangelio de
Juan el único que omite el relato de la institución de la Eucaristía
en la última cena poniendo en su lugar la escena del lavatorio de los pies.
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Ante este hecho, y antes de ver el sentido del lavatorio de
los pies, debemos darnos cuenta que la no inclusión de la escena de la
institución de la eucaristía no obedece a un olvido o a un desgraciado
accidente. Juan realiza aquí una omisión consciente y deliberada. La
intención del evangelista es luchar contra el peligro de una interpretación
mágica e individualista de la Eucaristía. Si de nuestra Eucaristía no
brota una auténtica solidaridad, una auténtica fraternidad, posiblemente
estemos degradando la memoria de Jesús. Con la narración del lavatorio de los
pies Juan no pretende sustituir la institución de la Eucaristía, sino transmitir
su sentido más profundo.
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo
puso otra vez y les dijo:
-¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me
llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque
lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también
vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo
que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
Jn 13,12-15
El lavatorio de los pies, acción humillante y propia de
esclavos, es el símbolo de la persona de Jesús y su actuación, de su entrega
radical que incluye la Eucaristía. Cristo es el sacramento primordial y la
eucaristía es la revelación de Cristo y de su amor a los suyos hasta el
extremo, así como la respuesta de éstos en la fe y en la caridad. No se trata
simplemente de un ejemplo moralizante, sino del símbolo de la entrega de
Cristo y de sus discípulos que es celebrada en la Eucaristía.
Es el mismo Señor quien, con el pan y la copa, nos dice:
"haced esto en memoria mía", y quien, como esclavo a los pies de los
hermanos, nos dice "también vosotros debéis lavaros los pies unos a
otros". Eucaristía y fraternidad son las dos caras de una misma
moneda.
Celebrar la Eucaristía es, por tanto, tomar parte en la
carne humillada de la entrega total del Hijo y exaltada por la obra
transformadora del Espíritu, ser injertados en la vida para dar frutos
de amor en el mundo.
EL ESCOLIASTA
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