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La Eucaristía como sacrificio
Muchas veces podemos emplear la palabra sacrificio dándole
significados muy diversos. Decimos que es un sacrificio soportar algo que nos
molesta, hacer algo por otro... En fin, parece que el sacrificio es algo
negativo que se acepta porque no hay más remedio. También decimos que la
Eucaristía es un sacrificio. Y podemos pensar que aquello que es el centro
de la vida del cristiano es algo que hay que soportar con paciencia aunque no
nos guste.
Seguramente esa no es nuestra opinión, pero puede que este
concepto no esté demasiado claro. Vamos a intentar profundizarlo en este tema.
Para conseguirlo lo primero que haremos es darnos cuenta de que el sacrificio es
algo presente en todas las religiones. Después veremos las características
particulares del sacrificio cristiano.
El sacrificio en las religiones
La palabra "sacrificio" viene del latín ("Sacrum
facere": Hacer sagrado) y tiene un significado distinto de otra
palabra con la que podemos confundirla y que también viene del latín:
Mortificación (De "mortum facere": Hacer muerto, matar). No todo
sacrificio tiene que ser una mortificación. En las diversas religiones los
sacrificios revisten tres formas distintas: Ofrecimiento de dones, expiación y
comunión.
El sacrificio consiste a veces en ofrecer algo a Dios, unos
dones. Este ofrecimiento de dones expresa un sentimiento religioso muy
profundo, la entrega a Dios. El hombre reconoce que de Dios le viene todo y como
señal del reconocimiento de la propia dependencia con respecto a Dios le ofrece
algunos dones con los que expresa y representa su entrega a Dios.
La entrega del hombre a Dios no es nunca perfecta, total. Del
reconocimiento de este hecho nace otra figura del sacrificio, el sacrificio de expiación.
El hombre ofrece a Dios dones no sólo como expresión de dependencia, sino como
expresión de que quiere entregarse a Dios lo mismo que le entrega su
sacrificio. Se le ofrecen a Dios unos dones para pedir perdón al mismo tiempo
que se manifiesta el deseo de seguir relacionándose con él.
Finalmente existe también el sacrificio de comunión.
Con este tipo de sacrificio el hombre religioso expresa que realmente Dios está
presente en su vida y que él también está presente en la vida de Dios en el
espacio del culto. Esta figura del sacrificio incluye a las otras dos, estar en
la presencia de Dios en medio del sacrificio implica el manifestarle la propia
entrega al mismo tiempo que se reconoce y supera la propia debilidad. Este
sacrificio suele tener la forma de un banquete, de una comida con Dios.
Antes de continuar conviene aclarar que las tres formas del
sacrificio no son totalmente independientes. Como se ha visto en la exposición
cada una asume y completa el significado de las anteriores. Por eso nos vamos a
centrar en el significado de la última: El sacrificio de comunión como
banquete con Dios.
El banquete ritual
En los banquetes rituales de todas las religiones se realizan
una serie de actos simbólicos y oraciones que culminan en el comer en común
los dones ofrecidos a la divinidad.
En la comida ritual se distribuyen y comparten una serie de
bienes comunes. Es un aprendizaje de la solidaridad. Compartiendo el
alimento se aprende a preocuparse por aquellos que no tienen qué comer. El
banquete común es ya un acto de solidaridad social en la comunidad.
Pero no sólo eso, compartir la mesa es un acto de relación
entre los miembros de la comunidad. Comer juntos no es simplemente comer unos al
lado de otros, es compartir algo más que el alimento que consumimos: la amistad
(Cuando queremos subrayar la falta de confianza con una persona, le decimos:
"¿Cuándo hemos comido tú y yo en el mismo plato?"). Se trata, por
tanto, no sólo de alimentar el cuerpo, sino también el espíritu. En los
banquetes rituales se realiza una pedagogía de lo sagrado. Compartiendo la
comida se transmiten los valores y creencias que sustentan la comunidad.
Pero si nos quedamos aquí habremos olvidado lo más
distintivo de estos banquetes: Comer con Dios. El banquete ritual es una
anticipación de la unión con Dios que esperan realizar definitivamente
los comensales. Los alimentos sacrificados (Hechos sagrados) son consumidos por
la comunidad realizando ya de forma ritual aquello que es el objetivo del hombre
religioso, reunirse definitivamente con Dios.
El sacrificio cristiano
Intentamos ahora acercarnos a la forma en que los cristianos
entendemos el sacrificio. Para conseguirlo nos centraremos en ese sacrificio que
es, al mismo tiempo, el centro de nuestra fe: La muerte de Jesucristo.
Vamos primero a plantearnos la situación anterior cuyo
resultado es la muerte de Jesucristo, el pecado. El pecado consiste,
todos lo sabemos, en la negación de Dios, en la desaparición de la posibilidad
de dirigirse a él de forma natural e ingenua, como un niño pequeño se dirige
a su padre. Por eso con el pecado aparece la angustia, la necesidad de
relacionarse, sea como sea, con Dios. Es este sentimiento de angustia y soledad
del hombre el que genera la dinámica del culto, de los ritos (también de los
sacrificios) como intento de relacionarse con Dios.
En esta situación llega Jesús como enviado de Dios
que propone una nueva relación con él: Dios es Padre que perdona.
Esta, que es la imagen definitiva de Dios, no fue aceptada por los hombres,
terminó en la cruz para Jesús.
La cruz supone la ruptura definitiva de los
hombres con Dios. Por parte de los hombres la cruz realiza la muerte de Dios en
el mundo, la mayor profundización del pecado. Por parte de Dios la cruz
representa el olvido del único que merecía ser recordado por él: Jesús muere
como un maldito, un abandonado de Dios. Es la ruptura más total que puede darse
entre Dios y el hombre.
Paradójicamente es en la cruz donde Jesús lleva a su
extremo la que fue su misión en el mundo. En la cruz Jesús perdona,
pide la gracia allí donde ya no puede haber gracia. Perdonando Jesús lleva al
extremo su amor a los hombres, poniéndolo al mismo nivel que el amor a Dios. Al
mismo tiempo, abandonado de Dios, Jesús muere invocándolo,
entregándose a él en su misma muerte.
En la cruz Jesús vive hasta el extremo de la muerte como
separación. Separado de los hombres, supera esta barrera por el perdón.
Separado de Dios, supera esta barrera por la invocación. En la cruz del Señor
descubrimos la presencia del perdón y de la invocación de Dios en lo más
profundo del pecado. Es un sacrificio, un rehacer lo sagrado del hombre
desde la profundidad de su rechazo de Dios. Contemplando la cruz vemos que en el
mismo pecado hay ya perdón, que en el mismo olvido de Dios hay ya recuerdo.
Este perdón y este recuerdo pueden más que el pecado, sabemos que el Señor
ha resucitado, que el perdón y la invocación de Dios son posibles. La
muerte no tiene la última palabra. Esto es lo que celebramos en la Eucaristía.
EL ESCOLIASTA
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