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La celebración de la manifestación del Señor: Navidad - Epifanía
No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el
pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías,
el Señor. Y ahí tenéis la señal: encontrareis un niño envuelto en
pañales y acostado en un pesebre. (Lc 2, 10-12)
En esas palabras del evangelista Lucas se
resume todo aquello que celebramos estos días de navidad. La Navidad
celebra el acontecimiento histórico de la manifestación de la salvación
de Dios en Jesús de Nazaret. En todas las celebraciones desde el día de
la Natividad hasta el final de Navidad, con la festividad del bautismo
de Jesús, se va desgranando el sentido y el significado, -desde un punto
de vista litúrgico, teológico y vivencial - de ese acontecimiento que ha
marcado la historia de la humanidad. Las lecturas proclamadas - en las
distintas celebraciones-, el día de la natividad de Jesús, nos van
situando ante una realidad, no del pasado, sino actual y presente en
este momento de la historia. Se nos dice que Dios se ha ido revelando en
la historia pero que se ha revelado de una manera definitiva y plena en
Jesús (Carta de los Hebreos), y que esa revelación ha sido realizada por
propia iniciativa del amor y la misericordia de Dios a los hombres para
nuestra salvación (Carta de Pablo a Tito). Por este motivo la Navidad es
la proclamación admirada de un evento que se cumple hoy.
El ayer y el hoy de la salvación
La revelación de Dios tiene lugar en la
historia y a través de la historia y de sus acontecimientos. Dios se ha
revelado al hombre de una manera progresiva. En Jesús , se revela de una
manera totalmente nueva, entra plenamente en la historia, y lo hace
Encarnándose, haciéndose hombre. Se convierte en un acontecimiento, en
un evento de la historia humana. Por eso la historia se convierte en el
lugar privilegiado de la salvación. El Dios que se revela es un Dios
histórico; renuncia a estar en el Olimpo de los dioses y entra en el
escenario de la cotidianidad para compartir la suerte de los seres
humanos. La manifestación de Dios tiene lugar a través de su acción
histórica. A partir de este momento toda relación del hombre y del mundo
con Dios queda encuadrada en la perspectiva bíblica de (la Historia de
la Salvación( en la que toda la iniciativa parte de Dios en provecho del
hombre. La religión cristiana se caracteriza por su dimensión histórica.
La historia es la categoría central de dicha religión y una de sus
principales aportaciones a la humanidad. Por eso, el culto es vivido
como memorial histórico- profético. La categoría que mejor expresa y
define la identidad del culto es: memorial, anámnesis, recuerdo. La fe
cristiana se define como memoria de la pasión y resurrección de
Jesucristo. El recuerdo, la memoria, en el sentido bíblico no es la
simple evocación de algo sucedido en el pasado y que traemos a la
memoria, sino que significa re-avivar, re-vivir, traer a la memoria,
hacer presentes los acontecimientos liberadores de Dios en favor de los
hombre.
La liturgia celebración de la salvación
El memorial constituye un puente de
comunicación entre el pasado y el presente, se caracteriza por la
actualización del pasado que se torna operativamente presente y encierra
un impulso ético, una llamada a actuar aquí y ahora.
El misterio cristiano es propiamente Dios uno
y trino que en la historia se comunica al hombre. Para Pablo misterio
significa la deliberación de Dios, concebida y escondida de los tiempos
remotos y manifestada en la plenitud de los tiempos, de realizar la
salvación de los hombres mediante Jesucristo. Jesucristo Verbo encarnado
que revela al padre (Jn 1,18; 14,9) y realiza el designio de Dios (Ef
1,9) es por tanto el centro y el culmen del misterio cristiano; de su
confesión depende que la vida, la luz y el amor hayan aparecido
concretamente en nuestro mundo (1 Jn 1,2; 4,9) y que nosotros en la fe y
el amor podamos superar el mundo de la muerte, de la mentira y del odio
(1 Jn 5,4). Esta experiencia de salvación, hecha presente por Dios en
Jesús, se celebra, y se hace a través del recuerdo y de la actualización
de la vida y obra de Jesús: desde su nacimiento hasta su final. Todo
esto se realiza mediante los tiempos litúrgicos, que forman lo que se ha
llamado en la Iglesia el año litúrgico. Podríamos definirlo , más o
menos de la siguiente manera, como el conjunto de celebraciones con que
la iglesia celebra anualmente el misterio de Cristo.
El tiempo litúrgico de la Navidad
Inicialmente el año litúrgico era una simple
serie de Domingos, ya que el domingo es el día memorial de la salvación
y la celebración eucarística dominical constituye su expresión natural.
En el siglo II empieza a celebrarse la Pascua (Semana Santa), los
acontecimientos de la Muerte-Resurrección de Jesús; el rito pascual
celebra el paso de Cristo al Padre, y en él se encuentra expresada y
recapitulada toda la historia de la salvación. En el siglo IV aparece un
segundo ciclo de celebraciones: navidad-epifanía, que tuvo luego en el
adviento su preparación natural. La iglesia comienza a leer el contenido
de la salvación desde el punto de vista específico de la Encarnación. En
su origen Navidad-Epifanía eran en realidad una sola celebración (el
nacimiento del Señor, su aparición en carne), festejada el 6 de enero en
oriente con el nombre de Epifanía, y el 25 de diciembre en occidente con
el nombre de día del nacimiento del Señor. Posteriormente se organiza
como actualmente la celebramos dando por concluido el tiempo litúrgico
de la Navidad con la festividad del Bautismo del Señor. Todo esto
quedaría inconcluso si habláramos sólo de la Navidad en su aspecto
litúrgico, es necesario situar esta celebración en las entrañas de la
vida de cada comunidad creyente y de cada creyente en particular.
Decíamos al inicio que celebrábamos el nacimiento del Hijo de Dios en la
historia y su significado para la historia del hombre, y esto no es sólo
recuerdo de este evento sino que es también la actualización presente de
la salvación; por eso es necesario decir que la celebración litúrgica
implica planteamientos éticos concretos en la vida de cada comunidad
cristiana y, en la vida particular de cada creyente. Es decir, el
memorial histórico y el rito remiten al ámbito de la vida, de
comportamientos y, desembocan en el campo de la ética. Celebrar el
nacimiento de Cristo comporta asumir determinadas actitudes morales. El
rito, la celebración constituyen una invitación a vivir de una manera
coherente con aquél al que celebramos. La celebración del misterio hay
que hacerla vida: hay que dar culto a Dios en Espíritu y en Verdad (cf
Jn 4). La celebración cristiana debe marcar nuestra praxis, nuestra
existencia en todas sus dimensiones y relaciones vitales. Aquel que
celebra la Navidad, como creyente, no debe ser un mero espectador sino
que debe vivirla tomando parte en ella, entrando en las entrañas mismas
del misterio para hacerlo realidad en su existencia concreta; celebrar
la Eucaristía significa entrar en un nuevo estilo de vida, marcado por
las opciones existenciales que Dios por medio del nacimiento, vida,
muerte y resurrección de Jesús, el Hijo de Dios, ha realizado en favor
del hombre en particular y de la humanidad entera.
Antonio Manuel Montosa
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