Con estas palabras concluye el evangelio de hoy. El anuncio de cruz,
malestar y persecuciones recorre de punta a cabo el mensaje de Cristo a
sus seguidores. Desde la proclamación de la última bienaventuranza hasta
la predicción del último día. Desde ahí debemos de dar sentido verdadero
al mundo y a nuestra existencia en él. Y aquí se centra el mensaje de
ánimo que nos da: nos invita a la lucidez, al discernimiento, a la
serenidad, a la paciencia, a la fortaleza, al testimonio, a la
esperanza, a la perseverancia..., frente a todas las situaciones
adversas. Y todo esto con una garantía feliz: si perseveráis,
triunfaréis y seréis salvos.
Como cada año, al final del
tiempo litúrgico, la liturgia de la iglesia nos presenta fragmentos de
los llamados discursos escatológicos de Jesús.
El evangelio de hoy está
tomado de Lucas; en él se mezclan las profecías sobre la caída de
Jerusalén y sobre el final de los tiempos que hacen complicada su
compresión. Todo ello está escrito en un género literario que llamamos
apocalíptico, el cual recurre a imágenes cósmicas espectaculares para
revestir el mensaje que se nos quiere transmitir.
Después de anunciar la caída
de Jerusalén Jesús invita a sus discípulos a que tengan cuidado de los
falsos profetas y que no se dejen engañar porque muchos vendrán
usando mi nombre y diciendo yo soy, o bien , el momento está cerca; no
vayáis tras ellos. Invita, también, a la tranquilidad y a la
esperanza, a no tener miedo ante lo que se avecina, porque el final no
es enseguida, sino que debemos perseverar porque con la perseverancia
salvaréis vuestra alma.
El texto del profeta
Malaquías escrito entre los años 480-460 a.C. va dirigido a un pueblo
desanimado que mira con pesimismo y escepticismo su futuro. Allí le
habla del día del juicio, en que los malvados serán quemados como paja
en el horno, mientras que a los que honran mi nombre , los iluminara
un sol de justicia, que lleva la salud en las alas.
También el fragmento de la
segunda carta del apóstol pablo a los tesalonicenses alude al final de
los tiempos . El apóstol critica, a los que por estar a la espera de la
venida del Señor han dejado de trabajar.
Muchas son las cosas que hoy
podemos concluir y reflexionar a la luz de esta Palabra de Dios que se
nos proclama. La primera de ella es que debemos tener una mirada capaz
de penetrar las cosas que nos rodean. La belleza del templo, la belleza
del cosmos o la belleza de tantos trabajos realizados por el hombre,
ante los que nos quedamos boquiabiertos debe llevarnos a descubrir la
grandeza de Dios, su trascendencia, ante la pequeñez del hombre creatura
suya.
Hoy no esta amenazada la
belleza del templo, sino toda la creación, verdadera expresión de la
presencia de Dios. Las continuas guerras, la superexplotación de los
recursos naturales, la contaminación, el poco respeto que se tiene a la
creación, sea el hombre o sea la naturaleza, están llevando poco a poco
a la destrucción de la creación que Dios ha puesto en nuestras manos.
Por todo eso es necesario que se incremente nuestra conciencia ecología,
nuestra conciencia pacífica, nuestra conciencia solidaria... Que nos
sintamos ciudadanos de un mundo del que somos responsables y no estemos
mano sobre mano, muy ocupados sin hacer nada.
No podemos negar que muchas
de las catástrofes que acaecen esconden un misterio inexplicable, pero,
tampoco podemos negar que una parte importante en esos sucesos tiene
culpa también el hombre.
Pero a pesar de toda esa
destrucción, que puede llevarnos al escepticismo y al pesimismo, la
palabra de Dios nos llama a la esperanza. El creyente debe afirmar con
rotundidad que Dios está en el silencio del universo como su origen y
como su fin, como su sentido último, y que el hombre es el que da
sentido a esa presencia, que es él el que sabe percibir en el misterio
del mundo y del universo, en los pequeños y grandes misterios y enigmas
de la vida, la presencia de un Dios que es amor. Esa llamada a la
esperanza nos debe hacer luchar por un mundo nuevo, más humano, donde
mostremos a todos el amor de Dios al hombre; ya que, la ultima palabra
de Dios sobre el mundo y sobre el universo no es una palabra de
destrucción, sino una promesa de plenitud y de culminación.
Antonio Manuel Montosa