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7 de noviembre

Lecturas bíblicas
Comentario


Lecturas bíblicas

PRIMERA LECTURA

Lectura del segundo libro de los Macabeos. (2Mc 7, 1-2.9-14)


     En aquellos días arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. El mayor de ellos habló en nombre de los demás:
     -¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.
     El segundo, estando para morir, dijo:
     -Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto 'por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
     Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente:
     -De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.
     El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y cuando estaba a la muerte, dijo:
     -Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.

SALMO RESPONSORIAL (Sl 16)

R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación,
     atiende a mis clamores;
presta oído a mi súplica,
     que en mis labios no hay engaño.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
     y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco, porque tú me respondes; Dios mío,
     inclina el oído y escucha mis palabras.

A la sombra de tus alas escóndeme.
     Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
     y al despertar me saciaré de tu semblante.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses. (2Tes 2,15 - 3,5)

     Hermanos:
     Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza- os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de todos los perversos y malvados, porque la fe no es de todos.
     El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del malo. Por el Señor estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado. Que el Señor dirija vuestro corazón para que améis a Dios y esperéis en Cristo.

EVANGELIO

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 20, 27-38)

     En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:
     -Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano". Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
     Jesús les contestó:
     -En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos.

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Cristo: Nuestra esperanza

Si Cristo no resucitó, es vana nuestra fe. En su resurrección se basa la esperanza de nuestra propia resurrección. Esta esperanza relativiza al cristiano todos los absolutos de su existencia. Le corrige sus ideas e ideales más inconmovibles. Le pone en cuestión la propia vida. El cristiano que en el bautismo muere con Cristo para resucitar con él, deberá pedir continuamente la esperanza y las fuerzas que necesita para vivir como consecuencia y hasta el final ese bautismo.

Estamos llegando al final del año litúrgico que concluirá con el domingo 34 del tiempo ordinario, festividad de Cristo Rey. La simbología que expresa el “final” nos hace reflexionar sobre la vida en el momento presente que se encamina a su plenitud en el encuentro definitivo con Dios. El tema de estas lecturas de hoy no es otro que la resurrección de los muertos, centro de la vida y de la fe cristiana. Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.

La primera lectura está tomada del libro segundo de los Macabeos. Este libro junto con el primero narran la historia de las luchas del judaísmo frente al proceso de helenización al que fue sometido el país por los sucesores de Alejandro Magno. Toda esta historia de los Macabeos abarca unos cuarenta años de la historia judía del siglo II a.C..

El trozo que hoy se proclama nos relata la historia del martirio de una madre con sus hijos. En el se nos presentan actitudes fundamentales del creyente: la fidelidad y la confianza en el Dios que da la vida; y, además, nos introduce en un tema fundamental y definitivo de la fe cristiana como es del de la resurrección: Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará.

Ante la inquietud que tienen los cristianos de Tesalónica sobre la segunda venida de Cristo, Pablo los alienta a no desesperar, y a seguir fieles a todo lo que os hemos enseñado. Apela a que Jesucristo nuestro señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto..... -os consuele y os de fuerzas para toda clase de palabras y de obras buenas..... Que el señor dirija vuestro corazón para que améis a Dios y esperéis en Cristo.

En el evangelio Jesús responde a la cuestión planteada por los saduceos sobre la resurrección del más allá. Los saduceos son un grupo religioso-político de Israel que negaban la resurrección; pertenecían a la aristocracia judía y disfrutaban de grandes riquezas; a estos no les interesa que Jesús hable de la retribución en la otra vida puesto que se la han asegurado en la presente. Son unos materialistas. Sólo confían en sus riquezas y se apoyan en ellas. En su respuesta Jesús afirma rotundamente la vida nueva que seguirá a la resurrección de los justos. Seremos distintos, habrá una manera nueva de existir. Jesús sigue dejando sin desvelar el modo y las condiciones de la resurrección, su misterio se mantiene integro. Sólamente desde la confianza en la palabra dada por Jesús podemos ir, poco a poco, vislumbrando el sentido de la resurrección.

La fe nos lleva a la certeza, por que nos lo ha revelado el mismo Cristo, que la muerte no tiene la última palabra. Dios nos ha preparado por Cristo un destino de vida, porque no es Dios de muertos sino de vivos. Toda la experiencia bíblica es el testimonio de una fe en el Dios que da la vida y que llama a la existencia lo que no existe. Toda esa experiencia tiene su culmen en la palabra viva de Dios: Cristo Jesús que es el que mejor que nadie nos muestra como Dios se entrega al hombre por que lo ama y le comunica su propia vida.

El cristiano es el que vive una existencia unida a Cristo en su ser y en su hacer, por eso el hombre no es un ser para la muerte sino para la vida. Para el discípulo de Cristo creer en la vida eterna supone creer primeramente en la vida presente y, todo menosprecio o rechazo de esta vida cuestiona la credibilidad de aquella. No podemos decir creo en al vida eterna, sino respetamos y amamos y luchamos por la vida y su dignidad en la presente.

El creyente es una persona de optimismo y alegre esperanza, porque ama la vida y a los hermanos. La esperanza de nuestra resurrección debe hacerse realidad operativa en el mundo de los hombres por la practica de las bienaventuranzas, es decir, por la conducta y el testimonio de los que aman al hermano en vez de odiarlo, de los que lo liberan en vez de oprimirlo, de quienes lo promocionan en vez de explotarlo. El amor al hermano se muestra eficaz allí donde, frente la desilusión, el fatalismo y la increencia, se abren al hombre posibilidades de vida y plenitud personal en la libertad, la justicia y la fraternidad. Es precisamente la fe en la vida eterna lo que da valor, hondura y luz al quehacer de la vida presente. Creer en la resurrección es apostar por al vida presente y por el hombre.

Antonio Manuel Montosa

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