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24 de octubre

Lecturas bíblicas
Comentario


Lecturas bíblicas

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Eclesiástico. (Eclo 35, 15b-17.20-22a)

     El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

SALMO RESPONSORIAL (Sl 33)

R. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento,
     su alabanza está siempre en mi boca,
mi alma se gloría en el Señor;
     que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores
     para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
     y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados,
     salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
     no será castigado quien se acoge a él.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo. (2Tim 4, )

     Querido hermano:
     Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.
     La primera vez que me defendía ante el tribunal, todos me abandonaron y nadie me asistió. Que Dios los perdone. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!

EVANGELIO

Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 18, 9-14)

     En aquel tiempo dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás:
     -Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.
     El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

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Apoyarse en Dios

Muchos son los Salmos que expresan la actitud del creyente como aquel que tiene su fuerza y su poder en Dios. Y es que la fe es la actitud por la que me apoyo en Dios y pongo en él toda mi confianza. San Lucas contrapone en esta parábola dos actitudes: la del fariseo que piensa obtener la salvación con su propio esfuerzo, apoyarse en sus propias fuerzas; y la del publicano que reconoce su condición de pecador y pide a Dios la conversión. No se apoya en sus propias fuerzas sino en Dios. La actitud orante del publicano es necesaria en la vida de cada creyente para construirse él mismo y construir su propia comunidad.

En el viaje de Jesús hacia Jerusalén, la narración de Lucas, termina con uno de los temas más importantes de su concepción teológica: la oración. Este motivo ya aparecía en el evangelio del domingo anterior con la parábola del juez y la viuda. En continuidad con el evangelio anterior - oración constante movida por la fe (Lc 18,1-8)-, Lucas añade otra parábola sobre el mismo argumento: la oración de dos personajes tan representativos como el fariseo y el publicano. Aunque, no es sólo el asunto de la oración el que aquí aparece, ya que en el trasfondo se encuentra motivos tan importantes como la misericordia de Dios, la actitud que tenemos ante él, o la actitud que solemos tener ante los hombres, considerados de inferior categoría o, aparentemente menos religiosos...

Jesús confronta dos personajes que representan, por un lado dos clases sociales bien definidas; y por otro, dos maneras distintas de situarse frente a Dios. Contrapone la oración arrogante del fariseo a la sencilla y confiada del publicano.

Jesús continua dirigiéndose a los discípulos, algunos de los cuales comparten la mentalidad farisaica. Los discípulos no son solamente aquellos que seguían a Jesús en su vida terrena, sino que somos todos los que por el bautismo nos hemos incorporado a él y, hemos optado por seguirlo confesando nuestra fe en él. Se dirige hoy a todos nosotros, de los cuales muchos comparten esa mentalidad farisaica.

El “fariseo” personifica al hombre pretendidamente justo, que no pide nada a Dios ni necesita de él (es autosuficiente y Lucas lo expresa en su actitud ante Dios: el fariseo erguido oraba.....), su acción de gracias esta vacía porque se habla a si mismo y, se escucha a si mismo. Es el que realiza un monólogo de autocomplacencia. Es Dios quien le tendría que estar agradecido por lo bueno que es, por su fidelidad de hombre observante. Forma una casta aparte (no soy como lo demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros) y juzga severamente el comportamiento del publicano (ni como ese publicano); cumple con sus obligaciones religiosas sin ningún compromiso con el prójimo (ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo). Un buen elemento a sus propios ojos, sin lugar a dudas.

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Sin embargo, “estos elementos” son esos ciegos de los que habla Jesús que viendo no ven, porque no reconocen su pecado. Y su pecado no es otro que su propia “perfección” y menosprecio de los demás. Por otro lado, contrasta la actitud del publicano, que personifica a aquellos que no se siente ni perfectos, ni justos pero que no menosprecian a nadie y se sienten necesitados del amor y de la misericordia. Por eso su oración es una petición, reconociendo su condición de pecador: “El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpea el pecho, diciendo: ¡oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Su oración confiada obtendrá la misericordia de Dios, mientras que la acción de gracias arrogante del fariseo, que cree que se lo merece todo por sus obras, será rechazada.

Por eso el tema de esta parábola no es sólo el de la oración, sino que es, también, otro de los grandes temas lucanos, el de la misericordia (en este sentido está unido a las parábolas del cap. 15 sobre la misericordia de Dios). Dios derrama su compasión, su justicia sobre aquel que se presenta contrito, pequeño y humilde, y se reconoce pecador. Es ahí en la confesión de su pecado donde se restablece la justicia, su condición de justo. Esa condición de “justo” es la que apelaba el fariseo para sí con su actitud de reconocimiento de su perfección, de la exaltación de sus virtudes, de su religiosidad y de su desprecio al pecador.

Lucas contrasta la figura del creyente seguro de sí mismo con la del marginado, religiosamente hablando, que confía en el amor-misericordia de Dios. En medio hay un amplio abanico de opciones. ¿Hacia que polo nos orientamos?

Antonio Manuel Montosa

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