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Domingo III Adviento A
12 de diciembre
Lecturas
bíblicas
Comentario
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Lecturas
bíblicas
PRIMERA LECTURA
Lectura del profeta Isaías. (Is 35, 1-6a.10)
El desierto y el yermo se regocijarán, se
alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se
alegrará con gozo y alegría.
Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y
del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid
a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios,
que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará.
Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo
se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará,
y volverán los rescatados del Señor.
Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría
perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.
SALMO RESPONSORIAL (Sl 145)
R. Ven, Señor, a salvarnos.
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente;
tu Dios, Sión, de edad en edad.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol Santiago. (St 5, 7-10)
Tened paciencia, hermanos, hasta la venida
del Señor.
El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la
tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía.
Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes,
porque la venida del Señor está cerca.
No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser
condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta.
Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de
paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según San Mateo. (Mt 11, 2-11)
En aquel tiempo, Juan, que había oído en la
cárcel las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de dos de sus
discípulos:
-¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a
otro?
Jesús les respondió:
-Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo:
los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los
sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la
Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se siente defraudado por mí!
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre
Juan:
-¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña
sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con
lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué
salisteis, a ver a un profeta?
Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está
escrito:
"Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare
el camino ante ti".
Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que
Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más
grande que él.
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La alegría en la esperanza produce sus frutos
La lectura del profeta Isaías, que se proclama este domingo, es un canto
lleno de vida y de esperanza. La acción de Dios en medio de su pueblo
producirá una fertilidad que escapa a la compresión de la lógica humana.
Es ahí en la esperanza que anuncia el Adviento donde se fundamenta el
gozo del creyente. La paciencia de la espera se debe realizar en la
alegría del que sabe que los frutos llegarán a su tiempo. Santiago,
usando la comparación del labrador que pacientemente espera a que la
lluvia empape la tierra y haga germinar la semilla, pide que nos
mantengamos firmes en la fe porque la venida de Señor está cerca. En el
Señor Jesús, en su persona, en su mensaje y en sus obras está presente
la Buena Noticia de liberación para los pobres, destinatarios preferidos
del Reino. Isaías anticipa los frutos del tiempo mesiánico. Hay que
robusteced la rodillas vacilantes, y animad el corazón, porque el Señor
viene a salvarnos. La oración del salmo, en el que pedimos que el Señor
venga, expresa de una manera sintética la acción salvadora de Dios que
provoca un cambio de situación marcado fundamentalmente por la fidelidad
de Dios hacia los desvalidos.
Sin embargo, la mayoría de
las veces, lo que el hombre espera no es lo que se realiza, y
posiblemente tampoco es lo que quiere que se realice. La esperanza
mesiánica del pueblo de Israel e incluso del propio Juan Bautista se ve
frustrada. Se esperaba un Mesías triunfador que derrotara a las fuerzas
enemigas que sometían al pueblo de Israel. E incluso Juan que había
anunciado la llegada del Mesías invitando a la gente a convertirse para
escapar de la ira inminente de Dios, que tiene el hacha en la mano para
cortar por el tronco aquel árbol que no da buen fruto, se sienta
defraudado y frustrado.
Pudo parecerle a a Juan, que
había oído desde la cárcel las obras de Cristo, que la conducta de Jesús
no respondía a la imagen del Mesías que él había dibujado ante la gente
y sus propios discípulos. Las imágenes que Juan utilizaba en su
predicación no parecían casar con la mansa actuación de Jesús que acogía
a los pecadores hablándoles y mostrándoles el amor compasivo y
misericordioso del Padre.
Ante eso Juan quiere saber si
Jesús es el Mesías esperado. Para ello manda dos discípulos a preguntar
si era él el qué tenía que venir o aun había que seguir esperando a
otro. Jesús no se limita a responder con un si o un no. Responde con su
acción. Es decir, con la acción generadora de vida y salvadora de Dios
ya anunciada por el profeta Isaías. Id anunciara Juan lo que estáis
viendo y oyendo. La Buena noticia se ve y se oye, y después se anuncia.
Se ve en Cristo y se oye en su mensaje y, la anuncia aquel que la acoge
con sinceridad y no se siente defraudado por ella.
Por tanto, Jesús responde
plenamente al Bautista; y lo hace mostrando la presencia del Reino de
Dios en su persona y en su actividad profética. Jesús no se remite a
signos estrictamente “religiosos”, como podían ser para un judío el
culto en el templo, la liturgia en la sinagoga, la observancia sabática,
las abluciones y ayunos; sino a signos “profanos” e incluso impuros:
acogiendo a los leprosos, comiendo con los pecadores y además sanando en
sábado …
La acción mesiánica de Dios
es la entrega absoluta al hombre, la compasión y la misericordia
incondicional, el amor sin límites que transforma el corazón humano
ofreciendo el perdón y haciéndolo nacer a una vida nueva.
Mucha vida, proclamaba un
televisión en algunos anuncios. Pero, sin embargo, nunca tendremos la
plenitud de la vida al margen de Cristo. Él si que es verdadera vida que
transforma al hombre liberándolo, sanándolo y salvándolo. Donde hay un
corazón que ama sinceramente, donde hay una mano que se tiende al
prójimo sin ningún tipo interés, donde hay una palabra que consuela, que
anima y da esperanza, donde se comparte un trozo de pan, o se defiende
una vida humana que no es rentable, donde se perdona y se busca la paz,
donde existen voces capaces de denunciar los abusos contra todo ser
humano… ahí hay está presente la acción mesiánica de Dios.
¿Somos capaces de ver la
acción de Dios en medio de este mundo? ¿Cómo comprendemos nosotros la
acción liberadora de Cristo? ¿Esperamos como Juan un Dios vengador que
acabe con la maldad del hombre?
El creyente confiesa a Jesús,
Dios y hombre, como el salvador presente y operante en la historia
humana convirtiéndose así en historia de la salvación de Dios. Creemos
que la liberación humana por Dios no se realiza fuera de nuestro mundo,
en el más allá solamente, ni prescinde del esfuerzo humano. Por eso, la
fe auténtica, el auténtico creyente vive su existencia no
desentendiéndose de los problemas que asolan nuestro mundo, no se
muestra conformista con la injusticia social, ni se resigna al
fatalismo, ni se refugia en un seudo-espiritualismo tranquilizante. Sino
que capta y aporta los signos de liberación que han de acompañar la
venida del reino entre los hombres. El cambio de mentalidad y conducta
que debe provocar el adviento es una conversión personal y social a
Dios, a los hermanos y a la construcción de un mundo mejor. El creyente
sabe que la máxima alienación del hombre es la realidad del pecado en el
mundo: la idolatría del poder y del dinero, que cierran el corazón al
amor y a la justicia por causa del egoísmo que generan.
Jesús es, por tanto, nuestra
esperanza y nuestro gozo. Será en la alegría de esa esperanza como
podamos dar frutos en el Señor, como testimonio de lo que vemos y oímos:
los ciegos ven, los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los
sordos oyen, los muertos resucitan y sobre todo a los pobres se les
anuncia la Buena Noticia. Y dichoso el que no se sienta defraudado por
él.
Antonio Manuel Montosa
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