Dejamos atrás el tiempo ordinario, para comenzar, con el tiempo de
Adviento un nuevo año litúrgico. La Esperanza en las promesas de Dios
que ha realizado la salvación en la historia por medio del Mesías Jesús
y, que esa salvación trasciende el tiempo y el espacio haciéndose
presencia permanente es lo que va a marcar el Adviento: aquello que
vino, está viniendo y vendrá.
Nunca se termina la
esperanza. Siempre estamos esperando algo. El futuro es esperanza. Ésta
hace nuevas todas las cosas y nos hace contemplar todo aquello que
sucede con una mirada trascendente, una mirada que penetra el corazón de
cada acontecimiento y busca en ello un significado profundo; una palabra
que se ha pronunciado o se va a pronunciar, pero un palabra siempre
significativa. El hombre se define porque vive en la esperanza. Si el
hombre no vive en la esperanza es que en realidad no vive, sino que
muere.
Vivimos en un mundo, en una
cultura, donde se absolutiza el presente como tiempo total y, tiene el
valor de hacer consciente al hombre de la necesidad y la posibilidad de
gozar el tiempo que vive día a día. Pero esto alberga un peligro:
cimentarse en una felicidad efímera del presente olvidándose del
horizonte que abre la esperanza a un mundo nuevo. Esta esperanza es
fuerza transformadora de la realidad.
Para el creyente esa
esperanza tiene un fundamento: Dios. El es el único que puede hacer
nuevas todas las cosas. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos
por sus sendas , dice el profeta Isaías que hace un canto a la paz
universal.
La visión de Isaías donde se
mantendrá firme Jerusalén y hacia ella confluirán pueblos numerosos y
confluirán los gentiles es una imagen llena de ilusión y de confianza;
es una imagen que alberga una gran esperanza. Es el contrapunto de
aquella torre de Babel, monte artificial, que construían los hombres
para llegar hasta el cielo y que tuvo como consecuencia la dispersión y
la confusión, la soberbia del hombre, la incapacidad de entenderse, en
definitiva la incomunicación que lleva al desorden, a la manipulación, a
la búsqueda del poder por la fuerza donde los poderosos actúan a su
antojo. Por el contrario, la visión de Isaías, frente a la soberbia del
hombre, la presencia de Dios; frente a las lenguas confundidas, una
palabra que todos entienden y aceptan: la palabra de Dios; frente a la
dispersión la reunión; frente a la incapacidad de comunicarse una
comunicación que nace de la escucha del Espíritu que aliente y nos abre
a una realidad nueva más humana y digna. En el “monte maravilloso” a
través de la ley del Espíritu, de Dios y de la palabra por éste
pronunciada como invitación a ir hacia él, se impone un orden humano de
justicia, y por la justicia se establece la paz.
Mirando la realidad concreta
de nuestro mundo contemplamos que esta palabra de Isaías, aunque antigua
en su pronunciamiento, goza de una imperecedera actualidad. La necesidad
de gobiernos justos, de una paz internacional, de un desarme estructural
y cultural son tareas siempre necesarias y que, nos abren a un horizonte
siempre nuevo, dinámico y necesitado de un empeño constructivo capaz de
transformar la realidad del hombre, donde los instrumentos de guerra se
transformen en herramientas del progreso pacífico.
Hermanos: daos cuenta en el
momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra
salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. San Pablo nos
insta a reconocer la actualidad de nuestra salvación, no como algo que
se dio, sino algo que se ha dado de una manera definitiva, pero que
debemos espabilar para reconocerla y vivirla en el presente como
apertura a un horizonte nuevo que trasforma nuestra existencia, nuestra
manera de ser y de situarnos en la realidad con una dignidad nueva.
El creyente cristiano
reconociendo su presente y los valores que se desprenden de él debe
aprender a reconocerse a si mismo en un horizonte que rompe el mero
presente. El Evangelio nos invita a la vigilancia, a estar en estado de
alerta y de espera. Pero no esperando algo desconocido, sino algo que
conocemos y que nos hace vivir nuestra esperanza como tarea. El
cristiano es un ser con futuro absoluto, con capacidad para vivir la
esperanza del advenimiento último de Dios y de su reino inaugurado por
su Mesías en el mundo. Esta dimensión de futuro es la que fundamenta el
sentido general positivo de la vida del hombre sobre la tierra. Le
confiere una fuerte conciencia de su realidad y dignidad humanas y le
hace capaz de transformar en serio su propia vida, las de sus
comunidades humanas y cristianas, y la faz del mundo en que vive. Sin
sentido de futuro es imposible la esperanza; sin esperanza auténtica no
hay historia, ni progreso, ni posibilidad de cambio ni iniciativa de
transformación de la realidad.
Recemos al comenzar este
Adviento que abramos nuestros corazones para que deseemos caminar al
encuentro del Señor, nuestra esperanza, y seamos transformados por
presencia y por su acción salvadora y santificadora.
Antonio Manuel Montosa