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7. Visión sintética de la
teología trinitaria
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Conceptos
básicos
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Toda la economía divina es la obra común de las
tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene
una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola y misma
operación (cf. Cc. de Constantinopla, año 553: DS 421). "El
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de las
criaturas, sino un solo principio" (Cc. de Florencia, año
1442: DS 1331). Sin embargo, cada persona divina realiza la obra
común según su propiedad personal. Así la Iglesia confiesa,
siguiendo al Nuevo Testamento (cf. 1 Co 8,6): "uno es Dios y
Padre de quien proceden todas las cosas, un solo el Señor
Jesucristo por el cual son todas las cosas, y uno el Espíritu Santo
en quien son todas las cosas (Cc. de Constantinopla II: DS 421).
Son, sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y
del don del Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de
las personas divinas.
CIC 258 |
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Cuando hablamos de la Trinidad
inmanente nos referimos
a Dios tal cual es en sí mismo, la Trinidad económica es Dios tal y
como se ha manifestado en la historia de la salvación. El problema surge
cuando se quiere comprender la relación entre ambas. Dos
afirmaciones básicas nos pueden servir de punto de partida: “No hay en
ningún lugar, detrás de la realidad de la revelación, otra realidad que
sería Dios; la realidad que nos encuentra en la revelación es la
realidad divina misma, tal y como surge de las profundidades de la
eternidad.” (K. Barth). “La Trinidad ‘económica’ es la Trinidad
‘inmanente’, y a la inversa.” (K. Rahner).
En toda comprensión de la revelación trinitaria de
Dios es necesario conjugar la trascendencia y la realidad de Dios en su
autorrevelación. Por una parte es imposible vaciar lo infinito de
Dios en la finitud de la criatura (porque entonces convertiríamos a Dios
en una realidad mundana más), pero también es imposible hacer una
distinción neta entre Dios en su trascendencia y Dios en su revelación
(porque entonces convertiríamos la revelación en un momento secundario y
superable de la relación de Dios con el mundo).
W. Kasper (1933-) propone una nueva formulación del
axioma fundamental de Rahner basada en tres argumentos. La salvación
del hombre no puede ser sino Dios mismo y no un mero don creado, no puede
haber en Jesucristo ningún resto oscuro de un “Deus absconditus”
detrás del “Deus revelatus”. En segundo lugar, a partir de la
encarnación no cabe distinguir adecuadamente el envío del Logos al mundo
y su procesión eterna del Padre. Finalmente la gracia es libre
autocomunicación de Dios en el Espíritu Santo, y el hecho de que sea
autocomunicación de Dios muestra la unidad de Trinidad inmanente y
económica.
Se pueden dar posibles malentendidos en la
comprensión de la identidad entre Trinidad inmanente y
económica.
Podemos despojar a la Trinidad soteriológica de su propia realidad
histórica entendiéndola como mero fenómeno temporal de la Trinidad inmanente eterna, o disolver la Trinidad
inmanente en la económica
como si la Trinidad eterna se constituyera en la historia y mediante la
historia. Por todo esto el «es» de Rahner no indica identidad, sino una
existencia irreductible, libre, gratuita, histórica de la Trinidad inmanente en la Trinidad
económica. Para expresarlo, Kasper propone una
nueva formulación del axioma de Rahner: “La comunicación
intratrinitaria está presente de modo nuevo en la autocomunicación soteriológica”.
La clave que nos debe orientar en todos estos problemas
es que Dios se hace real en el mundo plasmando en la historia su propio
ser. Dios hace real en el mundo su ser Padre en el Hijo, ya que en el
mundo existe la paternidad de Dios en plenitud sólo por Jesús, el Hijo,
y Dios no sería Padre sin el Hijo. Y Dios hace real en el mundo su ser
Señor en el Espíritu, al establecer su reino por el Espíritu, pero esto
es el reflejo de que Dios no sería él mismo sin la reunión de su ser
Padre e Hijo en el Espíritu. En todo esto está en juego la relación
entre Dios y el mundo, si bien Dios crea el mundo libremente, una vez
creado el mundo, no puede ser Dios sin ser Dios del mundo. En la
revelación se juega la realidad divina de Dios en tanto que Dios del
mundo. El mundo es lugar de la realización externa del ser de Dios e
invitación a la trascendencia de las criaturas en Dios.
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La Iglesia utiliza el término "substancia"
(traducido a veces también por "esencia" o por
"naturaleza") para designar el ser divino en su unidad; el
término "persona" o "hipóstasis" para designar
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre
sí; el término "relación" para designar el hecho de que
su distinción reside en la referencia de cada uno a los otros.
CIC 252
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Vista la base de la comprensión trinitaria de Dios los
otros conceptos básicos son los necesarios para expresar la diferencia
y la unidad en el seno del ser divino. Para la diferencia el concepto
clásico ha sido “persona”. La raíz de la palabra se adentra en el
mundo teatral, ya que originalmente designaba a la máscara que, en el
teatro clásico escondía el rostro del actor para mostrar la realidad del
personaje. Esto nos lleva a la idea de que la persona define un campo de
interioridad y otro de exterioridad, con lo que la coordinación de estos
dos aspectos se convierte en una cuestión de verdad y confianza. Persona
es posibilidad libre de manifestar la propia interioridad, en Dios esto
debe ser entendido como una posibilidad absoluta de manifestación
absoluta. La persona es intimidad inviolable en relación con los demás.
En Dios, la idea de persona implica que el mismo ser de Dios lleva a su
salir de sí mismo, y que este ir más allá de sí mismo de Dios no deja
de estar enraizado en su ser divino.
Para expresar la unidad del ser divino la tradición
usa los términos “naturaleza” o “esencia”. Ambos términos son
correctos, pero pueden tener el problema de sugerir una esencia divina
única anterior (si no temporalmente, al menos metafísicamente) a las
personas. Pero la esencia divina no tiene existencia autónoma en sí
fuera de las personas, por eso podría ser preferible, para designar la
unidad de Dios, el término “comunión”. Esta palabra nos acerca a
la idea de que la esencia divina no tiene existencia autónoma en sí
misma, sino que acontece en y entre las personas. El Padre se realiza en
su ser cuando se regala totalmente al Hijo poseyendo su divinidad como “dada”
y recibiendo del Hijo su ser Padre. El Hijo se realiza en su ser en cuanto
se recibe a sí mismo totalmente desde el Padre y le da gloria. El
Espíritu se realiza en su ser en cuanto se recibe a sí mismo como el
tercero a partir de la relación del Padre y del Hijo. Por tanto las tres
personas no tienen existencia autónoma en oposición a las otras, sino
solamente desde las otras, de modo que en la palabra “comunión”
estamos incluyendo también la relación recíproca como elemento decisivo
en la visión de la Trinidad de Dios.
El centro de toda doctrina trinitaria es la
proposición “Dios es amor” (1Jn 4,8). Esta definición expresa al
mismo tiempo la diferencia y la unidad de Dios, para que haya amor tiene
que haber una distinción que al mismo tiempo es fuerza de unidad. En Dios
esta distinción y esta fuerza de unidad son absolutas, de modo que no hay
una prioridad de ningún tipo entre personas y esencia, el amor en Dios no
es algo que se dé antes o después de la relación personal, sino el
mismo acontecer de la unidad en la diferencia. La proposición “Dios es
amor” no sólo es una definición de Dios, también es una definición
del amor que sirve como instancia crítica frente a interpretaciones
erróneas. Debe, por tanto, ser entendida dialécticamente, como una
orientación que lleva a interpretar a Dios a partir del amor y el amor a
partir de Dios.
Con esta visión de Dios se superan los problemas a que
da lugar la doctrina clásica de las procesiones, que queda integrada en
la idea de comunión. La doctrina de las procesiones da predominio a la
unidad de Dios y concibe la pluralidad divina como una sucesión de
personas que lleva a connotaciones subordinacionistas, sean estas en
sentido temporal o metafísico. Si partimos de la comunión, las procesiones y las relaciones personales quedan integradas desde el
principio en el ser propio de Dios (cf. CIC 253-256).
La unidad del Dios trinitario
La unidad de Dios no excluye, sino que incluye
originariamente la diferencia, ya que todo lo que en Dios sea susceptible
de diferenciación sólo lo es en relación al resto y junto al resto, de
modo que la pluralidad es aquí la forma de realización de la unidad.
Tampoco se trata de un resultado de la unión a partir de elementos
individuales, porque si fuera así habría algo en Dios que no
pertenecería a la comunión que es su esencia. No es que a pesar de haber
tres personas Dios es uno, ni que a pesar de ser uno hay en Dios tres
personas, sino que porque Dios es uno hay en él tres personas y porque
es en tres personas es uno. La esencia de Dios consiste en que no
tiene en sí mismo ningún rasgo que no se realice en la mutua relación
entre las personas.
Por ser la mayor unidad pensable, la unidad de Dios
encierra en sí la mayor diferencia pensable entre las personas. Existencia
autónoma y ser relacional crecen en relación directa y no inversa.
En la unidad divina, en sentido real, en y con cada persona, y sin que
pierdan su unicidad irrepetible, están dadas las otras, de modo que cada
persona posee su ser íntegro sólo a partir de y hacia las otras
Por tanto, la unidad de Dios no está antes, ni
después, ni sobre, ni debajo de las relaciones de las personas, sino que
se realiza justamente en ellas. La afirmación “Dios es amor” es
una proposición especulativa muy precisa que nos indica que, en el
acceso al ser trinitario de Dios podemos tomar como punto de partida tanto
la unidad como la Trinidad, pero siempre debemos llegar de uno a otro
lugar, porque es en ese movimiento donde se expresa el ser de Dios.
La diferencia de las personas
La comprensión tradicional de las personas y sus
relaciones toma como punto de partida la revelación de la vida interna de
Dios a partir de su manifestación en la historia. Sobre esta base, a
partir del hecho de que el Hijo ha sido enviado por el Padre al mundo se
concluye su origen eterno en el Padre (generación) y a partir de la
donación del Espíritu su origen en el Padre y el Hijo (espiración).
Estas son las procesiones que dan origen a la Trinidad, pero si Dios
es amor la diferencia de personas no es sólo una relación de origen,
sino un juego de intercambio entre ellas. Este intercambio personal
tiene también sus reflejos en la economía de la salvación: el Hijo ha
sido también “enviado” por el Espíritu, y devuelve al Padre el
reino, y en la cruz el Padre y el Hijo dependen para su relación de la
acción del Espíritu. Cada una de las personas está en las otras y, de
alguna manera, depende da las otras para la realización de su ser propio.
Veamos como se concreta esto en la visión de cada una de las divinas
personas.
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Jesús ha revelado que Dios es "Padre"
en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es
eternamente Padre en relación a su Hijo único, el cual eternamente
es Hijo sólo en relación a su Padre: "Nadie conoce al Hijo
sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a
quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27).
CIC 240 |
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El Padre es el don primordial, nunca está sin
el Hijo, porque su identidad consiste en regalarse. De este modo, como
origen de la Trinidad, el Padre establece de forma idénticamente
originaria tanto la identidad como la diferencia. Hay un “no”
originario (no ser en sí mismo, sino en el otro) que significa al mismo
tiempo afirmación de sí mismo y de los otros. Las otras dos personas ven
en él a su centro que al mismo tiempo no puede ser pensado sin relación
a ellas (cf. CIC 238-240).
En la historia de la salvación el Padre aparece
como el fundamento primordial del amor para Jesucristo (Jn 17,24), para el
Espíritu (Jn 15,26) y para los hombres (Sant 1,17). Es el Padre quien
entrega a Jesucristo separándolo de sí, y recibirá de Jesucristo el
reino por obra del Espíritu.
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Por eso los apóstoles confiesan a Jesús como
"el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era
Dios" (Jn 1,1), como "la imagen del Dios invisible"
(Col 1,15), como "el resplandor de su gloria y la impronta de
su esencia" Hb 1,3).
CIC 241 |
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El Hijo es existencia como recepción, como puro
reconocimiento del don absoluto que es el Padre. En cuanto el don alcanza
en la recepción su objetivo, no es solamente reflejo o duplicación del
Padre, sino su interlocutor. En la recepción el don se torna
verdaderamente lo otro, la imagen o palabra del Padre que hace que el
Padre llegue a ser Padre. Si el Padre es centro de la comunión divina, el
Hijo es la periferia, la máxima extensión de las posibilidades divinas.
Por eso tanto la creación como la redención son obra del Padre por el
Hijo.
En la historia de la salvación Jesucristo es la
Palabra del Padre (Col 1,15) que va hasta el extremo de las posibilidades
divinas (Mc 15,34) y así libera el Espíritu (Jn 19,30), el que da la
gloria debida al Padre (Jn 7,18). Jesús, como Hijo, se autodiferencia del
Padre a quien reconoce como mayor que él (Jn 14,28) y de quien procede su
mensaje (14,24). El Padre es el único bueno (Mc 10,18), el que determina
el Reino y la historia (Mc 13,32 pp.; Mt 20,23 pp.), aquel a quien se
somete la voluntad de Jesús (Mc 14,36). Todos estos pasajes han sido en
ocasiones interpretados como contrarios a la divinidad del Hijo, pero es
precisamente en la diferencia y en la obediencia como Jesús se manifiesta
como Hijo, porque él es Hijo de Dios Padre haciendo que Dios Padre reine.
No es sólo que el ser Hijo de Jesús esté en completa dependencia del
ser Padre de Dios, sino que ese ser Padre de Dios sólo se realiza a
través de la perfecta obediencia y entrega del Hijo. El Hijo no sólo es
el representante del poderío de Dios, sino su titular (Lc 10,22; Mt
28,18; Jn 5,23). El reinado del Hijo consiste en anunciar el reinado del
Padre al que, por medio de su sometimiento, le da plenitud. El Padre,
entregando su poder al Hijo, hace depender su reinado del Hijo, con lo que
es su misma divinidad la que depende de él, ya que, una vez que existe el
mundo creado libremente sería incompatible con la divinidad de Dios que
Dios no tuviera dominio sobre él, y eso se realiza en la obra de Jesús,
el Hijo de Dios.
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El origen eterno del Espíritu se revela en su
misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a
la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo
en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26;
16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación
de Jesús (cf. Jn 7,39), revela en plenitud el misterio de la Santa
Trinidad.
La fe apostólica relativa al Espíritu fue
confesada por el segundo concilio ecuménico en el año 381 en
Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador
de vida, que procede del Padre" (DS 150). La Iglesia reconoce
así al Padre como "la fuente y el origen de toda la
divinidad" (Cc. de Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo,
el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del
Hijo: "El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la
Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma
sustancia y también de la misma naturaleza: Por eso, no se dice que
es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del
Padre y del Hijo" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 527). El
Credo del concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: "Con
el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria" (DS
150).
CIC 244-245 |
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El Espíritu Santo es el lazo de amor entre el
Padre y el Hijo que hace valer y mantiene la diferencia entre el Padre y
el Hijo y los pone en mutua relación recíproca. Tiene un doble
carácter, es tanto la esencia del amor como su fruto objetivo. Este ser
propio del Espíritu Santo explica algunas dificultades normales para
comprender su valor. Puesto que en el Espíritu encuentra su plenitud la
comunión divina, espíritu es también nombre de Dios sin más. El
Espíritu puede quedar detrás del nosotros del Padre y del Hijo (Jn
17,21ss) porque es el garante de ese nosotros. Finalmente el Espíritu
puede parecer en ocasiones una realidad impersonal porque es tangible en
lo que obra, ya que su efecto específico es personalizar y abarcar la
unidad y la diferencia del Hijo y del Padre, está caracterizado por ser
vida (cf. CIC 243-248).
En la historia de la salvación el Espíritu es
quien impulsa a Jesús al mismo tiempo que recibe de él (Jn 16,14) y
guía siempre más allá, hacia una comunión cada vez más amplia,
reflejo y sacramento de la comunión primordial que es Dios. Lo mismo que
Jesús no se glorifica a sí mismo, sino al Padre, el Espíritu no se
glorifica a sí mismo, sino al Hijo y, con él, al Padre. Dando testimonio
de Jesús se muestra como Espíritu de la verdad distinto del Padre y del
Hijo, al mismo tiempo que íntimamente unido a ellos.
En esta comunión cada una de las personas divinas
realiza de manera propia la vida divina. La Trinidad es un nudo de
relaciones en la que cada una de las personas es ininteligible sin las
otras. El Padre no sólo engendra al Hijo, sino que le entrega su Reino
para recibirlo de nuevo de él. El Hijo no sólo es engendrado, sino que
es obediente al Padre glorificándolo como único Dios. El Espíritu no
sólo es espirado, sino que llena al Hijo y lo glorifica en su obediencia
al Padre. El Padre está orientado, como puro don, totalmente hacia el
Hijo y hacia el Espíritu y está constituido en este ser-relación. El
Hijo recibe la vida divina como don, es totalmente relación desde el
Padre y, como quien está frente a él, su otro (Esto sólo es posible
porque el Padre y el Hijo están unidos por el Espíritu). El Espíritu
Santo se recibe como amor entre el Padre y el Hijo, es don común y
garantía de relación. Está constituido por la relación de ambos hacia
él y de él hacia ambos.
Lo propiamente esencial de Dios siempre está mediado
por lo propio de las personas. Dios es omnipotente porque existe el Padre
en quien se funda todo don. Dios es verdad y amor redentor porque existe
el Hijo a quien el Padre se regala y en quien nos da acceso a su vida
íntima. Dios es amor y lleva a plenitud porque existe el Espíritu Santo,
que resume el ritmo del amor y lo lleva a plenitud. Debemos afirmar que
hay una relación particular de la criatura con cada persona, sin que por
ello se distribuya entre las diferentes personas las propiedades y el
obrar del Dios uno, sino que es siempre el Dios uno el que existe y
obra en forma personal. El Dios uno es conocido como Padre por el Hijo
en el Espíritu Santo, conocer a Dios es entrar en su eterna vida de amor.
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Explica qué relación existe entre
Trinidad inmanente y Trinidad económica y por qué esa
relación es importante para el conocimiento de la realidad de
Dios
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Haz un comentario personal de algunos de
los textos de la Escritura o del Catecismo de la Iglesia
Católica que se proponen en el tema
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Resume brevemente el significado de los
términos “persona” y “comunión” y su importancia en
la teología trinitaria.
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Busca en el Catecismo de la Iglesia
Católica textos donde se ponga de manifiesto el ser propio de
cada una de las divinas personas descrito en el tema
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EL ESCOLIASTA
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