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2. El Dios de Israel
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Después de
la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su pueblo
salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la
Alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo
reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero,
Padre providente y juez justo, y para que esperase al Salvador
prometido (cf DV 3)
CIC 62 |
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La primera parte
de la historia de la revelación de Dios al mundo la tenemos reflejada en
el Antiguo Testamento. Dios se manifestó al pueblo de Israel, mostró su
rostro personal e hizo una Alianza con él. En esa historia Dios se
mostró como un ser personal, con un nombre, hizo gala de su poder como
único Señor del mundo y de la historia, y su amor de Padre que elige a
su pueblo. El Dios de Israel es el Dios de la Alianza y también el
Dios de la Promesa, no un puro y lejano absoluto, sino un tú que
entra en relación con su pueblo. Toda la historia del Antiguo Testamento
es la de la educación de un pueblo en una esperanza cada vez mayor, un
pueblo capaz de acoger la presencia plena de Dios que será Jesucristo.
Un Dios personal
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Moisés
replicó a Dios: -Mira, yo iré a los israelitas y les diré: El
Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me
preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?
Dios dijo a
Moisés: -"Soy el que soy". Esto dirás a los israelitas:
"Yo soy" me envía a vosotros.
Dios
añadió: -Esto dirás a los israelitas: El Señor Dios de vuestros
padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a
vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de
generación en generación.
Ex 3,13-15 |
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Israel, como
cualquier pueblo religioso, tuvo desde sus orígenes un nombre para Dios:
Elohim, que nuestras Biblias traducen generalmente como “Dios”. Se
trata de una palabra que por su forma es plural (la terminación -im
corresponde al plural en hebreo) pero que se usa en singular. Esta palabra
se usa en hebreo como nombre genérico aplicable a cualquier divinidad
(Jue 11,24; 1Re 11,5), así como para mencionar a diversos seres
sobrenaturales y, de forma más concreta, es el nombre que se usa para
mencionar al Dios de los patriarcas.
El sentido de
este plural no parece ser mayestático ni tampoco representa un resto
politeísta. Debemos entenderlo más bien como expresión de una percepción
de lo divino como pluralidad inabarcable de fuerzas: Elohim es el que
posee todas las cualidades de Dios. Este nombre genérico y plural de lo
divino se concreta para el pueblo de Israel con la referencia a los
patriarcas. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob no es ya una idea genérica,
sino aquel que establece una alianza con ellos. A través de esta
relación Dios comienza a manifestar su ser personal, no es una fuerza
abstracta y lejana, sino aquel que quiere establecer una amistad con los
hombres.
Esta
manifestación de la personalidad de Dios tiene su primera gran cima en el
texto de la teofanía de Dios a Moisés a través de la zarza ardiente.
Dios confía a Moisés su nombre propio: Yahveh, que nuestras Biblias
traducen generalmente como “Señor”. Este nombre de Dios está ligado
de forma particular a los episodios de la liberación de la esclavitud de
Egipto y de la Alianza. Su significado es “soy el que soy”. No debemos
entenderlo en un sentido metafísico, como si su referencia primaria fuera
el proclamar a Dios como absoluto. Este “soy el que soy” designa
una existencia presente y eficaz, podría traducirse también como “soy
el que seré”. Es la acción futura de Dios la que manifestará su ser
profundo, cuando el pueblo de Israel conozca lo que Dios hace por él
podrá conocer quién es Dios. A través del nombre “Yahveh” Dios se
muestra en su personalidad propia como ligado a su pueblo, pero también
en su poder sobre la creación que sustentará la liberación de la
esclavitud (cf. CIC 203-213).
En estos dos
nombres de Dios del Antiguo Testamento se hacen dos caminos inversos que
llegan a resultados paralelos. “Elohim”, que indica en primer lugar a
Dios como el todopoderoso, se convierte en el Dios de los Patriarcas, el
que entra en relación de Alianza con ellos. “Yahveh”, que se aplica a
la personalidad concreta del Dios revelado a Moisés, se muestra como Dios
poderoso que rige los destinos del mundo y es capaz de liberar a su pueblo
de la esclavitud. En ambos casos tenemos una coordinación entre la
trascendencia absoluta y la absoluta cercanía de Dios.
Un Dios único
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A
Israel, su elegido, Dios se reveló como el Unico: "Escucha
Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu
fuerza" (Dt 6,4-5). Por los profetas, Dios llama a Israel y a
todas las naciones a volverse a él, el Unico: "Volveos a mí y
seréis salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios,
no existe ningún otro...ante mí se doblará toda rodilla y toda
lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Dios hay victoria y
fuerza!" (Is 45,22-24; cf. Flp 2,10-11).
CIC 201 |
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El movimiento que
lleva a una progresiva concretización de la personalidad de Dios para
Israel contrasta con una evolución paralela que conduce a la
universalización de su poder. Se ha dicho que originalmente, en Israel,
no hubo propiamente una fe monoteísta, sino henoteísta. El henoteísmo
no consiste en la creencia en un solo Dios, sino en la adoración
exclusiva de un Dios propio, distinto de los otros dioses, cuya existencia
no se pone en duda (Gn 31,53). Lo propio del Dios de Israel sería su
unión particular con su pueblo. Esta es una hipótesis que puede ser
sometida a muchas matizaciones y discusiones, pero que nos sitúa ante un
hecho que sí podemos considerar indiscutible: la cuestión sobre la
existencia de otros dioses aparte de Yahveh no se plantea en los primeros
tiempos de la historia de Israel. El primer problema de Israel respecto a
Dios no es de tipo filosófico -¿hay uno o muchos dioses?- sino
propiamente religioso: ¿cuál es la relación correcta con Dios?
(Ex 20, 2-3; Dt 5, 6-7)
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En la época de
los profetas, a partir de las críticas a la idolatría, se comienza a
plantear la pregunta sobre la realidad y valor de los dioses de los otros
pueblos. A partir de la doctrina profética adquiere carta de ciudadanía
en la fe de Israel la convicción de que los dioses son “apariencia”
en comparación con el único Dios verdadero (Is 45,14; Jr 10,1-16; Sl
96,5). El momento clave para la comprensión monoteísta de Dios en Israel
será la crisis del exilio, que supone una revisión de la concepción de
Dios a la luz de la derrota frente a Babilonia. El dilema se plantea entre
dos formas distintas de asumir esa derrota: o Yahveh ha sido vencido por
los dioses de Babilonia (y en este caso se trataría de un dios débil al
que habría que abandonar en beneficio de otros más fuertes) o bien
Yahveh sigue siendo el sumo rector de todo lo que ocurre y ha sido él el
que ha castigado a su pueblo por su desobediencia a la Alianza. Será esta
segunda idea la que se impondrá, así llega el pueblo de Israel a la
conclusión de que los dioses de Babilonia son falsos dioses y articulará
definitivamente la fe en un Dios único creador y rector de todo lo que
existe (Ez 36,22-23). Este avance en la comprensión de Dios impulsa
también la reflexión cosmológica de la época exílica plasmada en Gn
1. Este relato supone una revisión radical de la forma de entender la
relación Dios-mundo, Dios es el creador trascendente de todo lo que
existe, no hay ningún otro poder que tenga sobre el mundo un señorío
comparable al suyo. Los astros a los que otros adoran como dioses son obra
del Dios único, criaturas suyas como todo lo que existe (cf. CIC
269-271). De nuevo tenemos el mismo resultado que en el paso anterior, el
Dios absolutamente cercano al pueblo es, no a pesar de, sino a causa de su
cercanía, identificado como el Dios absolutamente trascendente.
Un Dios Padre
Llamar a Dios
Padre no es una originalidad absoluta ni del cristianismo ni del
judaísmo, hay una buena cantidad de culturas y religiones donde se usa el
apelativo “padre” para dirigirse a Dios. Lo distintivo, tanto en
Israel como en la Iglesia, será la forma de entender el significado de la
paternidad de Dios en el contexto de la Alianza.
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Él es la
Roca, sus obras son perfectas, sus caminos son justos; es un Dios
fiel, sin maldad, es justo y recto. Hijos degenerados, se portaron
mal con él, generación malvada y pervertida. ¿Así le pagas al
Señor, pueblo necio e insensato? ¿No es él tu padre y tu creador,
el que te hizo y te constituyó? Acuérdate de los días remotos,
considera las edades pretéritas, pregunta a tu padre y te lo
contará, a tus ancianos y te lo dirán: Cuando el Altísimo daba a
cada pueblo su heredad, y distribuía a los hijos de Adán, trazando
las fronteras de las naciones, según el número de los hijos de
Dios, la porción del Señor fue su pueblo, Jacob fue el lote de su
heredad.
Dt 32, 4-9 |
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En este texto se
entremezclan dos formas de concebir la paternidad de Dios. Por una
parte aparece una paternidad genérica, basada en la creación: Dios traza
las fronteras de las naciones según el número de los hijos de Dios. En
este sentido llamar padre a Dios es una forma de reconocer que es creador,
origen de la vida y de todo lo que existe. Este es el sentido en que se
entiende comúnmente la paternidad divina en el mundo de las religiones.
Pero también
despunta ya una segunda forma de entender la paternidad de Dios: es
Padre particularmente de su pueblo. Hay varias expresiones paralelas
de esta especial relación paterno-filial entre Dios y el pueblo de
Israel: “padre y creador”; “te hizo y te constituyó”; “la
porción del Señor fue su pueblo, Jacob fue el lote de su heredad”.
Dios es Padre de Israel porque lo ha constituido como pueblo y lo ha
elegido de forma particular. Es creador de ese pueblo, pero no porque sea
el origen de la vida de sus miembros, Dios ha creado a Israel porque la
existencia de esta nación está indisolublemente unida a su relación con
Dios. Israel es pueblo porque es pueblo de Dios, no al revés. No estamos
aquí ante una paternidad genérica, sino basada en la Alianza. La
paternidad particular de Dios sobre Israel no consiste en situarlo
únicamente en el origen de su existencia, sino en vincularlo a él a lo
largo del tiempo, por lo que su obra de creación del pueblo elegido es
algo continuado en el tiempo, la permanencia en el tiempo de Israel se
debe a la permanencia de la Alianza de Dios con él. Israel se considera
hijo de Dios de forma singular, hijo primogénito (Ex 4,21-23) al que Dios
se vincula para liberarlo de la esclavitud y estar unido a él. Dios ha
adoptado a su pueblo, Israel, y manifiesta su predilección
convirtiéndolo en lote de su heredad, al mismo tiempo Israel recibirá la
heredad de Dios, la Tierra Prometida.
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Hijo de
Dios, en el Antiguo
Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1,
6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11;
Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus
reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación
adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de
una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado
"hijo de Dios" (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica
necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea
más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías
de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf.
Lc 23, 47).
CIC 441 |
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En estrecha
relación con la paternidad de Dios está el concepto filiación divina
que, correlativamente, evolucionará progresivamente desde una concepción
fundada en la relación creador-criatura hasta una comprensión basada en
la Alianza. Poco a poco esta visión de la filiación divina en función
de la alianza irá adquiriendo rasgos concretos. Así llegamos a la idea
de que el rey de Israel es hijo de Dios de forma particular (Sl 88,
20-30). Esto es así porque el rey es depositario privilegiado de la
Alianza de Dios con su pueblo, en él se densifica la unión entre Israel
y Dios, ya que es quien está investido de autoridad para guiar al pueblo
por el camino de la Alianza. El principal deber del rey es que Israel viva
como una nación santa, perteneciente a Dios, que se realice en el pueblo
el ideal de justicia que Dios preconiza. La unión entre la filiación
divina y la realización del ideal de la justicia llevará, en la
literatura sapiencial, a una ulterior ampliación del concepto, todos los
justos se consideran hijos de Dios (Sb 2,12-16). Cuando la esperanza de un
mundo justo cristalice como esperanza mesiánica, el esperado Rey-Mesías
también será descrito como Hijo de Dios, pero más que una declaración
metafísica sobre su ser, este título está ligado a su obra. El Mesías
será Hijo de Dios porque instaurará la justicia divina en el mundo.
Todo esto lleva a
una conclusión: En Israel la paternidad de Dios no es únicamente una
expresión de su poder creador, sino también de su acción salvadora.
Dios es Padre constituyendo un pueblo según su voluntad, y es la unión a
esa voluntad de Dios la que hace de los hombres hijos de Dios. La
paternidad de Dios sólo se entiende de forma aceptable a partir de su
obra salvadora, no sólo a través de la creación.
El Dios de la
Alianza y de la Promesa
Recapitulando lo
dicho podemos afirmar que Dios se muestra en el Antiguo Testamento como
Dios de la Alianza y de la Promesa, Dios trascendente y cercano. La
duplicidad del nombre de Dios es el primer paso: Elohim, la divinidad en
general, toma un rostro concreto asumiendo el nombre de Yahveh. La
revelación del nombre de Dios se produce en Ex 3,13-15 en el contexto de
su acción: Dios muestra su ser liberando a su pueblo. Es la misma
historia de la relación de Israel con Dios la que va poniendo de
manifiesto quién y cómo es ese Dios con el que Israel ha establecido una
Alianza. El Antiguo Testamento no es la historia de una investigación
sobre la esencia de Dios, ni un elenco de sus características, sino el
testimonio privilegiado de una relación personal entre Dios y su pueblo a
través de la que se va manifestando el ser divino. Dios es todopoderoso y
universal, pero esa plenitud y universalidad sólo adquieren pleno sentido
en el marco de su unión indisoluble con Israel. Dios es Padre siendo
creador de todo lo que existe, pero es Padre especialmente respecto a
Israel, el pueblo que él creó para establecer su Alianza. Ser hijo de
Dios significa participar y colaborar en la labor creadora de Dios
uniéndose efectivamente a su voluntad de justicia. No existe lo que
nosotros llamaríamos un conocimiento “objetivo” de Dios, una especie
de exposición imparcial de su ser, a Dios sólo se le conoce en la
relación que se establece con él, y cuanto mayor es la cercanía de
Dios tanto más patente se hace su grandeza inconmensurable, son dos
magnitudes que no se contradicen sino que se potencian mutuamente y sólo
pueden ser verdaderamente comprendidas en esa relación recíproca en la
que cada polo explica y profundiza en el significado del contrario.
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Y esta relación
no termina nunca, el Dios de la Alianza es el Dios de la Promesa, el Dios
de la Esperanza. A lo largo del Antiguo Testamento Israel es conducido a
través de una continua profundización en el contenido de la promesa de
Dios. Si a Abraham se le promete tierra y descendencia, con Moisés se
concentra en la libertad, con David en el Reino, para los profetas surge
la esperanza de un tiempo mesiánico de justicia y unión con Dios. Dios
es siempre el horizonte final de toda promesa, pero no hay ningún
cumplimiento que abarque su realidad. La promesa de Dios es siempre una
autosuperación que une el cumplimiento con la apertura de una nueva
esperanza. Cada cumplimiento de la Alianza conlleva la apertura de una
nueva visión de la promesa, la esperanza de una nueva cercanía a Dios.
En consecuencia nunca hay un conocimiento y una posesión definitivos de
Dios, porque lo definitivo de su acción queda siempre más allá. Todo
este dinamismo de la relación con Dios del Pueblo de Israel es el
contexto en el que tenemos que situar su revelación definitiva en Jesús.
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la unicidad de Dios aparezca unida a la idea de la alianza con
su pueblo
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EL ESCOLIASTA
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