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LA CONVERSIÓN
A propósito del
Innominado,
personaje de la novela
«Los Novios» de Alessandro Manzoni
INTRODUCCIÓN
A propósito de
un personaje de la obra de A. MANZONI «Los Novios», vamos a adentrarnos
en una reflexión sobre el arrepentimiento, el perdón y la conversión.
Aunque sea ya
conocida, iniciamos nuestro comentario enunciando brevemente algunos datos
sobre la vida del autor de esta novela, no sólo por seguir de una manera
fidedigna los pasos de un preciado comentario, sino porque el propio autor
se ha sentido afectado por una conversión de la cual pueden quedar
elementos significativos en la obra que constituye nuestro campo de
análisis.
Como sabemos,
MANZONI nace en Milán en 1785. Hijo de Julia Beccaría y nieto de César de
Beccaría, famoso por ser el precursor del moderno Derecho Penal y autor
del libro «Tratado de los delitos y las penas». El ambiente de nacimiento
es fuertemente ilustrado. MANZONI es un joven muy revolucionario, se corta
la coleta, se pone el gorro frigio y se hace jacobino.
Entre 1805 y
1806, cuando cuenta con 25 años, se va a París y conoce a varias
personalidades que sirven para fortificar su formación como ilustrado. Se
casó en estos años con una joven suiza, Enrichetta Blondel, primero por el
rito calvinista y después por las formas canónicas de la Iglesia Católica.
Fue un escándalo la conversión del escritor a un intenso catolicismo que
no dejaría de profesar hasta el final de su existencia.
He creído
conveniente hacer alusión a estos datos pues, en beneficio de la novela,
todo esto se proyecta como complejidad. Por ejemplo, Fray Cristóforo y el
Innominado son personajes que han vivido una conversión semejante a la de
MANZONI.
La importancia
de la formación ilustrada y el paso por el calvinismo son también
importantes, puesto que estamos ante una novela cristiana, y nos
centraremos en aspectos íntimamente relacionados con el cristianismo, como
ya he citado al principio de este modesto trabajo.
Fue larga la
trayectoria de este milanés que abarca las tres etapas fundamentales de la
historia política italiana del siglo XIX ( la dominación napoleónica, la
restauración y el "risorgimento"); historia que el propio autor intentaría
sintetizar al final de su vida en el ensayo «La Rivoluzione Francese del
1789 e la Rivoluzione Italiana del 1859».
La novela «Los
Novios» abre un gran abanico de posibilidades sobre las que trabajar. Nos
podríamos haber centrado en los siguientes temas:
-
El paisaje
-
D. Abbondio
-
Los episodios
de intento de eliminación del los Bravos (D. Carlos de Aragón,-año 1583-,
D. Juan Fernández de Velasco -año 1598-, D. Gonzalo Fernández de Córdoba
-año 1627-).
-
Renzo
Tramaglino.
-
Lucía Mondella,
para quien la caridad y la confianza en la providencia, según la parábola
evangélica de la higuera estéril, es la única solución contra la
adversidad.
-
Los derechos
de asilo
-
El padre Cristóforo
-
Los elementos
dinámicos como el agua, la luz con el valor simbólico en MANZONI de
manifestación material del Espíritu.
-
El drama de la
oscuridad y la dignidad que se extiende a Lucía y a Renzo.
-
La noche,
protagonista en el capítulo VIII, de donde se deduce la perfecta
simultaneidad de las tres acciones presentadas sucesivamente:
-
El fallido
intento de boda de los novios que culmina con el grito de D. Abbondio.
-
El fracaso de
los Bravos que termina con el grito de Menico y el toque de campanas.
-
La cautela de Fray Cristóforo, igualmente fallida.
-
D. Rodrigo
-
Gertrude, en
sus tres facetas:
-
Historia de la
debilidad de una voluntad.
-
Historia de
una predestinación en una criatura ídolo, juguete y víctima de su familia.
-
Flor al
principio y después también flor, pero con los pétalos contraídos por la
sofocante presión del padre.
-
La peste
Todos serían
buenos asuntos para nuestro detenimiento en comentarlos, pero y .... el
Innominado. "Desde lo alto del Castillo, como el águila desde su nido
ensangrentado, el salvaje caballero (el Innominado) dominaba a su
alrededor todo el espacio donde pie humano podía posarse, y nunca veía a
nadie por encima de él, ni más arriba". Este es nuestro personaje. Un
todopoderoso malvado que llega, al menos, hasta el arrepentimiento.
El Innominado,
ayudando a D. Rodrigo y valiéndose de Edigio, el Nibbio y Gertrude, hace
raptar a Lucía del convento de Monza y la conduce a su castillo. Lucía era
esperada por el Innominado con una inquietud, con una suspensión de ánimo
insólitas, pero estaba pasando algo extraño, pues aquel hombre que había
dispuesto a sangre fría de tantas vidas, sentía, sin embargo, sobre esta
pobre campesina una especie de repulsión, casi de terror.
El Innominado,
que desde una alta ventana miraba el valle esperando el coche, cuando lo
vió, mandó llamar a una vieja de la casa para que fuera a la "Malanoche" y
acompañara y mimara a Lucía. Ésta obedeció, pues la voluntad poderosa y
desenfrenada de tan gran señor era para ella como una especie de justicia
fatal.
Y cuando ella se
marchó, alzó los ojos al sol que se ocultaba tras la montaña. Alusión
vivísima al poder sobrenatural que está más arriba de las montañas, en
perfecta simetría con el comienzo del capítulo donde el caballero
"nunca veía a nadie por encima de él, ni más arriba"
Esto nos da la
medida del gran cambio que insensiblemente ha tendido lugar en el ánimo de
este personaje. El Innominado empieza a tener pena por Lucía cuando el
Nibbio le dice que le ha hecho estremecer, y va a visitarla. Y estando en
su habitación dice: "¿Qué ha pasado?, ¿qué diablo
se me ha metido por el cuerpo?, ¿qué hay de nuevo?. Puedo decirle también:
perdonadme...¿perdonadme?, ¿pedir yo perdón?. ¡Ah! y sin embargo, si una
palabra, una palabra así pudiera hacerme bien, quitarme de encima este
embrujo, la diría. ¡Oh sí! siento que la diría".
El Innominado
hablará con el arzobispo sobre su angustia de tener retenida a Lucía. En
el cambio experimentado por el Innominado, no cabe la menor duda de que
para lograrlo, MANZONI se valió ante todo de la ayuda de Shakespeare y en
particular de su Ricardo III. En su charla el Innominado sufre una gran
transformación, obrada por la mano de Dios que hasta en su cara se notaba
que se había convertido en un santo.
El Innominado
convoca en la sala grande a todos sus hombres y allí les dice:
"Hijos, el camino que hemos seguido hasta ahora conduce al fondo del
infierno. Dios misericordioso me ha llamado a cambiar de vida, y yo la
cambiaré, ya la he cambiado; ojalá haga lo mismo con todos vosotros.
Sabed, pues, y tened seguro que estoy resuelto a morir antes que volver a
hacer nada contra su santa ley. Y tened por seguro que nadie, a partir de
ahora, podrá hacer el mal con mi protección a mi servicio. El que quiera
quedarse con estas condiciones será para mi un hijo, y me quedaría
contento al final de un día en que me hubiera quedado sin comer para
saciar al último de vosotros con el último pan que quedara en mi casa.
Pensad en ello esta noche. Y que Dios, que ha sido tan misericordioso
conmigo, os mande un buen pensamiento".
Este comentario
se podría realizar desde muy variadas perspectivas. El tema elegido nos
invita a acogernos a una visión religiosa, que sin embargo omitiera el
análisis detenido en las últimas motivaciones de todo acto humano.
Recordaba
continuamente el Innominado las palabras dichas por Lucía:
"Dios perdona
tantas cosas por una obra de misericordia"
ARREPENTIMIENTO,
PERDÓN, CONVERSIÓN
Las palabras
mayúsculas sobre las que vamos a centrar nuestro escolio.
CAPÍTULO
VIGÉSIMO TERCERO: CAMBIAR DE VIDA
"Tarde te
amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que
estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Y por fuera yo te buscaba; en
medio de las hermosuras que has creado irrumpía yo con toda la insolencia
de mi fealdad. Junto a mí estabas y yo no estaba contigo. Aquellas cosas
que nada serían sin tu sustento me mantenían alejado de Ti. Pero me
llamaste, me gritaste, derrumbaste mi sordera. Centelleaste,
resplandeciste, ahuyentaste mi sordera; Tu fragancia me fue derramada, la
inhalé en mi respiro y ya suspiro por Ti; te gusté y tengo hambre y sed de
Ti; me tocaste y se encendió en mí el deseo de tu paz"
(Confesiones X, 27)
Magníficamente
expresa S. Agustín el proceso de conversión y el fundamento de la misma.
Peculiar es el método utilizado para relatar su biografía, marcada toda
ella por la búsqueda de Dios, para exhalar en este capítulo un inmortal
aforismo: Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova; Sero te
amavi. La descripción de su propia conversión nos va a servir para
comentar el arrepentimiento, primero, y posterior conversión "del que no
tiene nombre" en la dicción manzoniana.
Traigo aquí este
texto del santo de Hipona precisamente para colegir de él los elementos
más significativos comprensivos del desenvolvimiento conversivo. Por ello,
antes de iniciar el comentario propiamente dicho, considero que debemos
determinar con toda claridad qué significa y de qué se compone el concepto
"conversión".
Etimológicamente
hunde sus raíces este término en nuestra lengua madre; convertere,
y su sustantivo conversio, viene a expresar esa acción de volverse
al interior, de mover alguna cosa hacia otra, verter dentro de uno mismo.
El antónimo de este vocablo, también tomado en sentido etimológico, sería
divertere, cuyo significado literal es llevar por varios lados,
verter hacia fuera. No obstante ambas dicciones han transformado su
semántica, adquiriendo por derivación otras definiciones más concretas,
específicas y precisas, aunque acudiré a su génesis para recuperar su
sentido genuino, expresivo de la amplia comprensión de estas palabras.
Una de las
acepciones de la voz convertir que manifiesta la Real Academia de
la Lengua es la siguiente: "ganar a uno para que profese una religión o la
practique". Parece obligado atenerse a este sentido de la acción verbal,
dada la proximidad con el objeto y finalidad de este comentario. Pero ya
se ha dicho que no podemos reducirnos a la excesiva estrechez de esta
descripción. Este podría ser el efecto último de todo proceso de
conversión, pero, precisamente por ser la última consecuencia, esta glosa
quedaría injustificablemente limitada a un ámbito simple que discriminaría
los más expresivos y ricos aromas que envuelven la senda que conduce a
Dios. Por tanto, vamos a sumergirnos en el amplio mundo interior del que
emana la convocatoria de la divinidad.
En el texto
expuesto al principio, S. Agustín expresa qué caminos deben andarse para
llegar a Dios y cuáles son los medios que Éste emplea para hacerse
"sensible". S. Agustín no es, en cambio, original en este parecer. Las
religiones orientales ya habían acentuado esta visión comprensiva de un
Dios que habita en el interior humano. Pero esto que podría fundarse en la
alta espiritualidad de Oriente no es exclusivo de estas cosmovisiones; la
religión judía, en su literatura más antigua, viene creyendo que la mejor
imagen de Dios se proyecta desde la propia dimensión humana; visión
expresada de forma manifiesta en la configuración de la persona en el
Edén: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" y le insufló
el aliento divino. Y en el decurso inicial del cristianismo el propio
Pablo de Tarso, entre otros, avanza en esta idea y pregunta a los
cristianos de Corinto con toda solemnidad "¿no sabéis que sois templos de
Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?". En esta concepción,
antigua en lo religioso, se hayan también presentes las reminiscencias del
platonismo que tanta influencia ejerció en el Obispo africano.
Dios está dentro
de nosotros mismos. Pero tal afirmación no puede implicar la confusión que
erráticamente nos precipitara en cierto panteísmo o en la aseveración de
fijar al hombre como la medida de todas las cosas, proclamada en alguna
ocasión por la filosofía. El hombre y Dios son dos naturalezas distintas.
Que Dios habita en nosotros debe entenderse como que la Omnipotencia
divina refleja sus cualidades características en el hombre. Para una
correcta interpretación, alejada de todo riesgo, son útiles las palabras
del epistolar S. Pablo: "ahora vemos como en un espejo, después veremos
a Dios cara a cara". Así entendida la cuestión, buscar a Dios en
nuestro interior es extraer de nosotros mismos las esencias que de modo
supremo corresponden a Dios. El camino más eficaz de la conversión
discurre por la elusión de toda dispersión foránea para contemplar la
imagen más nítida de la divinidad. El párrafo de S. Agustín, fijado al
principio de esta disertación, es paradigmático de esta opinión; la
hermosura de las cosas, sustentada por la mano de Dios, nos mantiene
distraídos y sólo son aceptadas por la insolencia de nuestra fea lejanía
del Creador. No obstante, cuando Dios es hallado junto a nosotros, Éste se
hace tangible a través de todos nuestros sentidos, descubriéndolo y
experimentándolo en todas las criaturas. Al comienzo de sus «Confesiones»
el propio Agustín con su genial y acreditada maestría nos da la clave de
esta constante y ansiosa indagación: "Fecisti nos Domine ad te et
inquietum est cor nostrum donec requiescat in te". Estamos en los
umbrales de la conversión.
La perspectiva
anterior nos hace comprender con equilibro los contornos del concepto
conversión, evitando toda tentación integrista, Si bien los términos
conversión y diversión son antinómicos, es preciso mantener una postura
integradora que no incline peligrosamente la balanza hacía una excesiva
visión mística o, por contra, hacia una distracción en el sentido
sustantivo de las cosas que nos mantenga fuera de sí, alienados o
enajenados. Por ello hemos de recurrir a la conciliación entre nuestro ser
y el resto de la naturaleza que Dios ha puesto para nuestro disfrute.
Aclarada la
causa eficiente de toda conversión, no olvidemos que la misma no se reduce
a la mera actividad contemplativa, sin más trascendencia para la totalidad
de nuestra dimensión humana. El descubrimiento del Creador y Soberano de
la historia nos impulsa a una mutación radical de nuestras actitudes y
conductas. El hombre, imbuído de Dios, se lanza como una flecha hacia la
acción en la historia. He aquí los efectos éticos, religiosos y
antropológicos implícitos en toda conversión. El hombre que ha descubierto
a Dios se compromete indeleble e indelegablemente con su tiempo.
Arrepentimiento
y conversión no son equivalentes. Toda auténtica conversión supone el
arrepentimiento; es ese lugar de tránsito hacia el cambio de actitudes, de
compromisos, de actividades, de valores. Pero el arrepentimiento no
inserto en esta senda de transformación se aísla en la pesadumbre por una
determinada y concreta acción, lleve o no consigo el propósito de no
repetirla con posterioridad. Esta especificación debo hacerla previamente
al análisis detallado de la conducta del Innominado, figura central de
este capítulo de la novela de MANZONI.
Aquél del que
nuestro autor no puede dar sus señas de identidad se acerca al lugar donde
Federico Borromeo se encuentra. Era impulsado por un ansia inexplicable.
Sus sentimientos se entrecruzaban en sensaciones contradictorias. Como
corresponde a un hombre de carácter, y posiblemente de soberbia inaudita,
sentía vergüenza de venir arrepentido y a la vez anidaba en él la
esperanza de hallar alivio a su interna incomodidad. ¿Este sentimiento es
equivalente a lo que el padre Ripalda definió en su famoso y añejo
catecismo como "dolor de los pecados"?, ¿es, acaso, el componente típico
del complejo de culpabilidad de la psicología freudiana?, ¿son ambas cosas
identificables?.
Soy consciente
del riesgo que entraña hacer un estudio psíquico de los personajes
literarios. Intentos hubo y sigue habiendo de análisis de esta índole,
todos ellos insatifactorios y problemáticos. Debiera ser un autor versado
en la materia quien de forma expresa pretendiera describir rasgos de este
tenor, para que con posterioridad el crítico entresacara y valorara esas
dimensiones de la mente y del comportamiento. A pesar de todo, no es
desechable en absoluto una crítica de los sujetos de la obra literaria que
se detenga en aspectos de naturaleza psicológica. En esta dirección me
atrevo a apuntar alguna palabra.
Muy poco sabemos
de los antecedentes históricos del Innominado para enjuiciar los rasgos
subconscientes de su personalidad. Pero de lo conocido podemos aventurar
una respuesta negativa. El Innominado ha dado rienda suelta a sus
instintos; ha dejado correr toda la felonía de su espíritu. No ha
reprimido ni sublimado sus pulsiones. Ha hecho lo que ha querido, buscando
en sus ambiciones el camino erróneo a la quietud y la felicidad. Todas sus
aspiraciones no nacen de la ansiedad insatisfecha. No estamos, por tanto,
ante un psicópata. Es ampliamente consciente de sus actos y de la
responsabilidad que de ellos se deriva.
En cambio su
arrepentimiento aflora como un revulsivo de su conciencia, como un deseo
de búsqueda de la paz y la quietud de su alma. Se avergüenza de su
conducta; es sabedor de la maldad de sus acciones que no se sustenta en la
desvirtuación de la realidad. No podemos igualar la pesadumbre de las
maldades con el complejo de culpa. Una se mueve exclusivamente en el marco
de la conciencia; el otro emerge del profundo mundo del inconsciente,
reprimido hasta entonces por el principio de realidad, substrato del
concepto freudiano del "ego". Cuando la ebullición del inconsciente se
torna en volcánica explosión, los deseos reprimidos se expanden hacia la
creación de una realidad virtual, imaginada y neurótica.
En mi opinión
que la nueva actitud del "que no tiene nombre" se identifica con claridad
en el arrepentimiento de un alma turbada por sus maldades, infeliz y en
proceso de conversión.
No tenía razón
Kant cuando niega que el hombre virtuoso le vayan normalmente peor las
cosas que a los que solamente buscan las satisfacción de sus deseos. En la
«Crítica de la Razón Práctica» en donde busca la fundamentación de la ley
moral, Kant precisa de la figura de un Legislador y supremo Juez que rompa
con la inercia que él cree presente en la condición humana. La felicidad,
máxima aspiración del hombre, es consecuencia de la virtud e integrante
del sumo bien que es mandado por el imperativo categórico. Pero Kant
observa como fenómeno que en muchas ocasiones al personaje infame le
suelen ir las cosas mejor que al que se conduce con virtud. Pero aquí
parece que Kant sólo se fija en la apariencia y no entra en la hondura del
ser humano. S. Agustín, en su vida y en su pensamiento, nos induce a la
elaboración de una premisa contraria al razonamiento kantiano. Una prueba
más la tenemos en el pasaje objeto de este comentario.
Acercándose el
Innominado a la Casa Rectoral que habita en tránsito el Cardenal Federico,
todos los presentes van quedando atónitos. Más sorprendido aún está el
Capellán crucífero que debe avisar a Federico. MANZONI inicia la
descripción de este acontecimiento con su característica lenta prosa que
se recrea en los detalles más insignificantes.
¡Cuántas veces
en la historia un hombre arrepentido ha despertado tantas incredulidades y
sospechas!, ¡cuántas se han dificultado los pasos dolorosos del que vuelve
de aventuras fracasadas que se han desdibujado en el horizonte!, ¡en
cuántas ocasiones al desalentado, al hundido se le ha negado el cordel de
su salvación!, ¡cuántas veces el odio que despertaron sus ignominias ha
resultado ser, no ya su penitencia, sino su propia condenación!.
En este caso
tampoco hay nada singular: las reticencias del capellán crucífero son
ejemplo de la actitud humana inmisericorde con el pecador arrepentido.
Alzadas las defensas del inicuo, se aprovecha el momento de debilidad para
hundir en sus costillares la daga cobarde que no desperdicia su
oportunidad de venganza sin riesgo. ¡Qué magistral pintura de nuestros
comportamientos timoratos hace Jesús de Nazaret en sus variadas parábolas
del perdón!. ¡Qué genial intuición del Maestro en la depuración de
nuestras conductas!.
Pero el Cardenal
Borromeo, cuya descripción novelada es la de un hombre inteligente, justo
y honrado, desecha los temores del Capellán ("...¿qué disciplina es
ésta de que los soldados exhorten al general a tener miedo?") y abre
los brazos al pecador arrepentido, aunque se reprocha no haberse
anticipado a salir a su encuentro. En un fluido verbo, no exento de cierto
cinismo diplomático, el Cardenal le manifiesta que ama al Innominado, que
le ha llorado, que ha rezado por él. Con esta exposición ha logrado
ablandar el corazón del caballero, ha fulminado su vergüenza por venir
arrepentido, ha aumentado su confianza y logra despertar en él veneración
y amor por su superioridad humilde. El cardenal ha amansado con una pluma
al que hasta hace poco era un feroz lobo. El arrepentido está preparado
para dar un paso más: parafraseando al profeta Ezequiel, una vez arrancado
el corazón de piedra y sustituido por uno de carne se dispone a recibir la
Gracia de Dios.
Federico
Borromeo anuncia una buena noticia al Innominado: Dios le ha tocado. Pero
la respuesta de éste se mueve entre el inconformismo y la indignación:
"¿donde está Dios?". Recuerda esta pregunta a los innumerables
interrogantes que Job hacía a los amigos que se le acercaron a consolarlo.
Pero el Innominado no se encuentra en situación tan dramática como la del
santo bíblico. No obstante evidencia una grave inquietud en la trayectoria
de su vida. Es una cuestión que debió asaltarle constantemente y para la
que nunca encontró una respuesta satisfactoria. Pero Federico no se
inmuta, comprende las turbulencias interiores del Innominado y le ofrece
la solución: lo tiene cerca de él. Estamos, por tanto, en presencia del
eterno desenlace en la constante trama humana que S. Agustín, autor que
nos sirve de referencia, desvela con magnifica claridad: Dios está dentro
de cada uno. Sin embargo el Innominado no está convencido del todo y
Federico precisa de todo un discurso de elocuente argumentación para
terminar ofreciéndole el perdón de Dios. El Innominado no puede soportar
la belleza de la exposición y la pulcritud del razonamiento rompiendo en
un exclamativo, clarividente e incontenible llanto. Ha sido vencido por el
amor.
Éste es el
momento central del capítulo y también del decurso de la conversión de
este enigmático personaje. La conversión es ya un hecho, pero todavía no
ha concluido el procedimiento. El cenit al que ha sido conducido requiere
ahora de los compromisos en que se materialice este itinerario interior
con consecuencias eminentemente prácticas. La convulsión que ha sufrido le
hace sentir a la vez asco de si mismo y alivio gozoso. Fundido en una
abrazo con el Cardenal Borromeo, exclama sin titubeos: "Dios es grande y
bueno" . La Gracia de Dios le ha inundado, como en su día fue derramada
sobre Pablo, que pregonará en una de sus cartas: "nadie puede decir
Jesús es Señor sino es por la fuerza del Espíritu Santo". Ahora se le
requiere que dé muestras de su auténtica mutación, debe ofrecer una prenda
por su perdón. Federico le propone que se convierta en instrumento de
salvación para Lucía; esa será su prenda. Éste accede gozoso y el resto
del capítulo se emplea en los preparativos para hacer efectiva la
penitencia. Pero ésta no se reducirá a esta única acción. Dios le ha
perdonado; en cambio los espectadores que contemplan los signos externos
de la conversión son más precavidos y observan la conversión con prudencia
y desconfianza. ¿Será tal prudencia un obstáculo para el convertido?.
Si el Innominado
hubiese permutado su religión por otra, todas las incógnitas las
tendríamos resueltas y le sería de aplicación el estricto sentido del
vocablo. Pero el propósito de este trabajo es demostrar que la acción de
nuestro protagonista no es meramente arrepentimiento sino verdadera
conversión en sentido lato. Ganar a uno para que profese y practique una
fe es un efecto formal y externo que a los fines de nuestra tarea nada
interesa. Conversiones de este estilo pueden ser sólo aparentes o, por el
contrario, auténticas. La Historia nos acredita constantemente
conversiones en dirección estricta, muchas de ellas masivas. El propio
MANZONI se ve afectado por un trueque de tal calibre. Ejemplos de fama son
la conversión del emperador Constantino, de ingentes consecuencias en la
historia de Occidente, la del pueblo visigodo en Hispania con el rey
Recaredo a la cabeza, la de los musulmanes y judíos que decidieron
permanecer en la España de los Reyes Católicos, impulsados unas veces por
conveniencia otras por imposición. Conversiones que en unos casos
supusieron un radical y profundo cambio de convicciones y costumbres y en
otros tuvieron su causa en puros criterios de oportunidad u obligación.
Mi interés tiene
trazada otra vía de análisis. Quiero que la conclusión de este trabajo sea
meridianamente clara, cuando ya ha quedado descartada la acepción del
vocablo conversión que se centra en la mutación formal de religión como
conjuntos de creencias, dogmas, hábitos e instituciones que garantizan la
integridad de una determinada fe. Esta conclusión consistiría en dar
repuesta a la siguiente pregunta: ¿Es la conversión del Innominado un
simple arrepentimiento momentáneo o es, en cambio, una actitud total y
definitiva?. Para hallar la contestación aportamos nuevos elementos de
juicio.
El Maestro de
Nazaret expone brillantemente los cimientos subyacentes en la conversión a
través de la parábola, mal denomina por la tradición, del hijo pródigo.
Pero también nos narra Lucas en su evangelio el episodio de Zaqueo. En
ambos casos queda patente que toda conversión conduce a un cambio en la
praxis: "Señor voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres y, si he
defraudado a alguien, le devolveré el cuádruplo". Este nueva
disposición es un avance necesario, pero, si no responde a una convicción
consciente, no dejaría de ser hipócrita o farisea. Se requiere, en
consecuencia, que digamos unas palabras sobre este actual criterio.
El fenómeno
religioso, aunque determinadas corrientes de pensamiento han querido
circunscribirlo al ámbito privado, abarca toda la dimensión humana y se
manifiesta por todo resquicio de su actividad. La religión determina el
pensamiento, los afectos, la cultura; transciende a la sociedad, a la
economía, a la política. La religión envuelve la totalidad de nuestra
condición. Pero sus mayores efectos posiblemente se exhiban y evidencien
en la ética. La religión no se reduce a la ética, pero toda creencia
religiosa conlleva unas connotaciones morales implícitas incuestionables.
Es ya
tradicional la distinción entre ética y moral, aunque los contornos no
queden nunca perfectamente delimitados. Las dos voces tienen significación
idéntica en sus lenguas de procedencia con cierta superficialidad de
contenido que se contradice con la compleja magnitud que en la lengua de
destino han adquirido. Pero se suele distinguir por el origen de los
principios que informan cada una de estas ciencias. La moral parece
recoger de la creencia religiosa los valores sobre los que se construye;
en cambio la ética emana de la ley natural. Sin embargo aquí son
indiferentes estas distinciones; llámese ética o moral, lo cierto es que
toda conversión debe suponer una nueva manifestación externa en las
conductas y hábitos conscientes. La naturaleza y extensión de estos
comportamientos nos expresarán la verdadera dimensión del cambio
producido. No sólo se requiere esta transformación visible y mensurable
que a los ojos de los hombres pueda verificarse. Es preciso que la
conversión sea apreciable por los ojos de la divinidad. Esta será la
prueba fehaciente, la única realmente válida.
La modernas
tendencias de la ciencia de la conducta consciente fundada en los valores
han abandonado los códigos de normas de aplicación objetiva ausente de
toda consideración personal. Esta ética deontológica ha dado lugar a la
moral autónoma que parte del sujeto agente y que no prescinde de los fines
perseguidos. La ética teleológica no se reduce al viejo aforismo de que
los fines justifican los medios, inaceptable como principio sin matices,
pero no le es indiferente los fines perseguidos. La ciencia ética actual
se define precisamente por las actitudes genéricas que irradian todas los
concretos actos del sujeto. No se trata sólo de que éste cumpla con
precisión los códigos de social aceptación, sino que se centra en la
opción fundamental que la persona ha realizado para el conjunto de su
vida. Esta moral podrá tender al subjetivismo, pero desde luego tiene la
ventaja de ser menos hipócrita por principio y, tal vez, menos falaz.
La perspectiva
deontológica es más segura, más fácil, pero también menos libre. La moral
heterónoma se aproxima más al derecho que a la naturaleza íntima de la
ética. Es curioso que, por la trayectoria de MANZONI, pudiera pensarse que
su concepción estuviera más cercana a la ética legislativa. No obstante su
abuelo materno ha tenido trascendental influencia en la historia jurídica.
César de Beccaría, autor del «Tratado de los delitos y las penas»,
destruyó en el campo del derecho penal el sistema inquisitivo y arbitrario
en el tratamiento de los delitos y las correspondientes penas. Introdujo
en la filosofía jurídica principios fundamentales como el de legalidad.
Quizá, por ello, MANZONI, aunque cercano a la objetividad del derecho por
su ambiente familiar, participa de la mentalidad de su abuelo que aproxima
el derecho a los sujetos y a sus circunstancias personales y lo encauza
hacia la justicia material. Desde esta filosofía existen coincidencias en
las esencias propias de la ética y del derecho.
Por consiguiente
podemos concluir que toda conversión tiende a un cambio de praxis, pero
esta transformación no puede ser sólo externa o aparente; requiere, sin
embargo, que nazca de las convicciones personales del sujeto. Pero la
conversión no puede incidir solamente en los hábitos de conducta. Si es
así corre el peligro de ser contraproducente. Tenemos experiencias que nos
hacen temer de los conversos. Si está nueva mentalidad y vivencia no nace
de claros fundamentos y no afecta a la totalidad de la personalidad, el
integrismo se nos sitúa a la puerta. Este caso se presenta con toda
virulencia cuando la conversión se limita al cambio de religión, por muy
sincero que éste pueda ser. El converso se agarra a lo externo, a las
prácticas socialmente aceptadas por el nuevo grupo, a los normas rígidas,
a los dogmas límpidamente definidos; se afianza en lo formal y corre grave
peligro de desplazarse al sectarismo. Pero si la conversión nace del
descubrimiento de Dios en el ser humano, la persona se abre al otro,
respeta a los demás, ama la libertad de todos como gusta de la suya
propia. Descubriendo a Dios, encuentra también su sentido individual y la
plenitud de todas las cosas. Nuestro corazón deja la inquietud, porque
descansa en Dios.
Creo haber encontrado, por fin,
la respuesta: la del Innominado es una verdadera conversión. Poco sabemos
de este enigmático personaje. Poco sabemos en la novela y nada sé yo si
corresponde a un sujeto histórico que MANZONI reproduce en su libro; pero
de los datos recogidos puedo concluir que su conversión fue plena. Su
corazón sabio no se conformaba con las reducidas gratificaciones de sus
deseos, ni éstos habían sido dirigidos por serenos caminos sino por la
tortuosidad de su insolencia y su injusticia. Inquieto por su desasosiego,
infeliz e insatisfecho en lo más profundo de su alma, busca a Dios, y su
bravura en la maldad también le hace valiente a la hora de reconocer sus
infamias y al momento de humillarse en el arrepentimiento y el perdón. El
alivio en sus dolores le impulsa a transformar su conduzca y, como Zaqueo,
a reparar el daño infligido. No sólo se conforma con liberar a la pobre
Lucía; por el capítulo siguiente conocemos del firme propósito del
abandono de su malvada vida: despacha a sus sicarios y les conmina a
iniciar singladura diferente. Por la serenidad de sus intenciones no
parece que su nueva vida esté centrada en la aparente integridad
heterónoma de sus actos. Más bien delata que desde su corazón renovado
fluye como en espléndida oración el suave sentimiento del que ha
encontrado el sentido de la vida: "Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé".
Andrés Francisco Peña
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