¿Qué son los dogmas?

¿Qué significa "dogma"?

"Dogma" es una palabra griega que significa opinión y se aplicaba a las afirmaciones propias de las distintas corrientes filosóficas de la antigüedad. Cada escuela filosófica tenía sus "dogmas", una serie de afirmaciones comunes a todos sus miembros que la distinguían de las demás. Usando la palabra en este sentido, la existencia de "dogmas" compartidos es un presupuesto de cualquier comunidad humana, aunque el "dogma" sea solamente el creer en la bondad de la existencia del grupo o sus posibilidades de mejorar. Que un grupo humano tenga una serie de opiniones que distinguen a sus miembros y hay que compartir para pertenecer a él es normal. Todos podemos presentar ejemplos de distintos grupos humanos y cuales son las opiniones que los cohesionan y distinguen de los demás.

No es raro que, en este sentido, la Iglesia tenga también sus "dogmas", opiniones que distinguen a los cristianos como miembros de este grupo particular. El problema con el dogma de la Iglesia se plantea en el momento en que estas opiniones parecen tener la pretensión de ser absolutamente verdaderas y no son decididas por todos los miembros de la Iglesia, sino por sus dirigentes. Estas son las dos cuestiones que intentaremos aclarar.

La verdad del dogma

En el Nuevo Testamento la verdad, además de una característica de ciertas afirmaciones que coinciden con la realidad, es, sobre todo, una persona: Jesús, que se proclama como "camino, verdad y vida" (Juan 14,6). No es sólo que Jesús dice la verdad, sino que es la verdad y por eso lo que él dice es verdadero. A partir de la resurrección los apóstoles reconocen a Jesús como Dios hecho hombre, sus acciones como obra de Dios, sus palabras como palabra de Dios. La Iglesia encuentra en las palabra y obras de Jesús la verdad de Dios en el mundo. Con Cristo está dicha completa y definitivamente la palabra de Dios. A partir de Cristo la verdad y el amor de Dios se hacen presentes definitivamente en el mundo, es decir, no pueden ya ser eliminados por nada ni nadie, porque son obra del amor y del poder de Dios. Esto es una consecuencia del hecho de que Cristo es Dios mismo presente en el mundo, allí donde se da una acción definitiva de Dios no puede haber ninguna vuelta atrás provocada por el hombre.


La revelación y manifestación de la verdad de Dios es un proceso de comunicación interpersonal entre Dios y el hombre en el que corresponde a Cristo la suprema y definitiva autoridad como manifestación de la verdad de Dios. Después de Cristo la Iglesia es la continuadora de su obra. Puesto que la revelación tiene valor universal es necesario preservar y mantener su presencia a lo largo de toda la historia de la humanidad: esta es la misión de la Iglesia. Si la Iglesia es la presencia verdadera y duradera de la salvación definitiva dada en Cristo no puede caer totalmente en la mentira, porque Dios en Cristo ha superado toda posibilidad de un "no" absoluto por parte de la humanidad. Para llevar a cabo esta labor en el mundo recibe la Iglesia la promesa de la asistencia del Espíritu Santo (Jn 14,26; 16,13). Esta es la base de la indefectibilidad de la Iglesia, la imposibilidad de que la Iglesia en su totalidad caiga en el error respecto a la salvación dada en Cristo. La Iglesia dejaría de ser medio para la universalidad de la salvación si se equivocara respecto a Jesucristo como manifestación definitiva de Dios y salvación del mundo, si pudiera engañarse y engañar de modo radical a la humanidad en su enseñanza y predicación.

El Nuevo Testamento pone como una característica de la vida del cristiano el permanecer en la "sana doctrina" (2 Timoteo 1,13). Es decir, el seguimiento de Cristo incluye también el creer en la verdad de su mensaje desde la experiencia de fe. Los dogmas de la Iglesia deben ser entendidos desde la totalidad de la fe cristiana que se deriva de la muerte y resurrección de Jesús. Son afirmaciones que expresan, de uno u otro modo, la experiencia que la Iglesia tiene de Cristo resucitado. Se trata siempre de realidades que la comunidad eclesial reconoce y vive.

La indefectibilidad de la Iglesia se refiere a la Iglesia universal como totalidad. Se trata por tanto del conjunto de la Iglesia, no tienen la garantía de la infalibilidad ni los fieles cristianos tomados individualmente, ni los obispos o el papa como personas particulares. Se trata también de la universalidad en el tiempo a lo largo de la continuidad entre las sucesivas generaciones de creyentes. El fundamento de esta seguridad es que el Señor prometió el Espíritu que produce en los fieles a la plenitud de la fe.

¿Cómo se hace un dogma?

Visto que la Iglesia, en virtud de su constitución por Cristo y no por su propia virtud o sabiduría, no puede caer en el error, el problema es cómo se realiza concretamente esta característica suya. Lo que dice la doctrina de la infalibilidad es que allí donde la Iglesia en su autoridad doctrinal se presenta enseñando con una exigencia última en nombre de Cristo, la gracia y el poder de Dios impiden que esa autoridad doctrinal abandone la verdad de Cristo.

La Iglesia es un entramado articulado en el que existe una instancia autorizada, especialmente en casos de conflicto: el magisterio eclesiástico (el papa y los obispos). La existencia de una instancia que tiene la función de anunciar y discernir el mensaje cristiano de forma autorizada es y ha sido históricamente necesaria para el mantenimiento de la unidad del testimonio de fe de la Iglesia. Ya desde los tiempos del Nuevo Testamento han existido personas particulares que han tenido en una forma especial el encargo de transmitir y velar por la integridad del mensaje: los apóstoles y sus sucesores. Se trata de una misión recibida de Cristo, que es continuación de Cristo y tiene la función de prestar un servicio a la vida de la Iglesia. La autoridad del magisterio está sometida a Cristo (no es absoluta) y está al servicio de la plenitud de vida de fe de la Iglesia. El magisterio de la Iglesia no está sobre la Biblia, sino que tiene la tarea de atestiguar la verdad de la Sagrada Escritura. Se trata de servir a la continuidad de la presencia de la salvación de Cristo en el mundo por medio de la Iglesia.

La infalibilidad atribuida al magisterio no se puede entender en un sentido absoluto, en ese sentido total sólo es infalible Dios. Al magisterio le corresponde una infalibilidad condicionada y limitada, una asistencia de Dios para no engañarse ni engañar de forma radical en la transmisión del mensaje de Cristo. El dato primario es la certeza de fe de la Iglesia, no se trata de que el papa y los obispos sean infalibles, sino de que la infalibilidad del magisterio es el medio a través del que se realiza la infalibilidad de la Iglesia que, a su vez, es una consecuencia de que Cristo sea la revelación definitiva de Dios a la humanidad.

Para que se de una declaración infalible tienen que concurrir las siguientes circunstancias:

1. Que se trate de una declaración hecha en virtud de la suprema autoridad de magisterio confiada a la Iglesia, es decir una declaración hecha para toda la Iglesia y desde el compromiso total de la función de dirigir la fe de la Iglesia

2. Que tenga el propósito inequívoco de hacer una declaración doctrinal definitiva

3. Que trate, directa o indirectamente, sobre Jesucristo como revelador definitivo de Dios y salvador del mundo (eso es lo que se entiende por "materia de fe y costumbres")

Estas condiciones son necesarias para que el ejercicio de la infalibilidad no sea un privilegio de determinadas personas, sino una condición de la permanencia de la Iglesia en la fe. Existe una función gradual del magisterio eclesiástico, no todas las declaraciones del papa o de los concilios pueden ser consideradas infalibles. Existe, por ejemplo, el caso del papa Honorio I, condenado como hereje por el concilio III de Constantinopla y diversos papas posteriores. La infalibilidad del papa no significa que no pueda equivocarse nunca en cuestiones de fe. Tampoco todos los contenidos de la fe de la Iglesia han sido definidos dogmáticamente por el magisterio, los dogmas no sirven para decirlo todo, sino para mantener a la Iglesia en la verdad. Cuando no está en juego la continuidad de la verdad de la fe cristiana testimoniada por la Iglesia en el mundo no se puede hablar de infalibilidad.

La interpretación de los dogmas

Dice W. Kasper (Introducción a la fe, p. 191): "Con la infalibilidad no está excluida toda clase de falta o defecto. Ante todo no se trata de ninguna clase de imposibilidad de falta moral. Los dogmas pueden ser unilaterales, superficiales, porfiados, estúpidos, precipitados. En los enunciados infalibles no se trata tampoco de enunciados que a priori no puedan ser falsos en absoluto, es decir, de enunciados que no pueden tener ningún error abstraídos de la situación y de su uso. Los dogmas están sometidos a la historicidad de todo lenguaje humano y son concretamente verdaderos sólo en relación al contexto que les corresponde. Por eso tienen que ser continuamente reinterpretados y traducidos a nuevas situaciones."

Para interpretar los dogmas debemos tener en cuenta que existe dentro de la fe de la Iglesia una jerarquía de verdades. No todos los dogmas tienen la misma importancia en la vida de la Iglesia, ya que tienen distinta relación con el núcleo fundamental de la fe: Jesucristo. No es que se pueda hacer una diferencia entre dogmas verdaderos y falsos, pero el cristiano particular no está obligado a conocer y vivir en todos sus detalles la totalidad de la fe de la Iglesia en todas sus expresiones. A veces sería mejor que un cristiano supiera menos de ciertos detalles del catecismo y hubiera experimentado realmente alguna vez en forma auténtica las preguntas decisivas de la fe. Los dogmas deben ser siempre vistos en su relación con Cristo como revelador de Dios y salvador del mundo. Si ante un dogma de la Iglesia no vemos que tenga ninguna relación con Cristo podemos estar seguros de que no hemos entendido de forma correcta su contenido.

Los dogmas son declaraciones temporales, por lo que para su interpretación hay que tener en cuenta sus condicionamientos históricos. El concilio Vaticano II acepta la historicidad de los dogmas que hace necesaria su reinterpretación: "Por eso a éstos [los teólogos] se les invita a que, manteniendo el método y exigencias propias de la ciencia teológica, busquen siempre el modo más adecuado para comunicar la doctrina con los hombres de su tiempo, porque una cosa es el depósito de la fe o sus verdades y otra cosa el modo de enunciarlas, con tal que se haga con el mismo sentido y el mismo contenido" (Gaudium et Spes, 62).

EL ESCOLIASTA

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