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Día del Seminario
El próximo 19 o 21 de
marzo (según las diócesis) la Iglesia nos convoca a celebrar el día del
Seminario. Cada vez más sentimos las vocaciones al ministerio sacerdotal como
una necesidad apremiante de nuestras comunidades cristianas. Una necesidad a la
que no terminamos de responder. Para poder hacerlo debemos pensar en los valores
que sustentan la posibilidad de escuchar la llamada de Dios al ministerio sacerdotal y
también sobre los valores que este ministerio hace presentes entre nosotros.
Valorar en su justa
medida el sacerdocio, sin idealismos pero sin pesimismos, es el primer paso para
poder encontrar en nuestras comunidades jóvenes que escuchen la llamada de Dios
para que la Iglesia tenga lo que necesita: más y mejores sacerdotes a imagen de
Cristo sacerdote.
En el día del Seminario
nuestras miradas se vuelven con cariño, pero también con preocupación, hacia
todos los Seminarios de la Iglesia y en particular hacia el de nuestra propia
diócesis. Nos preguntamos por esa casa donde están depositadas tantas
esperanzas para las comunidades cristianas. Es valioso en este día, y en todos
los días del año, tener un recuerdo, una oración y una colaboración con aquellos
que se preparan a ser los futuros pastores de nuestra Iglesia.
Pero quizá cuando
actuamos así estamos comenzando la casa por el tejado, sabemos perfectamente que
los seminaristas tienen un futuro como ministros de la Iglesia, sentimos que
pasan por un tiempo de preparación en el que buscan con ahínco tener una
experiencia radical de Cristo y una vivencia profunda de comunidad cristiana
reunida en torno al Señor por medio de la celebración, la oración, la vida
comunitaria y el estudio. Pero posiblemente pasamos por alto la parte en la que
podemos estar más implicados: el pasado de los seminaristas.
Para que haya
sacerdotes necesitamos tener seminaristas, pero para que haya seminaristas
necesitamos jóvenes capaces de recibir con fe y alegría la llamada de Cristo al
ministerio, la semilla de la vocación necesita un terreno fértil para poder
germinar. Por eso nuestra atención en este día debería también centrarse en los
primeros “seminarios” de las vocaciones sacerdotales: la familia y la parroquia.
Ahí es donde se plantean interrogantes que pueden resultar dolorosos,
pero que necesitamos responder si queremos de verdad colaborar en este Día del
Seminario: ¿son nuestras familias espacios de vida cristiana donde la vocación
al sacerdocio pueda ser acogida como un don de Dios y no como una triste opción
incomprensible? ¿es nuestra parroquia comunidad viva que siente el ministerio
sacerdotal como una necesidad de la Iglesia de Cristo y no como un funcionariado
del que se echa mano cuando se necesita sin plantearse su sentido?
Si en nuestras familias
la libertad es comprendida únicamente como la ausencia de compromiso y no como
la capacidad de asumir opciones estables y definitivas que modelen una vida a
imagen de Cristo difícilmente podrán nuestros jóvenes plantearse siquiera que la
obediencia puede ser una experiencia plena de libertad en el Señor. Si en
nuestras familias el amor se ve únicamente como una pasión arrebatadora pero
voluble, o como una atracción física, difícilmente podrán nuestros jóvenes
plantearse siquiera que el celibato puede ser camino de amor que se da
generosamente a la Iglesia y produce plenitud humana y espiritual. Si en nuestra parroquia
las celebraciones litúrgicas languidecen y las vivimos como trámites o
cumplimientos que nos sentimos obligados a hacer para estar a bien con Dios, no
podemos esperar que los jóvenes valoren como importante la llamada de Cristo a
presidir la comunidad cristiana en nombre suyo.
Por eso en este Día del
Seminario no deberíamos contentarnos con sentir cierta preocupación por la
escasez de sacerdotes, hacer una colaboración económica y tener una oración. Los
futuros ministros de la Iglesia están en nuestras manos, si fortalecemos nuestra
vivencia de fe tanto a nivel familiar como parroquial podremos transmitir
vitalmente lo que nos propone la Campaña del Seminario de este año, que “hay más
alegría en dar que en recibir”, que la opción de responder a la llamada de Dios
entregando la propia vida al servicio de la Iglesia merece la pena y da
felicidad. Porque Dios sigue llamando y sólo
necesita de nuestra parte unos oídos despiertos y preparados para escucharlo, dispongámonos
a dárselos.
EL ESCOLIASTA
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