Trinidad C
Pentecostés C
Ascensión del Señor C
Domingo VI de Pascua C
Domingo V de Pascua C
Domingo IV de Pascua C
Domingo III de Pascua C
Domingo II de Pascua C
Domingo de Resurrección C
Domingo de Ramos C

Solemnidad de Pentecostés C
30 de mayo

Lecturas bíblicas
Comentario


Lecturas bíblicas

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. (Hch 2, 1-11)


     Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
     Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
     -"¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
     Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua."

SALMO RESPONSORIAL (Sl 103)

R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
     ¡Dios mío, qué grande eres!
     Cuántas son tus obras, Señor;
     la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran
     y vuelven a ser polvo;
     envías tu aliento, y los creas,
     y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,
     goce el Señor con sus obras.
     Que le sea agradable mi poema,
     y yo me alegraré con el Señor

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios. (1Co 12, 3b-7.12-13)

     Hermanos:
     Nadie puede decir: "Jesús es Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
     Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
     Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

SECUENCIA

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan. (20, 19-23)

     Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
     -"Paz a vosotros."
     Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
     -"Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo."
     Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
     -"Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."

 

 

 

 

Volver al inicio


Jesús es Señor

“Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Esta afirmación de San Pablo parece exagerada. De hecho cada vez que celebramos la Eucaristía recitamos el Credo y afirmamos que Jesús es Señor y no sentimos una dificultad especial para hacerlo, mucho menos se nos pasa por la cabeza que precisemos de una acción especial del Espíritu Santo para testimoniar que Jesús es Señor.

El problema no está, evidentemente, en los sonidos que pronuncie nuestra boca, sino en el significado que tengan y hasta qué punto ese significado se corresponda con la realidad, porque podemos decir “Jesús es Señor” sin que esta afirmación tenga autenticidad. A veces lo que tenemos en mente es un Jesús mitológico, hecho a la medida de nuestra imaginación y de nuestro deseo, no el Jesús real que vivió en Palestina. También podemos decir que es Señor, pero un Señor impotente, incapaz de cambiar nuestra forma de vivir y pensar. Son formas cómodas, pero falsas, de decir “Jesús es Señor”. Para eso no necesitamos al Espíritu Santo.

Bien distinto es proclamar de verdad el señorío de Jesús, sabiendo y aceptando lo que decimos, y esto puede resultarnos bastante más complicado. Decir Jesús es referirse a un hombre concreto que vivió hace veinte siglos, uno como nosotros. Este hombre, Jesús de Nazaret, manifestó en su vida un mensaje en muchos casos difícil de aceptar, tanto como para provocar su muerte, e incluso tuvo exigencias que pueden parecer desmedidas: se puso por encima de todo precepto religioso, reclamó un seguimiento absoluto... A ese mensaje y a esas exigencias damos nuestro asentimiento cuando decimos “Jesús es Señor”. De ese hombre radical y a veces incomprensible afirmamos que es quien decide el destino del universo, suyo es el dominio sobre todo, porque es el Señor. Más en concreto, es nuestro Señor, el factor decisivo de nuestra vida y nuestro destino.

Una vez que somos conscientes de la tremenda carga que supone afirmar que Jesús es Señor las cosas no nos resultan tan fáciles. Esta afirmación nos invita a ver en un ser humano concreto, en su mensaje y su vida, la imagen perfecta de la humanidad, hasta el punto de poner en sus manos nuestro bien más precioso, la libertad. Decimos con verdad “Jesús es Señor” cuando permitimos que ese Jesús real del que nos da testimonio la Palabra de Dios se entrometa en nuestra vida, haga y deshaga, porque se convierte en el factor último y decisivo de nuestras opciones.

Decir “Jesús es Señor” es responder con confianza infinita a la infinita exigencia que nos viene de Jesús. Por eso necesitamos el Espíritu Santo para decir “Jesús es Señor”, sólo por obra de Dios mismo podemos estar a la altura de esa llamada absoluta que Jesús nos dirige. Es un camino arriesgado pero es el camino de la vida. A partir de la conciencia de la desmesura que supone confesar que Jesús es Señor se abre la revelación de la promesa que encierra la fe en Jesús: la liberación de todo poder que no sea el de la humanidad plena del Resucitado.

Si queremos decir de verdad, desde las raíces más profundas de nuestro ser, “Jesús es Señor” necesitamos recibir el Espíritu Santo como lo recibieron los primeros cristianos. El Evangelio nos orienta para hacerlo: los discípulos estaban juntos y recibieron a Jesús resucitado, él les dio su paz y los envió a su misión. Unido a la presencia, la paz y la misión de Jesús está el don del Espíritu Santo que capacita para continuar su obra, para hacer que, siendo Señor de sus discípulos se muestre cada vez más como Señor del mundo y de la historia a través de aquellos a los que envía. Los apóstoles pueden perdonar y retener los pecados porque pertenecen al Señorío de Jesús y actúan no por su propio poder o voluntad, sino en el poder y la voluntad del Señor que les entrega su Espíritu. Esto es lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía y, de particular, en el día de hoy, fiesta de Pentecostés: estamos reunidos para recibir la presencia de Jesús, él nos da su paz y nos envía a continuar su misión. Hoy recibiremos el Espíritu. Hoy, contra todo poder, contra toda lógica de este mundo, contra todos nuestros miedos, también nosotros diremos, con conocimiento y aceptación, “Jesús es Señor”, nuestro Señor.

EL ESCOLIASTA

Volver al inicio

   

Portada | Fe | Biblia | Domingo | Pasión | Camino | Libros | Enlaces | Correo
EL ESCOLIASTA 2004

 

El Escoliasta. Para reflexionar y vivir la fe Sitemap home