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Domingo  de Ramos C
4 de abril

Lecturas bíblicas
Comentario


Lecturas bíblicas

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de Isaías (Is 50, 4-7)

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,
     para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
     para que escuche como los iniciados.
El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás:
     ofrecí la espalda a los que me apaleaban,
     las mejillas a los que mesaban mi barba;
     no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes;
     por eso endurecí el rostro como pedernal,
     sabiendo que no quedaría defraudado.

SALMO RESPONSORIAL (Sl 21)

R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme se burlan de mí,
     hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
     que lo libre, si tanto lo quiere.»

Me acorrala una jauría de mastines,
     me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
     puedo contar mis huesos

Se reparten mi ropa,
     echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
     fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos,
     en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
     linaje de Jacob, glorificadlo;
     temedlo, linaje de Israel.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (Flp 2, 6-11)

Cristo, a pesar de su condición divina,
     no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
     y tomó la condición de esclavo,
     pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
     se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
     y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
     y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
     en el cielo, en la tierra, en el abismo,
     y toda lengua proclame:
     Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

EVANGELIO

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas. (Lc 22,14 - 23,56)

C. Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo:

+ -«He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios.»

C. Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo:

+ -«Tomad esto, repartidlo entre vosotros, porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios.»

C. Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo:

+ -«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.»

C. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo:

+ -«Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.
     Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero, ¡ay de ése que lo entrega!»

C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.
     Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo:

+ -«Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve.
     Porque ¿quien es más, el que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy entre vosotros como el que sirve.
     Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel.»

C. Y añadió:

+ -«Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos.»

C. El le contestó:

S. -«Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte.»

C. Jesús le replicó:

+ -«Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme.»

C. Y dijo a todos:

+ -«Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?»

C. Contestaron:

S. -«Nada.»

C. El añadió:

+ -«Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: "Fue contado con los malhechores." Lo que se refiere a mí toca a su fin.»

C. Ellos dijeron:

S. -«Señor, aquí hay dos espadas.»

C. El les contestó:

+ -«Basta.»

C. Y salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:

+ -«Orad, para no caer en la tentación.»

C. El se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba, diciendo:

+ -«Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

C. Y se le apareció un ángel del cielo, que lo animaba. En medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo:

+ -«¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación.»

C. Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús.
     Jesús le dijo:

+ -«Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»

C. Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron:

S. -«Señor, ¿herimos con la espada?»

C. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha.
     Jesús intervino diciendo:

+ -«Dejadlo, basta.»

C. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él:

+ -«¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas.»

C. Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro se sentó entre ellos.
     Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo:

S. -«También éste estaba con él.»

C. Pero él lo negó, diciendo:

S. -«No lo conozco, mujer.»

C. Poco después lo vio otro y le dijo:

S. -«Tú también eres uno de ellos.»

C. Pedro replicó:

S. -«Hombre, no lo soy.»

C. Pasada cosa de una hora, otro insistía:

S. -«Sin duda, también este estaba con él, porque es galileo.»

C. Pedro contestó:

S. -«Hombre, no sé de qué me hablas.»

C. Y, estaba todavía hablando, cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente.
     Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él, dándole golpes.
     Y, tapándole la cara, le preguntaban:

S. -«Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?»

C. Y proferían contra él otros muchos insultos.
     Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y escribas, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron:

S. -«Si tú eres el Mesías, dínoslo.»

C. El les contestó:

+ -«Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder.
     Desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso.»

C. Dijeron todos:

S. -«Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?»

C. El les contestó:

+ -«Vosotros lo decís, yo lo soy.»

C. Ellos dijeron:

S. -«¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca.»

C. Se levantó toda la asamblea, y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo, diciendo:

S. -«Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey.»

C. Pilato preguntó a Jesús:

S. -«¿Eres tú el rey de los judíos?»

C. El le contestó:

+ -«Tú lo dices.»

C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:

S. -«No encuentro ninguna culpa en este hombre.»

C. Ellos insistían con más fuerza, diciendo:

S. -«Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí.»

C. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y, al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.
     Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra.
     Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco.
     Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.
     Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo:

S. -«Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo: y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.»

C. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa, diciendo:

S. -«¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás.»

C. A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.
     Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

S. -«¡Crucifícalo, crucifícalo!»

C. Él les dijo por tercera vez:

S. -«Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré.»

C. Ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío.
     Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían, al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio, y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.
     Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.
     Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él.
     Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:

+ -«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: "Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado." Entonces empezarán a decirles a los montes: "Desplomaos sobre nosotros", y a las colinas: "Sepultadnos", porque, si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»

C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.
     Y, cuando llegaron al lugar llamado "La Calavera", lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
     Jesús decía:

+ -«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

C. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte.
     El pueblo estaba mirando.
     Las autoridades le hacían muecas, diciendo:

S. -«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»

C. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

S. -«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»

C. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Este es el rey de los judíos.»
     Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

S. -«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»

C. Pero el otro le increpaba:

S. -«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.»

C. Y decía:

S. -«Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino.»

C. Jesús le respondió:

+ -«Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

C. Era ya eso de mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. el velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:

+ -«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.»

C. Y, dicho esto, expiró.
     El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios, diciendo:

S. -«Realmente, este hombre era justo.»

C. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvía dándose golpes de pecho.
     Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.
     Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos, que era natural de Arimatea, pueblo de Judea, y que aguardaba el reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía.
     Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta, prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

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Contextos

El contexto es fundamental para captar el sentido tanto de las palabras como de los acontecimientos, sobran los ejemplos de casos en los que algo sacado de contexto induce a la confusión o al engaño. Esto ocurre también con la Semana Santa. Cuando nos disponemos a celebrar la cruz salvadora del Señor, la Palabra de Dios en este Domingo de Ramos, nos ofrece no uno, sino varios contextos desde los que poder comprender y vivir el acontecimiento central de nuestra fe.

Si nos quedamos con la cruz, sin más, podemos ver sólo un instrumento de tortura, un patíbulo vergonzante. Esto nos ocurre cuando lo único que nos llega de la Semana Santa es el misterio del sufrimiento y la muerte. Reaccionamos con emoción, incluso con auténtica compasión, frente a la imagen del crucificado. Pero esto no es suficiente, no podemos convertir la Semana Santa en una exaltación del dolor que sólo emociona, por profunda que sea esta emoción, porque quizá en esa forma de vivir la Semana Santa está el origen del rechazo de los que ven en el cristianismo una religión sádica que se goza en la tortura. Si los cristianos dedicamos las celebraciones principales de nuestra fe a glorificar el dolor, no merece la pena ser cristiano.

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Por eso la Palabra de Dios de hoy nos da un contexto para situar y comprender la cruz: toda la historia de la Pasión que escuchamos en este día. No celebramos sólo la cruz, sino una cruz concreta y particular, la de Jesús. Leyendo la Pasión profundizamos en el misterio del sufrimiento y encontramos el misterio del sufrimiento por amor. La cruz que celebramos los cristianos no es una cruz cualquiera, es aquella que fue asumida por Jesús como cumplimiento de su camino de amor a los hombres. El misterio del sufrimiento se manifiesta como misterio de amor llevado al extremo que llama a nuestra respuesta. Esto nos hace profundizar en el sentido de la Semana Santa, pero no es aún suficiente, podemos quedarnos sólo aquí, y convertirla en el recuerdo emocionado de un gesto sublime y desaforado, pero alejado de nuestra vida. Así convertimos la fe en un paréntesis alejado de la vida real, una experiencia ciertamente fuerte, pero de una realidad que termina por disolverse en la pura ilusión de unos hechos conmovedores, pero definitivamente pasados.

En la primera lectura tenemos todavía un contexto más amplio: Isaías se presenta como justo perseguido que se siente ayudado por el Señor. Esto también forma parte del sentido de la Semana Santa, en la cruz de Jesús se recoge todo el sufrimiento y la injusticia del mundo, en cada hombre injustamente crucificado tenemos ya, aquí y ahora, a Jesús. Es el misterio de la presencia de Dios en cada ser humano que sufre, de su solidaridad frente a toda injusticia. Pero todavía no hemos llegado al final, desde esta perspectiva podríamos celebrar el compromiso con los hombres que sufren la injusticia y el mal del mundo, que no es poco, y corremos el riesgo de ver el cristianismo como una pura institución benéfica cuyo valor se mide únicamente por su ayuda a los desamparados, pero el misterio que celebramos en estos días es todavía más grande.

La lectura de la carta a los Filipenses nos da el contexto más radical y definitivo de la cruz: la eternidad de Dios desde la que Cristo se hace hombre y en la que manifiesta su triunfo. La cruz es el lugar desde el que Dios se da como salvador y triunfador de todo el mal del mundo. Desde la cruz es Dios mismo quien abraza toda la historia de la humanidad, desde los más profundos abismos del mal y de la muerte, para hacer de ella historia de salvación. Cristo unió su muerte a la de cada ser humano para que en cada muerte humana esté presente la vida de Dios. Este es el contexto final, aquel en el que las celebraciones de Semana Santa nos hablan de nosotros mismos, de todos, porque todos estamos necesitados de vida y salvación, todos sentimos, por oculto que lo tengamos, el anhelo de la eternidad en lo profundo de nuestro ser.

Misterio de sufrimiento, de amor, de presencia de Dios, de salvación: eso es lo que celebramos y vivimos en Semana Santa. Si situamos la cruz en su contexto, las celebraciones de estos días abrazarán toda nuestra vida y le darán sentido. Dejándonos acoger por el misterio encerrado en la cruz todos nosotros somos el contexto de la muerte y resurrección de Jesús, el lugar donde los acontecimientos de esa primera Semana Santa siguen siendo fuerza de salvación para el mundo.

EL ESCOLIASTA

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