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Domingo VI de
Pascua C
16 de mayo
Lecturas
bíblicas
Comentario
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Lecturas
bíblicas
PRIMERA LECTURA
Lectura de los Hechos de los Apóstoles
(Hch 15, 1-2.22-29)
En aquellos días, unos que bajaban de Judea
se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban como
manda la ley de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y
una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo,
Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y
presbíteros sobre la controversia.
Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia
acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con
Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes
de la comunidad, y les entregaron esta carta:
"Los apóstoles, los presbíteros y los hermanos saludan
a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo.
Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han
alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido por unanimidad
elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que
han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor. En vista de esto
mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue:
Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas
que las indispensables: que no os contaminéis con la idolatría, que no
comáis sangre ni animales estrangulados y que os abstengáis de la
fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud".
SALMO RESPONSORIAL (Sl 66)
R. ¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te
alaben.
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud,
y gobiernas las naciones de la tierra.
¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
SEGUNDA LECTURA
Lectura del libro del Apocalipsis. (Ap 21, )
El ángel me transportó en espíritu a un
monte altísimo y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del
cielo, enviada por Dios trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una
piedra preciosa, como jaspe traslúcido.
Tenía una muralla grande y alta y doce puertas
custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de
las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al
sur tres puertas, y a occidente tres puertas. El muro tenía doce
cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del
Cordero.
Templo no vi ninguno, porque es su templo el Señor Dios
Todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la
alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según San Juan (Jn 14, 23-29)
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
-El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará,
y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará
mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre
que me envió. Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el
Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será
quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy: No os la doy como la da
el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído
decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado". Si me amarais os alegraríais de
que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora,
antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.
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Las cargas indispensables
El cumplimiento o no de los preceptos de la ley de Moisés
fue un problema trascendental para los primeros cristianos. No consistía
únicamente de discernir hasta qué punto los no judíos que abrazaban el
cristianismo tenían que asumir el judaísmo para hacerse cristianos y
hasta qué punto la ley de Moisés conservaba su poder normativo para los
seguidores de Cristo. La cuestión de fondo era mucho más profunda, había
que encontrar cuáles son las cargas indispensables para ser cristiano.
En este sentido general éste es un problema que siempre seguirá vivo y
presente en la vida de la Iglesia, porque lo que se sustancia en esta
decisión es la respuesta a un problema básico de la fe: ¿qué tenemos que
hacer? ¿cuáles son las obligaciones que nos distinguen y nos atañen
propiamente como cristianos?
La decisión de la primitiva
Iglesia, a la luz del Espíritu, fue la de no poner más cargas que las
indispensables. Podríamos quedarnos con esas normas como ley suprema del
cristiano, y nos engañaríamos, porque la intención fundamental de los
apóstoles, como hemos dicho, fue en primer lugar no imponer más cargas
que las indispensables. En el siglo I, cuando los primeros cristianos
corrían el riesgo de escandalizar a los judíos con determinadas
actitudes públicas contrarias a la ley de Moisés, resultó indispensable
mantener aquellos preceptos de la ley cuyo incumplimiento hubiera
dificultado la labor misionera. Aquellos cristianos tenían claro que su
ley era el Evangelio y la obediencia a determinados preceptos de la ley
judía estaba motivada por la necesidad de no hacer innecesariamente del
Evangelio un escándalo para los judíos. Si quisiéramos mantenernos en la
pura letra de lo que dice la primera lectura lo que conseguiríamos sería
traicionar su mensaje más fundamental: buscar las cargas indispensables.
Hay cargas que pueden no ser ya indispensables. Nuestra situación es
distinta, pero el problema es siempre el mismo: discernir cuáles son las
cargas indispensables para el cristiano en cada momento.
La respuesta a esa cuestión es
apremiante, tenemos demasiadas cargas pesadas que llevar, cargas que no
provienen de la voluntad de Dios, sino de nosotros mismos o de los que
nos rodean. Nos echamos a la espalda incontables obligaciones que no
reflejan la voluntad de Dios, sino únicamente nuestro propio deseo de
sentirnos mejores: Tengo que ser..., tengo que hacer..., tengo que
tener... También tenemos muchas cargas que reflejan el deseo de los
demás sobre nuestra vida, y cuantas veces nos topamos con personas que
parecen saber perfecta y minuciosamente todo lo que tenemos que hacer,
que parecen capaces de decidir nuestra vida en nuestro lugar. Y lo que
provoca todo esto es un círculo vicioso, porque cuando nos encontramos
cargados por obligaciones impuestas por los demás reaccionamos de la
misma manera, y con cuánta facilidad comenzamos a saber y decidir lo que
todo el mundo debería hacer, en el fondo huyendo de mirarnos a nosotros
mismos, de tanta obligación impuesta por nuestro narcisismo o por la
voluntad ajena. Por eso todavía tenemos que plantearnos la misma
cuestión que los primeros cristianos ¿cuáles son las cargas
indispensables del cristiano?
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El camino para encontrar las
cargas realmente indispensables no pasa por decidir en favor de una u
otra obligación concreta, sino por encontrar la norma para discernir en
cada momento lo indispensable para ser cristiano. El criterio nos lo da
Jesús en el Evangelio. El primer paso es: "El que me ama guardará mi
palabra". No dice que el que guarde su palabra lo amará, sino al revés.
Lo primero es el amor, después viene el guardar su palabra. Sin amor a
Jesús la pretensión de obedecer sus mandatos se vuelve una carga absurda
e insoportable. Pero no puede haber un auténtico amor a Jesús que no
lleve al cumplimiento de sus mandatos, que se niegue a poner el
Evangelio como verdadera norma de vida. Olvidar este principio de la
vida cristiana es lo que lleva a no pocas incomprensiones por parte de
tantos que, ajenos a Jesús, sólo ven en los preceptos cristianos normas
absurdas o excesivas. El cristiano no puede vivir como propios
únicamente los principios morales que rigen toda vida humana, sino
también aquellos que dimanan del amor a Jesús. En la base de toda carga
que nos impone el Señor está el amor, amor a él que nos salva y amor a
su obra salvadora. Porque en Jesús no hay diferencia entre su ser y su
obrar, todo su ser es pura entrega salvadora a la humanidad. Por eso es
impensable un amor a Jesús que se quede en lo puramente espiritual sin
llevar a formas concretas de amor y entrega al hermano. En todo precepto
indispensable para el cristiano debe haber y debemos esforzarnos por
encontrar una forma concreta de vivir el amor a Jesús y a los hermanos,
porque si no es así hasta lo más nimio se vuelve una carga innecesaria.
Esto debería ser una llamada continua a la reflexión, y no sólo para
aquellos que intentan discernir las formas concretas de vivir el
Evangelio en cada momento, sino también para los que debemos acoger y
vivir los preceptos de la comunidad cristiana.
El segundo paso de esta
búsqueda es: "la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre".
Guardar la palabra de Jesús conduce al Dios Padre que es origen y meta
de todo existir. En el cumplimiento de la palabra de Jesús se trata de
responder al capricho de aquel al que amamos, que es lo que podría
parecer cuando descubrimos que el ser cristianos nos compromete cada vez
más por amor, sino de realizar por amor aquello a lo que desde su origen
está destinada la humanidad. El amor efectivo a Jesús y a los hermanos
es la realización más plena posible del ser humano. La moral cristiana,
aún a sabiendas de que no puede ser entendida más que desde la
experiencia del encuentro amoroso con Jesús, no puede concebirse nunca a
sí misma como una propuesta marginal para unos pocos privilegiados, sino
como llamada misionera a una forma de vida que tiene su destino último
en toda la humanidad.
Finalmente Jesús nos dice: "el
Espíritu será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que
os he dicho". La obra del Espíritu no es sólo recordar lo que dijo
Jesús, sino también enseñar. Un mero recuerdo convertiría la enseñanza
de Jesús en una pieza de museo, el resto fosilizado de un pasado
glorioso, una letra muerta. Por otra parte dejar de lado la letra del
Evangelio nos llevaría a reinventarlo a nuestro arbitrio, a hacer de la
voluntad de Dios un puro reflejo de la nuestra. Para hacer frente a
estos dos peligros el Espíritu también enseña, introduce personalmente
en el mensaje de Jesús para que su recuerdo sea vida nuestra y nuestra
vida recuerdo suyo.
Ésta es la carga indispensable
para el cristiano: amar a Cristo, guardar sus palabras como camino hacia
el Padre y hacerlas vida propia por la acción del Espíritu. En suma, ser
morada de Dios. Es el objetivo final que vislumbra el libro del
Apocalipsis, una ciudad sin templo, porque en ella habita Dios mismo, un
cristianismo que haga de cada rincón del mundo morada de Dios. Esta es
la tremenda y maravillosa carga que pone el Evangelio a nuestras
espaldas, la carga más pesada, porque llevamos el peso de Dios en
nuestra vida, pero también la más ligera, porque es el amor mismo de
Dios el que la pone sobre nuestros hombros.
EL
ESCOLIASTA Volver
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