
|
|
Solemnidad de la Ascensión del Señor C
23 de mayo
Lecturas
bíblicas
Comentario
|
|
Lecturas
bíblicas
PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (Hch 1,1-11)
En mi primer libro, querido Teófilo, escribí
de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio
instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el
Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su
pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y,
apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó:
-«No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la
promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua,
dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»
Ellos lo rodearon preguntándole:
-«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de
Israel?»
Jesús contestó:
-«No os toca a vosotros conocer los tiempos y las
fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu
Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos
en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.»
Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se
lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se
les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
-«Galileos, ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?
El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le
habéis visto marcharse.»
SALMO RESPONSORIAL (Sl 46)
R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de
trompetas.
Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.
Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.
Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 1,
17-23)
Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la
gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación parta conocerlo.
Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la
esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en
herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder
para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa,
que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo
a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad,
fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en
este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia
como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba
todo en todos.
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 24, 46-53)
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
-Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos
al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de
los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Y vosotros
sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido;
vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo
alto.
Después los sacó hacia Betania, y levantando las manos,
los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos (subiendo hacia
el cielo).
Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y
estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Volver al inicio
|
|
Jesús en el cielo
La Ascensión marca el fin del tiempo de Jesús
en la tierra. Con este acontecimiento se pone un punto final a lo que
hizo y enseñó. Este acabarse del tiempo terrenal de Jesús no se produce
como la retirada de un fracasado, sino como ascensión. Jesús se retira
de la tierra como el triunfador exaltado hasta lo más alto, hasta el
cielo.
En la comprensión cosmológica de las gentes
de la Biblia el cielo representa aquella parte de la realidad que está
más allá del poder del hombre, todo aquello que no podemos cambiar y se
impone sobre nuestras voluntad. Al cielo pertenecen la lluvia, el
movimiento de los astros, toda una serie de realidades que están más
allá de nuestro poder humano, por eso fácilmente el cielo se usa para
representar simbólicamente a Dios en su omnipotencia. Estar en el cielo
simboliza un estar por encima de los condicionamientos de lo terrenal y,
al mismo tiempo, tener parte en el dominio divino sobre la tierra.
Cuando decimos que Jesús está en el cielo no pretendemos adjudicar un
lugar concreto entre las estrellas a su morada, sino afirmar que
comparte y ejerce el poder único de Dios Padre sobre todo lo que existe.
Esta realidad gloriosa de Jesús ascendido al
cielo no nos debe hacer olvidar su realidad terrena, es el mismo Jesús
que se sometió a todas las esclavitudes de la existencia humana hasta la
cruz el que ahora está por encima de todas ellas, el que ha vencido, a
través de su camino de despojamiento, a todo aquello que impide la vida
plena del hombre, que no es otra cosa, en último término, que el pecado
y la muerte. Sin embargo, este poder de Jesús sólo se revela a los ojos
de la fe, sigue oculto para el mundo. Incluso para nosotros, los
cristianos, permanece viva la tentación de pensar que Jesús está a
nuestra disposición, que podemos manejarlo a nuestro antojo. Podemos
pensar que lo controlamos cuando celebramos la Eucaristía y ponemos su
cuerpo en el Sagrario, podemos hacer oídos sordos a su palabra, podemos
retorcer el Evangelio para que nos diga sólo lo que queremos escuchar,
pero nos engañamos. Por medio de la Eucaristía y la Palabra no somos
nosotros los que dominamos a Jesús, sino que es él quien nos llama desde
su pleno poder. Nos llama a unirnos a la debilidad del que se sometió al
poder del mundo hasta la muerte para descubrir su fuerza. Por eso sólo
si reconocemos el poder de Jesucristo en la pobreza de un pan que es su
Cuerpo y podemos partir y compartir, y en la debilidad de una Palabra
que necesita de nuestra voz para ser proclamada, podemos comprender la
autenticidad del camino de Jesús, que pasa por la cruz para llegar al
triunfo. Con esta conciencia podemos vivir nuestra debilidad y pobreza
como Jesucristo, desde el amor, para que actúe en nosotros la fuerza de
su poder, el único que está por encima de toda potestad.
Por eso esta fiesta del final del tiempo
terrenal de Jesús es también la del comienzo de nuestro tiempo. Ahora
somos nosotros los protagonistas. A nosotros nos toca, como a los
Apóstoles, recibir fuerza para ser testigos suyos hasta el confín del
mundo. Se nos abre el tiempo de la Iglesia, marcado por el envío de
Jesús de proclamar el Evangelio y bautizar. Enviada a una misión, la
Iglesia se mueve ahora entre la conciencia de su propia debilidad, que
es continuación del sometimiento de Jesús, y la certeza de la Ascensión
del Señor, de su poder divino que nos sustenta en el esfuerzo por
anunciar y vivir el Evangelio.
EL
ESCOLIASTA Volver
al inicio
|
|