La promesa en la historia y la
historia de la promesa: Isaac, Jacob y José
Y después de Abraham qué; ¿se ha acabado con él la historia
de la promesa o continua aún en su descendencia? Las promesas de Dios se
refieren también a su posterioridad. Dios las trasmite a Isaac y Jacob
los cuales a vez las trasmiten como herencia. Cuando los descendientes de
Abraham se vean oprimidos en Egipto Dios prestará oídos a sus lamentos
acordándose de las promesas hechas a Abraham y sus descendientes. Los
relatos de Isaac, Jacob y José son los relatos del Dios de la promesa en
la historia del hombre. La promesa continua su camino a pesar de los
inconvenientes humanos y del pecado del hombre.
La historia que viene definida e inaugurada por la
“promesa” no consiste en el retorno de lo mismo, sino que posee una
determinada inclinación hacia el cumplimiento prometido, que está por
llegar. “Esa dirección irreversible no está determinada por fuerzas que la
empujen oscuramente, o por evoluciones que se rijan por sus leyes propias,
sino por la palabra que señala y que apunta hacia el poder libre y hacia
la fidelidad de Dios" (1).
La experiencia vital de los patriarcas que esa palabra
prometida no ha encontrado aun su garantía en la realidad, sino que a
veces, se encuentra en contradicción con la realidad misma. Por este
motivo puede surgir la duda que mide esa promesa hecha con la realidad
vivida. Por este motivo sólo de esa palabra “promesa” puede surgir la fe
que mide la realidad con la palabra dada.
De ahí que la promesa cree siempre un espacio cargado de
tensiones entre la promesa y su cumplimiento de modo que proporciona al
hombre un ámbito peculiar para la libertad: para la obediencia o
desobediencia, para la esperanza o la resignación, para construir la
historia o para dejar que la historia nos construya a nosotros.
La promesa no se agota ni en el espacio ni en el tiempo,
sino que trasciende a ambos. Por eso aunque cambien las circunstancias en
las que fue realizada esa promesa sigue siendo válida, porque a la vez esa
palabra nos lleva a interpretarla siempre de una manera nueva con su
carácter de certidumbre, de expectación y de movimiento. En este sentido
la historia posterior a Abraham así nos lo va mostrando. Bajo el signo de
esa palabra (promesa de Dios), podemos experimentar la realidad como
“historia”: la promesa se hace historia y en la historia se realiza la
promesa, ya que con ella se inaugura y se plenifica; es la que manifiesta
y configura el terreno de juego en que, como “historia”, puede ser
reducido a experiencia, a recuerdo y a expectación. Las promesas de Dios
abren los horizontes de la historia; y , el horizonte no es algo rígido y
estático, sino que es dinámico ya que podemos caminar dentro de él y que
camina con nosotros.
En este horizonte móvil de la promesa vivieron los
patriarcas experimentado la realidad en tensión, por eso, experimentaron
la historia con una dosis de trascendencia que iba más allá de la
realidad vivida en el espacio y en el tiempo. Por tanto, para los
patriarcas había historia tan solo en la medida en que Dios caminaba con
ellos. Toda esta concepción de fe y de trascendencia se verá en toda la
historia de Israel la cual marcará toda su existencia. Porque este marchar
Dios juntamente con Israel fue visto siempre dentro del campo de tensiones
que se da entre una promesa que se hace manifiesta, por un lado, y la
amortización o cumplimiento de ella por otro como algo que debemos de
aguardar. Para Israel la experiencia de la realidad como historia basaba
su posibilidad en el hecho de que Dios se le manifestó en sus promesas y
así lo entendió.
Esta palabra promesa va a marcar también el ethos que va a
vivir, con toda la evolución y apertura de horizonte, el pueblo de Israel.
Su evolución va a estar marcada por las vicisitudes historias en que vive,
comenzado por los patriarcas, y, el proceso de profundización e
interpretación que el mismo pueblo de Israel va llevando a cabo. Los
acontecimientos vividos por ellos son comprendidos como mediaciones de la
acción de Dios y se su fidelidad, serán interpretados desde la alianza que
Dios hace con el hombre en un proceso dialéctico de fidelidad-infidelidad:
fidelidad de Dios e infidelidad del hombre.
(continuará)
NOTAS
1. Jürgen Moltmann, Teología de la esperanza,
Ed. Sígueme, Salamanca 19895, p. 134. (volver)
Antonio Manuel Montosa
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